sábado, 13 de julio de 2013

Fukushima y las consecuencias ininterrumpidas de una industria y una tecnología suicidas





Es una información de la agencia EFE fechada el 10 de julio de 2013 [1]. Lleva por título “El agua radiactiva de Fukushima se está filtrando al mar”.
El CSN nipón, la Autoridad de Regulación Nuclear (NRA), ha anunciado (públicamente) que tiene la “firme sospecha” (es decir, la firme convicción) de que el agua altamente radiactiva que se concentra en la accidentada central nuclear de Fukushima se está filtrando al suelo y al mar frente a la planta”. Los niveles de concentración de cesio y estroncio radiactivos en muestras de aguas subterráneas tomadas en las instalaciones de Fukushima se han disparado
Lo ya anunciado, lo ya señalado documentadamente como escenario más que probable por estudiosos y especialistas. Entre nosotros, por ejemplo, por el científico republicano franco-barcelonés Eduard Rodríguez Farré [2].
El presidente del NRA, Shunichi Tanaka, ha declarado a la agencia nipona Kyodo que se debe hallar “la causa que hay detrás de estos altos niveles de contaminación y establecer las medidas prioritarias para solucionarlo”. ¿Medidas para solucionarlo? ¿Causas de un desastre ya anunciado?
De hecho, como se ha señalado también, el principal reto para desmantelar la central, hipótesis que la compañía privada propietaria, la multinacional Tokio Electric Power (TEPCO) se negó a considerar inicialmente (había que amortizar la inversión: el capitalismo no es un humanismo), es “la acumulación en el subsuelo de los edificios que albergan los reactores nucleares de agua contaminada”. Esta agua contaminada se incrementa diariamente por la filtraciones del sistema de refrigeración y del agua subterránea que proviene de las zonas colindantes.
Tepco considera que el foco puede ser un pozo junto al mar. Pero incluso la NRA considera que puede que no sea el único origen de estos niveles -¡imprevistos!- de contaminación. Se conjetura que la nueva situación sea debida a la mezcla de barro contaminado con cesio, tras el accidente de 2011, con el agua subterránea proveniente de las montañas.
Las muestras de agua subterránea analizadas (y recogidas en un punto de control situado entre los reactores y el Océano Pacífico) por la operadora de la central, señala EFE, registraron niveles de materiales radiactivos hasta 100 veces más grandes (¡pasados tan sólo tres o cuatro días!) respecto a las pruebas realizadas el viernes 5 de julio. La muestra obtenida contenía entre 9.000 y 11.000 becquereles/litro de cesio-134 (según fuentes) y entre 18.000 y 22.000 becquereles/litro de cesio-137 (también según fuentes). En esa agua había 900.000 becquereles de otras sustancias que emiten radiaciones beta; el estroncio por ejemplo. Cesio-134 y cesio-137, como es sabido, son elementos altamente radiactivos.
TEPCO dice haber adoptado medidas para sellar el agua contaminada en zonas de la propia central, pero el NRA -¡el mismo organismo regulador que se ha mantenido fiel y servil a la multinacional en 100 o 2.011 ocasiones anteriores!- ha reconocido que “la empresa no puede controlar la propagación de todos los materiales contaminados al mar o al suelo”. La multinacional ha señalado que por el momento no ha detectado “un impacto significativo” en el entorno. ¡Qué esperábamos! ¿Qué alma bendita puede confiar en TEPCO a estas alturas de esta trágica historia?
Por otra parte, el ex director de la central, Masao Yoshida, murió el pasado martes 9 de julio a los 58 años de edad, “debido a un cáncer de esófago”. Según la compañía el cáncer “no sería directamente imputable a las radiaciones” [3]. ¿E indirectamente? ¿Qué significa aquí “directamente”? ¡Que tortuosa cosmovisión mueve a Tecpo a semejante declaración ante el cadáver de su heroico trabajador que sabia perfectamente que se jugaba la vida en el desempeño de su trabajo!
En honor de Yoshida, que dejó el cargo a fines de 2011 al diagnosticársele el cáncer de esófago, hay que recordar que manejó esta crisis en condiciones terribles, “oponiéndose a veces a directivas incoherentes o a la lentitud de su empresa, evitando según expertos del sector que la situación fuera totalmente incontrolable”. Sólo dejó el cargo, a finales de 2011, cuando se le diagnosticó el cáncer de esófago.
Pocos días después de la hecatombe de marzo de 2011, el científico y humanista Eduard Rodríguez Farré habló de un “Chernóbil a cámara lenta”. Lo expresó así:
Tampoco las consecuencias para el medio ambiente serán inocuas. La contaminación nuclear se deposita en el suelo y en el mar, se incorpora a la cadena trófica de los peces, que son la base de la dieta en Japón, del resto de animales -el yodo-131 aparece precozmente en la leche-, de las plantas, la fruta y las verduras. Este proceso se irá acumulando, pasará de un ser vivo a otro e irá empeorando (miles de renos tuvieron que sacrificarse en el Ártico tras Chernóbil: estaban contaminados por los líquenes que habían ingerido). La persistencia de estos radioelementos en el medio perdura largo tiempo y su presencia puede detectarse en los alimentos incluso años después de un accidente nuclear.” [4]
Tampoco erró en esta descripción. ¿Lo nuclear es seguro, barato, pacífico, eficaz económicamente, no contaminante (globalmente considerado), razonable, prudente, socialmente rentable, imprescindible,…? ¿Quién con juicio no alterado ha podido afirmar algo así?
No más cuentos. ¡Nuclear, no gracias!

Notas:
[2] Eduard Rodríguez Farré y SLA, Ciencia en el ágora, Barcelona, El Viejo Topo, 2012, capítulos I y VI.

Salvador López Arnal es miembro del Frente Cívico Somos Mayoría y del CEMS (Centre d’Estudis sobre els Movimients Socials de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona; director Jordi Mir Garcia)

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