martes, 20 de julio de 2010

El descubrimiento del “efecto rebote”

Cédric Gossart


Le Monde Diplomatique

En junio pasado, el Consejo de Innovación Energética estadounidense –un think tank creado por Bill Gates y Jeff Immelt, dueño de General Electric– solicitó al presidente Obama triplicar los gastos de investigación en energías limpias para no darle ventaja a China. Pero estas energías no siempre generan los efectos esperados en el medio ambiente…


Su proveedor de agua le propone adoptar un comportamiento ecológico y pasar a la facturación electrónica, argumentando que así se ahorrará papel. Y como al hacerlo la empresa reducirá sus gastos, le ofrecerá tarifas más atractivas. ¡Así la ecología se uniría a la economía para mayor beneficio de todos! Pero en los hechos… ¿no lo incitarán esos precios más bajos a regar el césped o a tomar varios baños por semana? ¿Sigue entonces siendo tan ecológico? Los economistas denominan a esta paradoja “efecto rebote”. Decir que ella ensombrece las perspectivas de la economía “verde” es quedarse corto.

En Francia, 35.000.000 de contadores eléctricos viejos serán reemplazados próximamente por contadores “inteligentes”. En Lyon, una de las zonas de prueba de esta operación, los proveedores de electricidad instalarán en las casas de sus clientes –con su permiso– unas cajas con un dispositivo que les permitirá controlar el consumo a distancia, con un margen de error de un segundo, con la esperanza de que esta vigilancia motive una reducción del monto de la factura (1). Los ahorros para el proveedor –ya no hacen falta técnicos para controlar los contadores–, deberían traer además un descenso de los precios. ¡Es el fin de las disputas en torno al radiador porque los friolentos han subido disimuladamente el termostato del salón!

¿Pero en qué se utilizará el ahorro producido? Algunos estudios no publicados de los servicios de investigación de EDF (Electricité de France) demuestran que, cuando las tarifas bajan, los hogares modestos tienden a aumentar la temperatura de su vivienda. Los hogares ricos no se quedan a la zaga, con la frenética renovación del equipamiento de punta. Cuando un bien o un servicio baja su precio se tiende, sin pensarlo, a consumir una mayor cantidad del mismo. Y, más allá de la temperatura considerada suficientemente confortable, el excedente financiero se destinará a la adquisición de otros bienes de consumo (pantalla de plasma, viaje en avión, teléfono “inteligente”, etc.) cuyo balance de carbono será, por otra parte, probablemente aún menos favorable para el medio ambiente. Al final, el beneficio ecológico de la tecnología se encoge como piel de zapa –o pasa incluso, en algunos casos, a ser negativo– mediante un ajuste de los comportamientos individuales que, sin embargo, constituyen el blanco principal de las campañas oficiales de comunicación acerca del “desarrollo sustentable” que elevan al pináculo la imagen del “consumidor responsable”.

En este laborioso inicio del siglo XXI, industriales y gobernantes ven en la tecnología el milagroso catalizador capaz de poner en marcha un nuevo ciclo de crecimiento, de crear empleos, de reabsorber los déficits, de reducir las desigualdades y, por supuesto, de recuperar los ecosistemas naturales. En todas las estrategias planificadas para que el mejoramiento de la calidad de vida ya no esté atado a la explotación de los “servicios naturales” –energía, materias primas, procesamiento de residuos… (2)–, las nuevas tecnologías juegan un papel determinante. La informática, en particular, ofrecería una herramienta esencial para “enfrentar el desafío climático”, mediante la reducción del consumo de energía (3).

Gracias a las tecnologías verdes de la información y la comunicación (en español TIC verdes, en inglés green IT), así como a la permanente reducción de los costos de los productos electrónicos, los “productores responsables” ponen en el mercado teléfonos y computadoras “verdes”, que contienen plástico reciclado, bambú, etc. Algunos llegan incluso a financiar talleres con las normas europeas para el tratamiento de los residuos electrónicos, en países que los importan más o menos legalmente (4). Por el lado de los distribuidores, comprar aparatos usados a fin de reciclarlos para que sean comprados de nuevo es una práctica corriente. Así, cada uno puede disponer de un teléfono en cada bolsillo, de un televisor en cada habitación, de una computadora portátil en cada rodilla, y hasta “de música en todos los pisos” (Le Monde Magazine, 30-4-10). Pero la máxima sofisticación siguen siendo los funerales virtuales, alabados por la prensa por su “ecologismo”, porque es evidente, parece, que “permiten evitar un derroche de recursos naturales” (Le Monde, 17-4-10) –al menos en este caso particular, el efecto rebote no cuenta–. Por otra parte, su consideración podría perfectamente reducir los milagros de estas “tecnologías verdes” al estatus de quimeras.

Consecuencias paradójicas

Los economistas distinguen tres tipos de efectos rebote. El primero, denominado “directo”, es el más intuitivo: cuando se reduce la intensidad en energía de un servicio, su costo baja; el ahorro así realizado permite, por consiguiente, consumir más de ese mismo servicio. El ejemplo clásico es el del automovilista que reemplaza su viejo automóvil por un modelo más eficaz y aprovecha el ahorro en combustible para conducirlo más seguido y más lejos (5). Otro caso típico es el de la calefacción.

En Francia, el sector residencial y terciario va a la cabeza en el consumo de energía (43% del total, delante de los transportes y la industria): dos tercios de éste son imputables a la calefacción. Paradoja: por un lado, gracias a los trabajos de administración de la energía, a las reglamentaciones térmicas, etc., el consumo medio para calefaccionar un metro cuadrado pasó de 365 a 215 kilovatios/hora (kWh) entre 1973 y 2005; por el otro, el consumo de energía debido a la calefacción aumentó en un 20% desde 1970. ¿Un efecto rebote habría absorbido parte de las ganancias? Todo conduce a pensarlo. Entre 1986 y 2003, a pesar de las políticas de economía energética, la temperatura media de las viviendas francesas pasó de 19ºC a 21ºC (cada grado suplementario aumenta el consumo de energía en un 10%). Para mucha gente, mejorar el confort implica sobrecalefacción y sobreconsumo, incluso para los encargados de los edificios, a quienes a veces se les va la mano con el termostato de la calefacción colectiva. Según la Agencia del Medio Ambiente y del Manejo de la Energía (Ademe), un departamento ocupado no tendría que superar una temperatura media de 19ºC. Por encima de eso, el sentimiento de confort puede tener efectos nefastos sobre la salud (erupciones cutáneas, sudores, hiperventilación).

En Estados Unidos se produce el mismo escenario. Según el informe anual 2010 de la agencia estadounidense de la energía, el consumo energético y las emisiones de CO2 por dólar de Producto Interno Bruto (PIB) disminuyeron más del 80% desde 1980. Esto no impidió que el consumo total de energía y las emisiones de CO2 del país aumentaran en un 25% y en un 165% en el mismo período, respectivamente (6). De manera que los beneficios de una campaña pública de sensibilización para la sobriedad energética se anularon.

Algunas políticas son directamente cuestionadas cuando aparece un efecto rebote. Este es el caso de las normas de rendimiento energético, que favorecen el surgimiento de innovaciones tecnológicas (7). En efecto, se registran temperaturas tendencialmente más altas en las viviendas más nuevas que en las construcciones antiguas. Gracias a las técnicas para mejorar el aislamiento y la ventilación, mantener la temperatura de las habitaciones de una vivienda en un piso más alto ya no plantea problemas. De ahí que una política orientada a reducir el consumo de energía haya provocado el efecto contrario.

Se utilizaron varios métodos para medir el efecto rebote. Por ejemplo, la elasticidad precio: si el consumo en kWh aumenta un 2% luego de una reducción de las tarifas de la energía del 10%, el efecto rebote es del 20% (8). En el sector del transporte, se mide el aumento del consumo de combustible ocasionado por una mayor eficacia de los vehículos. En ese caso, la innovación tecnológica reduce el costo del transporte por kilómetro, lo cual tiende a alargar las distancias recorridas y a aumentar el consumo global de combustible (de un 20% a un 30% en Estados Unidos, según una estimación).

En el Reino Unido, un estudio evaluó el efecto rebote de las políticas de ahorro energético implementadas entre los años 2000 y 2010 en cerca del 30% (9). Es decir que las ganancias en eficacia energética producidas por esas políticas no pueden considerarse rentables a menos que logren superar ese índice del 30%.

Desperdiciar menos para equiparse mejor

El segundo tipo de efecto rebote es indirecto. Contrariamente al caso anterior, el consumidor estima haber alcanzado un nivel satisfactorio de consumo del servicio cuyo precio ha bajado. Pero gastará el dinero ahorrado de otra manera, lo cual conduce a aumentar los flujos materiales en la sociedad. Por ejemplo, una familia podría invertir la diferencia obtenida al aislar las ventanas en la compra de una consola de juego o de un nuevo televisor. ¿Habrá que ver en ello un efecto de la recomendación paradójica de adoptar un comportamiento “ecológicamente responsable” y, simultáneamente, dotarse del último artefacto de moda? ¡El mismo correo que prescribe al cliente, por una preocupación ecológica, adoptar la facturación por internet, le recuerda cuántos puntos tiene para cambiar “gratuitamente” de teléfono móvil!

El confort ya presupone un sobreequipamiento en artefactos eléctricos energívoros y contaminantes. Los artefactos eléctricos, descontando los de calefacción, representan el 20% del consumo de energía. A través de un efecto rebote indirecto, el ahorro efectuado en calefacción puede trasladarse al consumo de los productos de entretenimiento (equipamiento hi-fi, televisión…), que saltó de 18 kWh por vivienda en 1973 a 321 kWh, 25 años después (10).

La difusión del equipamiento electrónico conduce a un tercer tipo de efecto rebote, susceptible, esta vez, de modificar la estructura misma de las sociedades humanas. Cuando la eficacia para explotar un recurso aumenta, su costo disminuye, favoreciendo las actividades socioeconómicas que lo utilizan intensivamente. Estas últimas atraen entonces capitales financieros y colaboradores de alto rendimiento, fortaleciendo su posición hasta dominar a la competencia. En consecuencia, la economía entera se vuelca hacia ese recurso que se abarató.

El petróleo constituye una ilustración perfecta de este encadenamiento, si se considera el impacto de su explotación y producción sobre las sociedades mecanizadas, industrializadas, urbanas y motorizadas. De la misma manera, nuestra capacidad exponencial de transportar y almacenar un byte de información está en vías de transformar profundamente la sociedad. Como en el caso del automóvil, puede hacerse difícil para los individuos desprenderse de la “civilización de los hidrocarburos” a la que estamos, en sentido literal, pegados (11).

Aunque estos fenómenos no son nuevos, siguen siendo difíciles de aprehender, ya que obligan a concebir, para cada técnica empleada, el conjunto de las consecuencias estructurales que su empleo masivo puede generar.

En el libro La cuestión del carbón, el economista inglés William Stanley Jevons compartía en 1865 sus temores en relación al agotamiento, hacia fines del siglo XX, de esa fuente de energía vital para el poderío de su país. Es cierto que el carbón no desaparecerá tan rápido como él lo pronosticó, pero el argumento teórico de la “paradoja de Jevons” conserva su solidez: cuanto más eficazmente utilizamos el carbón, más consumimos.

En efecto, si necesitamos menos carbón para producir una tonelada de fundición en bruto, las ganancias de la industria siderúrgica aumentan. Lo cual incita a los industriales a aumentar sus volúmenes de producción y disminuir sus costos, provocando así un incremento del consumo de carbón y de las ganancias obtenidas. En consecuencia, crecen los dividendos y –en teoría– los salarios, así como el consumo neto de los trabajadores y los accionistas. Entonces, todo descenso del costo de la energía completa el “reservorio de demandas no satisfechas”; y un tiempo de trabajo suplementario tomado del descanso asegura el aumento del presupuesto necesario para satisfacer esas demandas (12). El consumo del recurso más eficazmente utilizado disminuye… pero para rebotar mejor.

Al igual que los combustibles energéticos, las tecnologías de la información son hoy indispensables en todos los sectores económicos. Como el automóvil, ellas transforman las sociedades, favorecen innovaciones más rápidas, aumentan las economías de escala (13). Gracias a ellas, un mayor número de productores se encuentran capacitados para innovar y … la obsolescencia de los bienes y servicios se acelera. Lejos de alargar la vida útil de los aparatos y la capacidad de repararlos, el ciclo vital de estos productos se acorta, provocando un aumento de la necesidad de materias primas para fabricarlos.

Existen otras causas de efecto rebote: consumimos un bien o un servicio porque procura un nivel más elevado de confort o rendimiento, pero también porque hace ganar tiempo (14); y éste puede tener importantes repercusiones al difundirse masivamente en la sociedad. Por ejemplo, los medios de transporte rápidos resultarán privilegiados, así como primarán los desplazamientos individuales sobre los colectivos y crecerán las filas de espera en los aeropuertos o los embotellamientos en las rutas …

Los usuarios de internet también son víctimas de un fenómeno de ese tipo. El acceso muy rápido a documentos que en el pasado habría sido necesario encargar por correo o ir a consultar a una biblioteca genera una profusión de información que finalmente desemboca en que dedicamos más cantidad de horas de lo previsto a leer esa documentación en la pantalla. Como sugiere Hartmut Rosa (15) todo sucede como si la aceleración exigiera… más tiempo.

Cédric Gossart. Profesor de Telecom École de Management (Evry).

Traducción: Patricia Minarrieta

Notas:

1 Sobre una experiencia europea, véase Mari Martiskainen y Josie Ellis, “The role of smart meters in encouraging behavioural change – p rospects for the UK”, Sussex Energy Group, Brighton, 2009.

2 “Croissance verte” (Patricia Crifo, informe al Conseil économique pour le développement durable, París, 2009); “capitalisme immatériel” (Maurice Lévy y Jean-Pierre Jouyet, L’Economie de l'immatériel. La croissance de demain, La Documentation française, París, 2006); “découplage absolu” (Tim Jackson, Prospérité sans croissance. La transition vers une économie durable, De Boeck, Bruselas, 2010).

3 Sobre las aplicaciones de las tecnologías de comunicación al desarrollo sustentable, véase Gilles Berhault, Développement durable 2.0, L’Aube, La Tour-d’Aigues, 2010.

4 Para eludir las restricciones legales sobre el transporte internacional de residuos peligrosos (Convención de Basilea), los desechos electrónicos son exportados a veces como material de segunda mano. Véase “De l’exportation des maux écologiques à l’ère du numérique”, Mouvements, N° 60, París, octubre-diciembre de 2009.

5 Steve Sorrell, “Jevons’ Paradox revisited”, Energy Policy, Vol. XXXVII, N° 4, Amsterdam, abril de 2009.

6 US Energy Information Administration (EIA), “Annual Energy Outlook, 2010”; US EIA, “Carbon dioxide (CO2) emissions” (www.eia.doe.gov).

7 Credoc, Consommation et Modes de Vie, N° 227, París, marzo de 2010.

8 Véase Fabrice Flipo y Cédric Gossart, “Infrastructure numérique et environnement. L’impossible domestication de l’effet rebond”, Terminal, N° 103-104, París, 2009.

9 Terry Barker, Paul Ekins y Tim Foxon, “The macro-economic rebound effect and the UK economy”, Energy Policy, Vol. XXXV, N° 10, Amsterdam, octubre de 2007.

10 Livre Blanc sur les Energies , 7-11-03. Véase también Insee Première, N° 1.121, París, enero de 2007.

11 Véase Khadija Sherife, “Cómo BP se ríe de la ley”, Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2010.

12 Blake Alcott, “Jevons’ paradox”, Ecological Economics, Vol. LIV, N° 1, julio de 2005.

13 Michel Gensollen, “A quoi ressemblera le monde numérique en 2030?”, Annales des Mines- Réalités industrielles , París, mayo de 2009.

14 Horace Herring y Robin Roy, “Technological innovation, energy efficient design and the rebound effect”, Technovation, Vol. XXVII, N° 4, abril de 2007.

15 Hartmut Rosa, Accélération: Une critique sociale du temps, La Découverte, París, 2010.

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