domingo, 13 de junio de 2010

El cambio climático capitalista y nuestras tareas

Resoluciones congresos IV Internacional


(Febrero de 2010)

1. El cambio climático actual no es el producto de la actividad humana en general sino del paradigma productivista desarrollado por el capitalismo e imitado por otros sistemas que se pretendían alternativos a este. Frente al peligro de una catástrofe social y ecológica sin precedentes e irreversible a escala de la era humana, el sistema, incapaz de replantear su lógica fundamental de acumulación, se lanza a una carrera tecnológica peligrosa y sin salida.


El cambio climático actual capitalista no es el producto de la actividad humana en general sino que se da principalmente por el hecho de que el sistema capitalista, guiado por la ganancia y la sobrexplotación a corto plazo, construyó y sigue construyendo su desarrollo no sólo en la explotación de la fuerza de trabajo, sino también en el saqueo de los recursos naturales, especialmente las reservas finitas y no renovables de combustibles fósiles de bajo precio.

i. En las últimas décadas del siglo XIX y a principios del siglo XX, las propuestas coherentes de sistemas energéticos alternativos, basados en la utilización de la energía solar, fueron descartadas por las leyes de la rentabilidad capitalista o se hicieron fracasar bajo la presión de grupos de empresarios carboníferos.

ii. Después de 1945, para perpetuar sus ganancias excedentarias, los monopolios del petróleo y de los sectores dependientes del petróleo desactivaron muchas alternativas técnicas e impusieron estilos de transporte, de consumo y de organización del territorio dictados tan solo por la voluntad de vender una cantidad siempre creciente de mercancías, especialmente automóviles y otros bienes de consumo individual de masas.

iii. Durante los últimos 40 años, a pesar de un conjunto de evidencias cada vez más convincentes, las advertencias de los científicos fueron ignoradas por los gobiernos y los medios de comunicación burgueses. Estos, por el contrario, han alternado campañas de desinformación de los lobbies capitalistas en tanto que, al mismo tiempo, la mundialización neoliberal de la producción y del comercio hacían crecer enormemente las emisiones de gases con efecto invernadero.

iv. En este inicio del siglo XXI, las causas del calentamiento están plenamente documentadas, el peligro es conocido y se reconoce por todos los gobiernos, las soluciones técnicas existen y la gravedad de la situación aumenta en cada nuevo informe de los expertos. Por falta de política voluntarista, los expertos proyectan que el alza de la temperatura media podría superar 6 grados de aquí a 2100, en relación con el siglo 18. Y solo con un alza de + 3, 25 grados C (en relación con el periodo pre industrial), situada mas o menos al medio de las proyecciones del GIEC, las inundaciones costeras, según ciertas estimaciones, provocarían entre 100 y 150 millones de victimas de ahora a 2050, las hambrunas hasta 600 millones y la malaria 300 millones, mientras que la escasez de agua podría afectar hasta a 3,5 miles de millones de personas suplementarias. Pero el capitalismo, a pesar de todo, sigue utilizando principalmente enormes reservas de carbón a bajo precio. La lógica de la acumulación constituye su fundamento, el sistema se ha lanzado en un curso productivista que implica el uso de tecnologías peligrosas: desarrollo de la energía nuclear, los combustibles fósiles, incluyendo fuentes no convencionales (aceites pesados, arenas y pizarra bituminosa), así como las manipulaciones genéticas que tienden a incrementar la producción nefasta de agrocarburantes, “carbón limpio” con captura-secuestro de gigatoneladas de CO2 en las capas geológicas profundas. Para el capital, las fuentes de energía renovable son sólo un nuevo campo para la acumulación de valor, lo que implica que su utilización pueda tomar formas particularmente destructivas y se den en forma complementaria del aprovisionamiento por los fósiles y no para sustituirlos.

El único límite del capital es el capital mismo (Marx). La loca carrera de este sistema que acumula riqueza y sobreconsumo en un polo, y pobreza y penuria en el otro, amenaza con precipitar una catástrofe humana y ecológica irreversible a escala histórica, con daños irreparables infligidos a los ecosistemas, especialmente a la biodiversidad. Cuando el umbral de peligrosidad, muy por debajo de +2°C en relación con la era preindustrial, ya se ha sobrepasado en muchas regiones (Estados insulares, países andinos, regiones árticas, zonas semi-áridas…) los planes adoptados o que se están debatiendo a nivel de las potencias imperialistas anuncian un calentamiento entre +3.2 y +4.9°C, que corresponde a un aumento en el nivel de los mares entre 60 cm y 2.9 metros en el equilibrio (sin considerar el desmembramiento de los casquetes polares). Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que son insuficientes, no sólo no serán alcanzados, sino que además cientos de millones de seres humanos estarán expuestos a una seria degradación de sus condiciones de vida. Los más pobres incluso están amenazados en su misma existencia, particularmente por los riesgos de inundación en las costas, de la presión sobre sus fuentes de agua dulce y por la baja de la productividad agrícola que ha afectado las regiones tropicales.

2. Seria una ilusión creer que la estabilización del clima se producirá espontáneamente al agotarse los recursos fósiles. Estos son ampliamente suficientes para provocar el vuelco climático. La estabilización del clima a nivel lo menos peligroso posible requiere una disminución drástica del consumo de energía, y en consecuencia de la producción material. Al mismo tiempo, se requieren energía y otros recursos para asegurar el derecho al desarrollo de tres mil millones de hombres y mujeres que viven en condiciones indignas de su humanidad y que son las primeras víctimas del calentamiento global. El sistema capitalista es incapaz de atender estos dos desafíos en forma separada. Atenderlos simultáneamente equivale para él a resolver la cuadratura del círculo. Para poner en práctica un plan de transición mundial hacia un sistema energético ahorrativo y eficiente, independientemente de los costos, basado exclusivamente en fuentes renovables y capaz de satisfacer las necesidades fundamentales de la humanidad, son indispensables medidas anticapitalistas radicales.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEC), la estabilización del clima a nivel lo menos peligroso posible requiere que las emisiones de gases con efecto invernadero terminen antes de 2015 y disminuyan de 50 a 85% de aquí al año 2050, en relación con el 2000. En nombre del principio de precaución, se impone adoptar al menos los más drásticos de estos objetivos. En efecto, los modelos climáticos no integran, o lo hacen en forma muy imperfecta, los fenómenos denominados “no lineales”, particularmente el desmembramiento de los casquetes polares del Ártico y el Antártico y la liberación de metano de los suelos congelados permanentemente (pergelisol). Estos fenómenos, ya perceptibles, pueden acelerar enormemente el cambio climático e incrementar considerablemente los efectos negativos en las siguientes décadas.

A estas presiones físicas se agregan otras de tipo social, político y técnicas.

i. Para tomar en cuenta las responsabilidades históricas diferenciadas de los países imperialistas y de los países dominados, el GIEC estima que los primeros deben reducir sus emisiones de 25 a 40% de aquí al 2020 y de 80 a 95% de aquí al 2050, tomando como referencia base las emisiones de 1990, en tanto que la curva de emisiones de los segundos debe bajar de 15 a 30% en relación con las proyecciones, en todas las regiones en 2050 y en la mayoría de las regiones (salvo África) desde el 2020. Nuevamente, los objetivos más drásticos deben ser adoptados como un mínimo, por las razones expuestas anteriormente.

ii. En virtud de su responsabilidad en el calentamiento global, la parte de estos objetivos que compete a las naciones desarrolladas debe ser asumida por éstas con la contribución de medidas domésticas, es decir con la reducción de sus propias emisiones. Estas reducciones no pueden ser sustituidas por la compra de derechos para contaminar a partir de inversiones que se autodenominan “limpias” en los países en desarrollo o en transición, ni con la plantación de árboles –que no ofrece una solución estructural, ni con la protección de los suelos o de los bosques existentes. La salvaguarda de los suelos y de los bosques, necesaria en sí misma, no debe permitir a los contaminadores seguir contaminando. Estos pretendidos mecanismos de compensación y el Mercado de los derechos de emisión previstos por el Protocolo de Kyoto se han revelado perfectamente ineficaces en el plano ambiental, incluso para alcanzar el objetivo, totalmente insuficiente, de estos acuerdos (una reducción de las emisiones de un 5,2% durante el periodo 2008-2012).

iii. En nombre de la justicia climática y de la reparación de su deuda ecológica, los países imperialistas deben transferir a los países dominados los conocimientos y las tecnologías que permitan a éstos desarrollarse respetando las limitaciones físicas de la estabilización del clima. También deben financiar las medidas de adaptación a la parte inevitable de los cambios climáticos, de los cuales las poblaciones pobres de los países pobres, principalmente las mujeres, son las principales víctimas.

iv. Desde el punto de vista técnico, las fuentes renovables permiten ampliamente hacer frente a las necesidades futuras de la humanidad. Sin embargo, por el hecho de la necesidad de cambiar el sistema energético, el éxito de la transición en los siguientes 40 años está condicionado por una importante disminución del consumo de energía (50% y más en los países desarrollados). Esto implica, a su vez, una reducción significativa de la producción material, de manera que el problema clave es el siguiente: hay que producir globalmente menos, al tiempo que se atienden las demandas legítimas de tres mil millones de seres humanos que tienen muchas necesidades fundamentales insatisfechas.

Es ilusorio creer que este conjunto de condiciones podría ser respetado asignando al carbón un precio que integre el costo de los daños que han contribuido al cambio climático. El valor es un indicador puramente cuantitativo que expresa la cantidad de trabajo humano abstracto que se requiere en un momento determinado del desarrollo del capital: por definición es incapaz de tomar en consideración las riquezas naturales, tomar en cuenta las necesidades de las generaciones futuras, hacer diferenciaciones entre los trabajos concretos útiles o inútiles desde el punto de vista humano e integrar los diversos parámetros cuantitativos y cualitativos de la estabilización del clima. Esta incapacidad se traduce ya en la práctica en el hecho de que los monopolios capitalistas presionan con toda su fuerza, y con éxito, para impedir que se les cargue la factura del calentamiento, de tal forma que ellos determinen a final de cuentas los ritmos y las formas de la política que se seguirá, en función de sus intereses. En el terreno social, finalmente, la imposición de un precio mundial para el carbón haría pagar la factura del calentamiento a los trabajadores y a los pobres, profundizando con ello las desigualdades, entre Norte y Sur, pero también en el seno de las sociedades del Norte y del Sur.

El capital no puede resolver el problema clave pues es estructuralmente incapaz de reducir la producción material global al tiempo que produce más para atender las necesidades aún no atendidas. Combinar el legítimo derecho al desarrollo humano y la puesta en marcha de un programa de transición mundial planificado, democrático y racional hacia un sistema energético ahorrativo y eficiente, basado exclusivamente en fuentes renovables, independientemente de los costos, sólo es posible si se recurre a medidas anticapitalistas radicales. Estas medidas incluyen particularmente la expropiación de los sectores de la energía y del crédito; la reducción masiva del tiempo de trabajo (hacia la media jornada de trabajo) con reducción de los ritmos de trabajo, sin pérdida de salario y con contratación compensatoria de más trabajadores; con sangrías significativas sobre las ganancias capitalistas; la más amplia reubicación posible de la producción, especialmente agrícola, mediante un apoyo a la agricultura campesina; iniciativas públicas en el terreno de la vivienda y del transporte, indispensables para cambiar los patrones de consumo; la constitución de un fondo mundial de adaptación financiado con los beneficios de los monopolios; financiamiento público de la investigación, eliminando su subordinación a la industria y la transferencia gratuita de tecnologías limpias hacia los países del Sur; así como la conformación de dispositivos de participación democrática y de control por parte de las poblaciones y comunidades locales, en todos estos niveles.

3. Herencia envenenada de 200 años de desarrollo capitalista basado en los combustibles fósiles, el cambio climático concentra la crisis de civilización debida al hecho de que el potencial de destrucción social y ecológica de este sistema está por encima de su capacidad de identificar las necesidades humanas y de atenderlas. La combinación de crisis económicas, climática y alimentaria en el marco de la ley de población capitalista lleva en sí la amenaza de una catástrofe humanitaria mayor, incluso de una caída en la barbarie.

Herencia envenenada de 200 años de desarrollo capitalista, el cambio climático constituye la manifestación más clara de la crisis global de un sistema cuyo potencial de destrucción social y ecológica está por encima de su capacidad de identificar las necesidades humanas y atenderlas. El crecimiento de las fuerzas productivas se ha convertido en el crecimiento de fuerzas destructivas, no sólo porque cada día se despliegan tecnologías social y ecológicamente destructivas, sino también, globalmente, porque la lógica capitalista, al alterar el clima conduce a la humanidad hacia un conjunto de dificultadas críticas. El modo de producción capitalista implica una ley de población específica que expresa la necesidad permanente de un “ejército de reserva industrial”. En el marco de esta ley y en el contexto del agotamiento histórico del capitalismo tardío, la combinación de crisis económica, climática y alimentaria lleva en sí la sorda amenaza de una ola de “destrucción creadora” (Schumpeter) de una amplitud sin precedentes, que implica no sólo la eliminación masiva de las fuerzas productivas materiales y de riquezas naturales irreemplazables, sino también el riesgo mayor de destrucción física de cientos de millones de seres humanos. Esta lógica infernal ya está en marcha en la convergencia de fracciones del gran capital invertidas en el agronegocio, la energía, la industria automotriz y la petroquímica, que al abalanzarse sobre la apropiación de tierras y la explotación industrial de la biomasa como recurso energético, aceleran la ruina de los pequeños campesinos y el éxodo rural, amenazan a las comunidades indígenas y aumentan dramáticamente el número de subproletarios víctimas del hambre crónica. A falta de una alternativa de conjunto, la dinámica interna del sistema le empujará siempre más fuertemente hacia la pendiente resbalosa de una crisis global que podría ser de una brutalidad y de una barbarie sin precedente histórico alguno.

4. El cambio climático resalta a la vez la urgencia de una alternativa socialista mundial y de una ruptura radical del proyecto socialista con el productivismo. La saturación del ciclo del carbón y el agotamiento de los recursos no renovables significan en efecto que, a diferencia del pasado, la emancipación de los trabajadores ya no es concebible sin tomar en consideración las principales contingencias naturales.

La oposición al crecimiento capitalista, en sí, no constituye ni un proyecto de sociedad ni una estrategia por la movilización social amplia en favor de otra sociedad. Se requiere en lo inmediato la disminución de la producción y del consumo materiales para la estabilización del clima, porque el capitalismo ha llevado a la humanidad demasiado lejos en un camino sin salida. Pero esto no compromete en lo absoluto las posibilidades de desarrollo futuros, una vez que el sistema climático haya sido estabilizado, por una parte, y sólo constituya un criterio cuantitativo de la transición necesaria hacia una economía sin carbón fósil, por otra. So pena de desembocar en conclusiones antisociales, incluso reaccionarias, este criterio cuantitativo debe combinarse con criterios cualitativos, especialmente redistribución de las riquezas, reducción del tiempo de trabajo sin pérdida del salario y desarrollo del sector público. Si estos aspectos son satisfechos, y por poco que afecte a la producción de bienes inútiles o dañinos, la reducción de la producción material será en realidad sinónimo de aumento del bienestar, de la riqueza y de la calidad de vida de la inmensa mayoría de la humanidad, mediante inversiones en los sectores sociales, otra forma de utilización del territorio, la gratuidad de los servicios vitales y la reconquista del tiempo libre necesario para la actividad autónoma, la auto-organización y para la autogestión democrática a todos los niveles.

El sistema capitalista es inseparable del crecimiento de la producción y del consumo material, pero éste constituye un efecto no una causa. La producción de valor, en tanto forma abstracta de valores de cambio, es la que induce la tendencia permanente a la acumulación sin límites de la riqueza en un polo y provoca al mismo tiempo la acumulación de miseria en el otro. Una política climática que no tomara en cuenta esta doble realidad estaría condenada al fracaso. El punto crucial y la palanca de la alternativa anticapitalista siguen siendo fundamentalmente los que el proyecto socialista ha definido: la movilización de los explotados y oprimidos contra un sistema capitalista basado en la búsqueda de la ganancia, la propiedad privada de los medios de producción, la producción de mercancías, la competencia y el trabajo asalariado. Pero este punto crucial y esta palanca no bastan para definir la alternativa. La saturación del ciclo del carbón constituye en efecto la demostración más evidente y la más global del hecho de que, a diferencia del pasado, la emancipación de los trabajadores ya no es concebible sin la consideración de las principales contingencias naturales: límites de las reservas de recursos no renovables a escala histórica, velocidad de la reconstitución de los recursos renovables, leyes de conversión de la energía, condiciones de funcionamiento de los ecosistemas y de los ciclos biológicos, ritmos de éstos últimos.

No basta con afirmar que el socialismo debe integrar las cuestiones ecológicas. El verdadero desafío consiste más bien en crear las condiciones para que el proyecto socialista sea compatible con la ecología global del superecosistema terrestre. El desarrollo no puede concebirse solamente con el objetivo de satisfacer las necesidades humanas reales democráticamente determinadas, sino también en función de su sustentabilidad por el ambiente y aceptando por añadidura que la complejidad, los aspectos desconocidos y el carácter evolutivo de la biósfera confieren a esta empresa un grado de incertidumbre irreductible, La noción de “dominio humano sobre la naturaleza” debe ser abandonado. El único socialismo realmente posible a partir de esta consideración es el que satisfaga las necesidades humanas reales (desprovistas de la enajenación mercantilista), democráticamente determinadas por los mismos interesados, teniendo cuidado de preguntarse al mismo tiempo en forma prudente sobre el impacto ambiental de estas necesidades y de la forma como serán satisfechas.

Pensar en la intrincación de lo social y lo ecológico implica en primer lugar superar la visión compartamentalista, utilitarista y lineal de la naturaleza como una plataforma física a partir de la cual opera el humano, como un almacén del que toma los recursos necesarios para la producción de su existencia social y como el basurero en que descarga los desechos de esta actividad. En realidad, la naturaleza es a la vez la plataforma, el almacén, el basurero y el conjunto de los procesos vivos que, gracias al aporte externo de la energía solar, hacen circular la materia entre estos polos, reorganizándola constantemente. Los desperdicios y su modo de almacenarlos deben ser por tanto compatibles en calidad como en cantidad con las capacidades y ritmos de reciclaje por los ecosistemas, con objeto de no trastornar el buen funcionamiento de la biósfera. Ahora bien, este buen funcionamiento depende del número y la diversidad de los operadores biológicos, así como de la calidad y la complejidad de múltiples cadenas de relaciones que los unen, el equilibrio de los flujos que determinan a fin de cuentas el aprovisionamiento de la humanidad en recursos.

Pensar en la intrincación de lo social y lo ecológico implica en segundo lugar sacar las lecciones de la constatación de que un modo de producción no se define solamente por sus relaciones de producción y de propiedad sino también por sus ramificaciones tecnológicas, que son modeladas por sus elecciones energéticas. El cambio climático lo muestra claramente: las fuentes energéticas utilizadas por un modo de producción y los métodos empleados para convertir la energía a fin de satisfacer las necesidades humanas (en alimentos, en calor, en movimiento y en luz) no son socialmente neutras sino que tienen un carácter marcado de clase. El sistema energético capitalista es centralizado, anárquico, dispendioso, ineficiente, intensivo en trabajo muerto, basado en fuentes no renovables y orientado hacia la sobreproducción tendencial de mercancías. La transformación socialista de la sociedad requiere su destrucción progresiva y su sustitución con un sistema descentralizado, planificado, ahorrativo, eficiente, intensivo en el uso de trabajo vivo, basado exclusivamente en fuentes renovables y orientado hacia la producción de valores de cambio duraderos, reciclables y reutilizables. Esta transformación no comprende solamente a la “producción” de energía en sentido estrecho, sino al conjunto del aparato industrial, la agricultura, los transportes, las distracciones y la utilización del territorio. El desafío energético/climático impone la concepción de la revolución socialista no sólo como la destrucción del poder del Estado burgués, la creación de un Estado proletario que comience a desaparecer desde su formación e instauración progresiva de la autogestión por las masas, sino también como el inicio de un proceso de destrucción del viejo aparato productivo capitalista y su remplazo por un aparato alternativo, introduciendo otras fuentes energéticas, otras tecnologías y otras reglas al servicio de objetivos establecidos democráticamente. Esta transformación histórica extremadamente profunda puede comenzar en un país o un grupo de países, pero sólo puede alcanzar toda su amplitud y terminar después de la victoria de la revolución socialista a nivel mundial, una vez que la abolición de las principales desigualdades del desarrollo haya permitido satisfacer el derecho fundamental de cada ser humano a una existencia digna de este nombre; supone, por supuesto, la previa realización de la autonomía energética, especialmente de la autonomía alimentaria de los diferentes países. Lejos de ser sinónimo de detención del desarrollo humano, implica un progreso importante de las ciencias y la técnica, así como de la capacidad social de llevarlas a cabo democráticamente, con la participación activa de todas y todos, en el marco de una cultura de “hacerse cargo con prudencia” de la biósfera, para lo cual la aportación de las comunidades indígenas será invaluable.

El marxismo revolucionario considera que, una vez que sean satisfechas las necesidades humanas fundamentales, el desarrollo cualitativo de la humanidad será prioritario sobre el desarrollo cuantitativo. Esta concepción es coherente con la de Marx, para quien la verdadera riqueza reside en el tiempo libre, las relaciones sociales y la comprensión del mundo. La perspectiva de un comunismo que utiliza exclusivamente las fuentes de energía renovables, principalmente solares, se inscribe en la continuidad de este pensamiento no productivista, profundizando y sacando las nuevas conclusiones en términos de reivindicaciones, tareas y programa. Esta profundización justifica el uso del nuevo concepto de ecosocialismo. El ecosocialismo, como expresión concentrada del combate común contra la explotación del trabajo humano y contra la destrucción de los recursos naturales por el capitalismo, no procede de una visión idealista y quimérica sobre la “armonía” que habría que establecer entre la humanidad y la naturaleza, sino de la necesidad materialista de administrar los intercambios de materia entre la sociedad y el ambiente, manejando conscientemente, colectivamente y democráticamente la tensión entre las necesidades humanas y el buen funcionamiento de los ecosistemas.

5. Nuestras tareas

5.1 Sensibilizar a los militantes de los movimientos sociales para concientizar a las masas y contribuir a la construcción de una movilización de masas sobre el clima. El combate sobre el clima requiere prioritariamente la construcción de relaciones de fuerza sociales. Frente a la urgencia y a la política criminal de los gobiernos capitalistas, obramos en todos los países en la construcción de un poderoso movimiento de masas unitario, coordinado a escala mundial. Este movimiento debe concebirse como un entramado de resistencias sociales que existen en diferentes escenarios, con acciones convergentes coordinadas y manifestaciones ocasionales pluralistas, sobre una plataforma mínima común. Su objetivo debe ser obligar a los gobiernos a contemplar cuando menos las reducciones de emisiones más radicales planteadas por el GIEC, respetando el principio de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas”, de los derechos sociales y democráticos así como del derecho de todas y todos a una existencia humana digna. La movilización de masas en defensa del clima es una tarea ardua, particularmente debido al doble desfase, espacial y temporal, entre el fenómeno y sus efectos. Hace falta un amplio trabajo de información sobre el calentamiento global y sus consecuencias. Debe contemplar en particular a los equipos militantes de los diferentes movimientos sociales y a organizaciones políticas de izquierda, pues éstas juegan un papel decisivo para establecer un vínculo concreto entre la amenaza climática global y los problemas sociales particulares, y así deducir estrategias que permitan combinar lucha social y lucha ambiental.

5.2 Construir una corriente de izquierda que vincule la lucha sobre el clima con la justicia social. El cambio necesario no puede conquistarse sin la movilización y la participación activa de los explotados y oprimidos que constituyen la inmensa mayoría de la población. La política climática capitalista hace esta participación imposible porque es inaceptable en el terreno social. Implica en efecto el reforzamiento de la dominación imperialista, de la competencia y la violencia capitalistas; y por tanto de la explotación, la opresión, la desigualdad social, la competencia entre los trabajadores, la violación de los derechos y la apropiación privada de los recursos. En particular esta política no brinda respuesta alguna al desafío mayor del empleo, los salarios y las prestaciones de millones de trabajadores ocupados en sectores que son grandes emisores de gases con efecto invernadero. Por ello sólo puede enfrentar resistencias sociales legítimas. Las grandes ONG ambientalistas intentan radicalizar los objetivos climáticos de los gobiernos sin darse cuenta de que esta radicalización lleva consigo la acentuación de ataques antisociales. Es un camino sin salida. Nosotros defendemos la necesidad de una lucha combinada sobre el clima y la justicia social. En el seno del movimiento general, actuamos por la constitución de un polo de izquierda que vincule estas dos dimensiones y que argumenta en consecuencia contra las recetas basadas en los instrumentos del mercado, la acumulación, la dominación neocolonial y la salida tecnológica. Este polo busca reagrupar elementos de las izquierdas sindical, ecologista, altermundialista, feminista, tercermundista, la izquierda de los “decrecientes”, las organizaciones de la izquierda radical, de los científicos críticos, etc.

5.3 Conducir la lucha ideológica contra el neomaltusianismo verde, en defensa de los pobres y de los derechos de las mujeres. Por su naturaleza de problema global y la amplitud de las catástrofes que puede provocar, el calentamiento global favorece el desarrollo de toda una serie de corrientes ideológicas que, con el disfraz de la ecología radical, pretenden rehabilitar las tesis de Maltuse acomodándolas en un discurso apocalíptico con fuerte acento religioso. Estas corrientes encuentran un eco al más alto nivel en algunos sectores de las clases dominantes, para quienes la desaparición de algunos cientos de millones de seres humanos es más fácil de imaginar que la desaparición del capitalismo. Por eso representan una amenaza potencialmente seria sobre los pobres en general, y muy particularmente sobre las mujeres. La lucha contra estas corrientes constituye una tarea importante, que nuestras organizaciones deben asumir como tales y vinculadas con el movimiento de las mujeres. El tamaño de la población es evidentemente un parámetro de la evolución del clima, pero hay que combatir categóricamente la idea falsa de que el crecimiento demográfico sería una causa del cambio climático. La transición demográfica ya se ha iniciado en muchos países en desarrollo, y progresa más rápido que lo previsto. Es deseable que continúe, pero esto pasa por el progreso social, el desarrollo de sistemas de seguridad social, la información de las mujeres y su derecho a controlar su propia fecundidad (incluyendo el derecho al aborto en buenas condiciones). Se trata obligatoriamente de una política de largo plazo. Salvo que se recurra a medidas bárbaras, ninguna política de control de la población permitiría responder a la urgencia climática.

5.4 Introducir la cuestión del clima en las plataformas y las luchas de los movimientos sociales. En la perspectiva de una amplia movilización enraizada en las luchas existentes, intervenimos para que la defensa del clima se convierta en una preocupación mayor de los movimientos sociales y que ésta encuentre una traducción concreta en sus plataformas de reivindicaciones, en todos los ámbitos. Por ejemplo

• La lucha por la paz: la producción de armas y el empleo de las mismas constituye una locura inaceptable en relación con el cambio climático… que además es en sí mismo una causa posible de conflictos suplementarios.

• La lucha contra la pobreza, por el derecho al desarrollo y la protección social: la capacitad de adaptación ante al cambio climático es directamente proporcional al nivel de recursos y de desarrollo. La desigualdad social incrementa la vulnerabilidad y disminuye las posibilidades de un cambio energético.

• La lucha de las mujeres: la adaptación al cambio climático refuerza la importancia y la urgencia de las reivindicaciones específicas de las mujeres por la igualdad de derechos, por el cuidado social de los niños, contra la doble jornada de trabajo, por el derecho al aborto y a la anticoncepción.

• La lucha por el empleo: reducir radicalmente el consumo de energía, reorganizar el territorio, las ciudades, asumir el cuidado de la biodiversidad, desarrollar los transportes públicos y sustituir con fuentes renovables a los combustibles fósiles ofrece un gigantesco reservorio de empleos de calidad;

• La lucha por el acceso a la tierra, al agua y a los recursos naturales, y por una agricultura orgánica campesina: las comunidades rurales que practican una agricultura orgánica intensiva en mano de obra conocen la forma de aumentar la retención de materia orgánica en los suelos y de reducir la emisión de gases de efecto invernadero del sector;

• La lucha contra la mundialización y la liberalización de los mercados agrícolas: causa de ruina de las poblaciones rurales, de hambre, de éxodo rural y/o saqueo de los ecosistemas, la liberalización de estos mercados, es también una fuente importante de emisiones, directas (trasporte de productos de exportación) e indirectas;

• La lucha por el derecho de asilo: frente al incremento del número de refugiados por afectaciones medioambientales, especialmente climáticas, la libertad de circulación es indispensable y es la única respuesta digna de la humanidad;

• Las luchas de las comunidades indígenas por sus derechos: por su saber y su modo de explotación de los ecosistemas, especialmente forestales, estas comunidades son los mejores incluso para preservar y desarrollar los pozos de carbono;

• La lucha contra la flexibilidad y la precarización del trabajo, contra la ampliación de los tiempos de trabajo: los horarios partidos, flexibles, las campañas capitalistas a favor de la movilidad incrementada de la mano de obra, presionan a los asalariados para que utilicen el coche. La producción “justo a tiempo” es una de las mayores fuentes de emisión de gases de efecto invernadero en el sector de los transportes. La reducción del tiempo de trabajo es una condición necesaria para que haya una eclosión a escala de masas de comportamientos alternativos en materia de consumo y de diversiones.

• La lucha contra las privatizaciones, por un sector público de calidad en el ámbito de los transportes, de la energía y del agua. Un sector público de transporte gratuito y de calidad puede por si solo conciliar el derecho de todas y todos a la movilidad y la reducción de las emisiones. La privatización de la producción de electricidad complica la introducción en la red de fuentes renovables intermitentes. Sólo una empresa pública que no opere en función de las ganancias puede atender el desafío consistente en suprimir en 2 o 3 décadas la totalidad de las emisiones en el sector de la vivienda.

5.5 Trazar la perspectiva de un plan anticapitalista global de reconstrucción social y ecológica. En este marco, avanzar reivindicaciones que relacionen concretamente la lucha por el clima y la lucha por la satisfacción de los derechos sociales, especialmente el derecho al empleo.

Las direcciones de las grandes confederaciones sindicales internacionales acompañan la política climática capitalista a cambio de la posibilidad, para ellas, de negociar al respecto con algunas modalidades en la misma línea. Esta orientación se concretiza en la propuesta de un “Green Deal ”, basado en la ilusión de que las tecnologías verdes permitirán reabsorber el desempleo y darán impulso a una nueva onda larga de prosperidad y de expansión capitalista. Las burocracias sindicales integran los imperativos productivistas y de rentabilidad capitalistas así como las herramientas de la política climática dominante: ayudas públicas a las empresas “verdes”, “fiscalización ecológica”, Mecanismo de Desarrollo Limpio, mercado de los derechos de emisión de contaminantes, incluso apoyo a la energía nuclear y a los biocarburantes. Esta política entraña el riesgo de hacer corresponsable al movimiento sindical de las catástrofes, que siembre la división de los trabajadores a escala internacional y entre sectores al interior de los países.

Para aceptar el reto, no basta que sectores sindicales participen a las movilizaciones medioambientales: la lucha por el clima debe echar raíces en las luchas de los mismos explotados, integrarse en el combate de la izquierda del movimiento obrero por una alternativa anticapitalista. Para esto, hay que salir de una visión mezquina basada únicamente en la redistribución de las riquezas para rechazar la concepción misma de la riqueza y la manera en que las riquezas son producidas, es decir el modo de producción en sus fundamentos. A la política de las direcciones sindicales burocráticas, oponemos la perspectiva de un plan anticapitalista global de reconstrucción social y ecológica. Este plan incluye la defensa y el fortalecimiento del sector publico (especialmente en los sectores de los transportes y de la energía), el derecho al empleo, a la protección social y al ingreso como derechos fundamentales, la reconversión colectiva y bajo control obrero de los trabajadores de las empresas inútiles o dañinas, la reducción radical del tiempo de trabajo sin perdida de salario, con disminución de las cadencias y contratación compensatoria, la creación de empleos verdes en empresas publicas y la gratuidad de los servicios de base. A partir de este marco, intervenimos en las luchas, particularmente sobre restructuraciones industriales en los sectores ecológicamente no sostenibles (automóvil, por ejemplo), para proponer salidas concretas a la opción infernal entre la continuación de la producción y la destrucción del empleo. Exigimos de los gobiernos que creen empleos públicos ecológicamente útiles en los sectores como el aislamiento protector de las casas, los transportes colectivos y el despliegue de fuentes de energía renovables, independientemente de los costos. Hacer de las reivindicaciones sobre el clima un eje de la izquierda sindical, en la perspectiva de una lucha anticapitalista que trascienda el punto de la redistribución de la riqueza.

5.6 La transferencia masiva de tecnologías limpias hacia los países dominados y el financiamiento de la adaptación a los efectos del cambio climático en los países requiere que se compartan los haberes y saberes a escala mundial, y en consecuencia que haya afectaciones sustanciales a las ganancias capitalistas.

• La anulación de la deuda del tercer mundo y la restitución a los pueblos de los haberes que las dictaduras de los países del Sur han colocado en los bancos occidentales.

• El levantamiento del secreto bancario, la supresión de los paraísos fiscales, los impuestos a los patrimonios y de los movimientos especulativos, etc.

• El aumento sustancial de los presupuestos de los países imperialistas consagrados a la ayuda pública al desarrollo.

• La creación, además de esta ayuda, de un fondo mundial único para la adaptación de los países en desarrollo a los inevitables efectos del cambio climático y para la transferencia de las tecnologías limpias hacia el sector público de estos países, sin condicionamientos financieros.

• La alimentación de este fondo mediante afectación de las ganancias y las ganancias excedentarias de los sectores económicos más responsables del cambio climático (sector petrolero, carbonífero, automotriz, de producción de energía eléctrica, principalmente).

• La supresión del régimen de las patentes en la salud y en las tecnologías que permiten producir bienes de consumo y servicios esenciales (transporte, industria ligera, agua y energía, comunicaciones) con objeto de que todas las poblaciones del planeta puedan acceder a los bienes fundamentales.

• Un sistema de compensación financiera para los países del Sur que renuncien a explotar sus recursos en combustibles fósiles.

5.7 Las emisiones de los países dominados no podrán alcanzar la reducción de al menos un 30% en relación con las proyecciones si el modelo capitalista de desarrollo no es replanteado. La contribución de los países dominados para la estabilización del clima al nivel menos peligroso posible solo se puede lograr con un desarrollo endógeno, que responda a las necesidades de la gran masa de la población, que por ende deber estar ligada a una reforma agraria a favor de la agricultura campesina y a una reorientación de la producción hacia el mercado interno. Conciliar el derecho al desarrollo humano y la estabilización del clima requiere pues medidas contra las clases dominantes locales, que ponen como pretexto el derecho al desarrollo para intentar rechazar cualquier traba a la combustión de los combustibles fósiles, al saqueo de los recursos naturales, a la apropiación de los bosques, al recurso a los intermediarios para la venta de créditos de carbono, a la producción de biocombustibles y a la exportación de productos agrícolas o productos industriales a bajo precio para los mercados de los países desarrollados. Para impedir que sirvan para alimentar a este modelo de desarrollo social y económicamente dañino, los fondos y medios tecnológicos que se pongan a disposición de los países del Sur deben ponerse bajo el control democrático de las poblaciones así como de sus movimientos sociales.

5.8 Los pueblos indígenas, al defender su modo de vida y su tipo de relación con el medio ambiente, desempeñan un papel mayor en la lucha por la protección de los bosques, y por consiguiente del clima y del medio ambiente en general.

Considerar pistas de reflexión sobre los modos de vida, sobre las experiencias y concepciones alternativas de los pueblos originarios que apuntan a sobrepasar la división del trabajo, la oposición entre la ciudad y el campo (Marx). También hay que llamar la atención y traer al debate las propuestas de construcción de Estados plurinacionales, comunitarios que se oponen a los Estados construidos por el capital, pero que se basan en la idea de gobiernos construidos a partir de la auto-organización de los pueblos.

Los pueblos de América Latina, especialmente, defienden una concepción relacionada con su civilización ancestral totalmente opuesta a la vida promovida por la ideología burguesa – dicen que no son propietarios de su tierra, sino que le pertenecen, una noción que resume el eje central de su filosofía, inspirada por el respeto a la Tierra, lo que explica porque llaman a su territorio la Madre Tierra, la Pacha Mama. Cuidan, mantienen y cultivan otro modelo de vida comunitario y solidario, intensamente ligado a la naturaleza. Así, la organización socio-política de los pueblos originarios en su territorio no se limita a las fronteras impuestas por los imperialistas. Las amenazas que pesan sobre su modo de vida, sus estructuras sociales, sus recursos naturales, sus pueblos, a través de las innumerables invasiones de sus territorios son una violación de sus derechos inalienables, lo cual los lleva a organizarse y resistir a los saqueos de las transnacionales puestas en marcha en el marco de los tratados, de los acuerdos de libre comercio o de l’IIRSA (Iniciativa por la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana) de estas últimas decenias. Sus reivindicaciones deben ser apoyadas y hay que oponerse a toda ocupación de sus territorios por las industrias extractivas, a toda construcción de fábricas hydroeléctricas, de vías de ferrocarriles o de carreteras, de represas… sin el consentimiento anterior de los pueblos. El reto de estos combates es también salvar las ultimas selvas tropicales que desempeñan un papel esencial en el sistema climático.

5.9 Debemos oponernos a la salida tecnológicista e integrar todos los grandes desafíos ecológicos en una perspectiva de desarrollo verdaderamente sustentable. La historia del capitalismo está marcada por crisis ambientales “resueltas” sin una visión ecológica de conjunto, por el recurso a respuestas tecnológicas parciales, subordinadas a los imperativos de la rentabilidad, cuyos efectos ambientales nefastos aparecen más tarde. Resolver la crisis climática/energética siguiendo el mismo método del aprendiz de brujo puede tener incluso peores consecuencias, en particular en tres aspectos: recurrir aún más a la energía nuclear y a los organismos genéticamente modificados y a la reserva geológica de CO2 en el marco de una nueva ola de explotación de la hulla. Oponerse a estas respuestas capitalistas es una de las tareas más importantes. Hay que denunciarlas como símbolos de la locura del crecimiento capitalista sin límites, como la tentativa absurda del sistema de dar vueltas sobre si mismo para mantener a pesar de todo la acumulación generadora de ganancias. De manera más general, el desafío climático federaliza todas las cuestiones ambientales.

La respuesta debe por tanto integrar todos los grandes desafíos ecológicos, principalmente:

i. la defensa de los bosques tropicales con respeto de los derechos de las comunidades indígenas que viven de sus recursos (pozos de carbono);

ii. la defensa de la biodiversidad;

iii. la gestión racional y pública de los recursos de agua;

iv. la lucha contra el envenenamiento de la biósfera por las 100,000 moléculas que surgen de la petroquímica, que no existen en la naturaleza y que por tanto algunas de ellas no pueden ser descompuestas por agentes reductores;

v. la eliminación de los gases destructores del ozono estratosférico y su remplazo por compuestos que no tengan otro impacto ecológico peligroso;

vi. la lucha contra la contaminación atmosférica y sus consecuencias en la salud humana (asma, enfermedades cardiovasculares) y en los ecosistemas (acidificación, ozono trofosférico).

5.10 Denunciar la contradicción que hay entre los planes capitalistas y el diagnóstico de la situación elaborado por los científicos. Establecer vínculos con científicos críticos. Plantear los temas de la propiedad del conocimiento y el papel social de la investigación. La pretensión de los gobiernos que intentan hacer creer que la política climática capitalista y liberal está basada en “la ciencia” debe ser combatida vigorosamente. Para hacerlo hay que denunciar el abismo que separa los objetivos de los gobiernos de las conclusiones que el principio de precaución obliga a sacar de los reportes del GIEC. Esta denuncia implica asimilar lo esencial de la experiencia científica al mismo tiempo que se critica los presupuestos ideológicos y sociales dominantes que son transmitidos por la gran mayoría de los expertos. La izquierda debe establecer relaciones con científicos, invitarlos a comunicar su experiencia y conocimiento a los movimientos sociales, interpelarlos a partir de éstos sobre su posicionamiento político general, presionarlos para que se expresen sobre la contradicción entre las soluciones racionales globales que demanda la lucha contra el calentamiento global, por una parte, y la ultra compartamentalización de las ciencias al servicio de la racionalidad capitalista parcial, por otra. En virtud del papel que juega el conocimiento científico en la elaboración de las políticas, es sumamente importante establecer relaciones entre los movimientos sociales y los investigadores críticos y humanistas. En este marco, desarrollamos un punto de vista más general sobre el papel de la ciencia y la investigación en la lucha por la estabilización del clima en la justicia social. No rechazamos las soluciones tecnológicas, ni los conceptos de desarrollo y de progreso. Lo que proponemos, por el contrario, es que la investigación científica y técnica sea liberada del control del capital a fin de que su potencial pueda ser puesto masiva y rápidamente al servicio del progreso en la eficiencia energética, la gestión racional de los recursos y el desarrollo sustentable de las fuentes energéticas sustentables. Exigimos el financiamiento público masivo de la investigación, la suspensión de los contratos que vinculan a las universidades a la industria y al capital financiero, la definición democrática de las prioridades de investigación en función de la transición, de la justicia social, hacia una sociedad sin combustibles fósiles.

5.11 Combatir la culpabilización individualizante, pero asumir la sobriedad energética en la medida de lo socialmente posible. Los discursos culpabilizantes de los gobiernos que atribuyen el calentamiento global al comportamiento individual de cada uno eluden la desigualdad social, la responsabilidad del capitalismo, desvían la atención de los profundos cambios estructurales que hacen falta y allanan el camino para medidas injustas como el “impuesto al carbono”. Es ilusorio pensar que el clima podría salvarse con un movimiento de “contagio cultural” contra el consumismo, cuando más de la mitad de la población vive en el subconsumo crónico. Pero también es una ilusión apostar por hipotéticos avances científicos revolucionarios para no cuestionar el consumismo y las prácticas individuales que de él se desprenden. En lugar de oponerse a las acciones en la esfera del consumo a los cambios estructurales en la esfera de la producción, los primeros deben ser concebidos como un medio de hacer tomar conciencia de la necesidad de los segundos. Las prácticas sociales alternativas, las campañas y las movilizaciones, aunque minoritarias, que cuestionen el productivismo y el consumismo, pueden jugar un rol positivo en la formación de la conciencia colectiva de que son necesarios cambios estructurales, también en la esfera de la producción y que estos cambios se acompañarán de una mejor calidad de vida.

5.12 Desarrollar una práctica de auxilio popular en caso de catástrofe. El cambio climático incrementa considerablemente los riesgos de catástrofes que afectan muy particularmente a los trabajadores y a los pobres, sobre todo en los países en desarrollo. Frente a esta amenaza debemos prepararnos para intervenir con los movimientos sociales en dos terrenos diferentes: el ámbito reivindicativo que consiste en poner a los Estados ante sus reponsabilidades; y el ámbito de los auxilios directos, populares y solidarios, asumidos por las poblaciones locales y sus organizaciones, con la ayuda de redes de militantes a nivel mundial. La experiencia adquirida en las catástrofes naturales muestra en efecto que estos apoyos populares son más rápidos, más directamente orientados hacia los pobres y las necesidades reales, y poco costosos. Además, son favorables para que surjan nuevas relaciones sociales, de cuestionamiento del orden establecido.

7 de junio de 2010

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