miércoles, 3 de febrero de 2010

El fracaso previsible

01/02/2010
MICHAEL LOWY

Nosotros, es decir: los marxistas, los ecosocialistas, los militantes más radicales del movimiento por la justicia climática- estábamos bastante pesimistas sobre la así llamada Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y habíamos previsto que Copenhague iba a terminar en un fracaso. Nuestro argumento era que el sistema capitalista no conoce otro criterio para funcionar que la acumulación ilimitada, una cada vez mayor extensión de la producción y elevación de beneficios, y que es, por tanto, incapaz de tomar las medidas mínimas necesarios para evitar un cambio climático catastrófico. Y puesto que sabíamos que la gran mayoría de los “líderes mundiales” presentes en Copenhague no eran más que fieles criados de los intereses capitalistas, preveíamos que la Conferencia iba a limitarse a las promesas de una reducción de emisiones de CO2 del 50% en 2050.

En una palabra, creímos que la montaña de Copenhague iba a parir un ratón. Y bueno, debo admitir que nos equivocamos. No fuimos lo suficientemente pesimistas. La Conferencia de Copenhague no ha parido un ratón sino una cucaracha. Kioto ya era un gran fracaso, puesto que sus objetivos eran ridículamente bajos -una reducción del 5°% hasta el 2012- y los métodos utilizados, como el “mercado de derechos a contaminar”, absolutamente incapaces de obtener un progreso significativo. Pero Copenhague es muy, muy inferior a Kioto, que al menos era un acuerdo internacional con objetivos calculados y vinculantes. ¿Qué es a lo que se llegó? Los EE.UU acusaron a China de rechazar todo compromiso internacional a reducir las emisiones; China acusó a los EE.UU de comprometerse en ninguna reducción significativa de emisiones; y Europa explicó que no se podía tomar una iniciativa sin los EE.UU y China. El único punto donde todos estaban de acuerdo, y muy felices en esta convergencia, era sobre la necesidad urgente de no hacer nada. Así pues, obtuvimos solamente una malévola cucaracha, titulada “Acuerdo de Copenhague”, acordada por los “dirigentes mundiales” antes de abandonar rápidamente la Conferencia por la puerta trasera. Es un documento vacío que declara lo que todos saben, a saber, que es necesario impedir que la temperatura se eleve sobre 2°C. No hay una palabra sobre las limitaciones de emisiones de gas, no hay porcentajes de reducciones mencionados, incluso ni siquiera como deseos piadosos, incluso en un futuro lejano. Nada. Nihil. Cero contenido.


Entonces, ¿dónde se encuentra la esperanza? La única esperanza que existe son las cien mil personas que se manifestaron en las calles de Copenhague, viniendo de Dinamarca, Escandinavia, Alemania, de Europa y del mundo entero, exigiendo medidas radicales, denunciando la irresponsabilidad de los “líderes responsables”, pidiendo justicia climática y declarando “es necesario cambiar el sistema, no el clima”. De los millares que participaron en los debates del Klima Forum alternativo, que adoptó una Resolución denunciando las pseudosoluciones del sistema (el “mercado del carbono”). O también, de los miles que se manifestaron pacíficamente frente a las puertas de la Conferencia oficial, intentando abrir un diálogo con los representantes “oficiales”, pero que fueron recibidos por el gas lacrimógeno y los golpes de garrote policial, mientras se detenía a sus portavoces -como Tadzio Müller- por “incitar a la violencia”. La esperanza también está representada por dirigentes políticos como el Presidente boliviano Evo Morales -entre las muy raras excepciones- que mostró su solidaridad con el movimiento por la justicia climática, y que denunció al capitalismo como el sistema responsable del desastroso calentamiento global.


Conclusión: hace muchos años, el célebre poeta y cantante Joe Hill, del sindicato revolucionario IWW (Trabajadores Internacionales del Mundo) de Norteamérica, dijo a sus camaradas, poco antes de ser fusilado por las autoridades bajo falsas acusaciones: “No se lamenten, organícense”. Debemos volver de nuevo a nuestros países, y organizar a la gente, en las ciudades y en el campo, en las fábricas y las escuelas, en las calles, para construir un amplio movimiento internacional de lucha contra el sistema, para imponer cambios radicales, y para salvar de la destrucción, no “al planeta” -que en realidad no está en peligro- sino a la vida sobre este planeta.


10/1/2010

Traducción: Andrés Lund

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