viernes, 20 de marzo de 2015

Intervención del escritor William Ospina en el inicio de la Movilización por la Defensa del Río Magdalena, los Territorios y la Vida.

San Agustín, Huila. 14 de marzo de 2015


Alguien le preguntó a San Agustín qué es el Tiempo. Y aquel hombre sabio contestó: “sino me lo preguntan lo sé, pero si me lo preguntan no lo sé”.

Creo que con el agua pasa algo semejante. Todos creemos saber desde niños qué es el agua, pero cuando llega la hora de dar una definición, sólo podemos decir una parte de lo que sabemos. Alguien dirá que es el líquido que calma nuestra sed, o que es ese elemento transparente que nos baña y nos refresca. Otro contará de qué manera regar con agua la tierra hace crecer las plantas. Un sediento en el desierto dirá con certeza que el agua es la diferencia entre la vida y la muerte. Un sacerdote católico nos recordará que es la diferencia entre pertenecer o no al reino de Dios. Un químico nos explicará que es una sustancia hecha con dos partes de hidrógeno y una parte de oxígeno, y resumirá su definición con la conocida fórmula de H2O. Todas esas cosas son verdad, pero ninguna de ellas agota lo que es el agua para la humanidad. 

Alimento y medicina, sustancia química y elemento místico, recurso industrial y servicio público, el agua es la más elemental y la más compleja de las sustancias de este mundo, está en la nube y en la lágrima, y es sobre todo la razón por la cual hay vida en la tierra. Por ella nació la vida y por ella la vida se conserva. Y, por supuesto, también por ella puede perderse la vida, como lo supieron hace treinta años los habitantes de Armero, sorprendidos en la noche por una avalancha que produjeron las aguas del deshielo de la montaña. 

Es necesario comenzar con una sencilla meditación sobre el agua, porque aquí todo depende de la mirada que arrojemos sobre las cosas. Alguien puede decir que el agua es sólo un líquido, y habría que responderle que el agua está en las nubes que vuelan sobre nuestras cabezas, en el aguacero que se desprende de ellas, en la siempre activa vegetación de los páramos, en la niebla que respiran los bosques, en la savia que asciende por los troncos de los árboles, en la música de los arroyos, en el bullicio de las cascadas, en los peces que avanzan por la corriente y en el cuerpo de los pescadores que los atrapan. 

No hay agua sin mares que se evaporen sin bosques que enfundan niebla, sin páramos que condensen la humedad, sin humedales que filtren, sin ciénagas que oxigenen. El agua no es un líquido, no es sólo un elemento, el agua es un sistema, y Colombia es el mejor ejemplo que se puede mostrar de cómo un territorio puede estar configurado como una inmensa fábrica de agua. Pero Colombia también es el mejor ejemplo de cómo un país puede ignorar su realidad más profunda, y dormir sobre un tesoro como el dragón del cuento, sin aprender a qué se debe ese tesoro, sin saber cómo protegerlo.

Lo más alarmante es que el sol sabe cómo sacar el vapor de los mares, el páramo sabe cómo condensar la humedad en gotas de agua, los bosques saben cómo producir niebla, las selvas saben cómo producir vapor de agua, las gotas saben cómo hacer arroyos, los arroyos saben cómo juntarse en ríos, el agua sabe cómo circular, cómo subir al cielo en vapor y bajar del cielo en lluvia, y deslizarse en forma de río y amontonarse en forma de océano, pero la que según es fama es la única criatura inteligente del mundo, es el ser humano, no sabe cómo proteger el agua que le da la vida, ni cómo agradecer por ese tesoro invaluable. 

Somos capaces de ser consumidores de agua, estudiosos del agua, administradores del agua, vendedores de agua, pero no sabemos ser protectores de agua, y sobre todo no sabemos pensarnos como parte del agua. La vemos como algo ajeno a nosotros, aunque resulta que el 95 por ciento de nuestro cuerpo, según los sabios, está compuesto de agua. 

El joven poeta Novalis decía que el aíre es nuestro sistema respiratorio exterior. Mar, Río, Laguna, Gota de Lluvia, también podemos decir que el agua es nuestro sistema circulatorio exterior: Somos parte inconsciente del ciclo del agua. Pero tenemos que convertirnos en parte consciente de este ciclo, porque los peligros del agua en nuestro tiempo, los males que la amenazan, se deben todos a la especie humana. 

Parte muy importante de la solución de los problemas contemporáneos consistiría en que todos sepamos que somos el agua, que proteger el agua es protegernos, que salvar el agua es salvarnos. Los seres humanos solo podemos vivir en la cultura, ya no somos criaturas de la naturaleza, aunque estamos siempre en relación con ella. Y depende de la mirada que nuestra cultura arroja sobre el mundo, el trato que le damos a todas las cosas. 

Durante mucho tiempo la cultura supo que el agua es el origen, como lo afirmaba en Grecia hace 25 siglos Tales de Mileto. Que el agua es más preciosa que el oro, como lo cantaba en ese mismo tiempo el poeta Píndaro. Que el agua es condición de toda vida, que si no hay vida en Marte es por su ausencia, y que si este planeta azul es una fiesta multicolor de todas las manifestaciones de la vida es porque aquí se cruzaron a la temperatura adecuada el agua y la luz.

Pero el mayor peligro para la especie humana es vivir en una cultura que olvide la abundancia de los significados del agua, y que termine pensando que el agua es solamente un servicio público, o solamente una fuente de energía. Corremos el riesgo de cortar los bosques pensando que el agua es solamente la corriente del río; de arrasar los páramos pensando que el agua es solamente una fuente de energía eléctrica. Podemos acabar con los humedales, secar las ciénagas, canalizar las quebradas, pensando que el agua es apenas esa corriente cuya fuerza alimenta las turbinas. 

Y lo que pasa con el agua pasa con los ríos. También hay quien termina pensando que un río es apenas un caudal de agua que fluye entre las piedras y que puede ser más productivo si se lo canaliza, si se lo domina, si se lo somete a la industria humana. 

Pero la civilización siempre supo ver en los ríos esa complejidad que ahora muchos pierden de vista. 

Porque un río no es sólo una corriente de agua, un río, todo río, es un río de vida. Es el agua, los páramos donde nace, los bosques que lo alimentan, la vida que lo puebla, los peces que lo recorren, y por supuesto los seres humanos a que se sirven de él, los campos que lo rodean, los afluentes que en él desembocan, las nubes que descargan sus lluvias, y el mar en que finalmente se precipita. 

Todas las civilizaciones dialogaron siempre con los ríos. Mesopotamia se llamaba una región cuya principal riqueza fue siempre ser, como lo indica su nombre, un valle muy fértil entre dos ríos, y allí nacieron algunos de los elementos más poderosos de la cultura tal como hoy la conocemos: el cultivo de los cereales, la domesticación de ciertos animales, el arte de la escritura, el culto de los dioses, la ciencia antigua de contar historias y el arte provechoso de mirar las estrellas.

Más dramático fue el caso de Egipto, un país que le debió siempre a un río su existencia. Si no fuera por el Nilo, por la carga de lodos vegetales que trae desde los altos lagos de África, la civilización egipcia no habría existido. Hace unos meses tuve la suerte de volar sobre el desierto africano, y ver allá abajo esa cosa increíble, una franja verde de vegetación y de ciudades en medio de un blanco y desolado mundo de arena. 

Los egipcios comprendieron mejor que muchos, porque saltaba a la vista, que el río es un milagro, que esas aguas llenas de un légamo vegetal fertilizaban las arenas muertas y convertían una ancha franja de las orillas en un valle fértil, donde las palmeras producen dátiles de extrema dulzura, donde nunca llegaron las vacas flacas de la pobreza sin que las precedieran las vacas gordas de la extrema fertilidad. 

Y sin embargo los egipcios aprendieron que el río podría ser alterado, siempre y cuando fuera para beneficio de las poblaciones ribereñas. La capacidad del ser humano de alterar el mundo puede ser muy valiosa si se inscribe en altos propósitos. Egipto necesitaba una represa, porque el régimen de las crecientes del río obedecía a ciclos incontrolables, y solo cada tanto tiempo el río venía a fertilizar la tierra. Alguien se dijo que desde hace mucho tiempo; “el río es el corazón de este reino, pero ese corazón necesita un cerebro. Aquí está la fuerza de la fertilidad, pero la cultura podría aportar un ritmo distinto en el manejo de las cosechas, sin alterar más de lo aconsejable la naturaleza del río. 

Y un día los egipcios hicieron la represa de Asuán, conquistaron la tremenda capacidad de regular el ritmo de las crecientes, de lograr que el río pudiera fertilizar la tierra de todo el año. Era una modificación de la naturaleza, pero estaba guiada por la intención generosa de mejorar la vida de millones de campesinos de las riberas.

El Nilo es tal vez el río más largo del mundo, la represa se hizo justo en la mitad del río, donde comienza Egipto, y por ello afectaba sólo a ese país. Ahora Sudán se propone hacer otras represas en la parte más alta del río, y esto afectará seriamente el caudal que Egipto recibe, por lo cual tendrán que pasar por largas negociaciones para armonizar los intereses de Sudán en la parte alta del río, muy extensa por cierto, con los intereses de Egipto en la parte baja. 

Yo no creo que haya que ser enemigos por principio de las modificaciones que la cultura puede obrar sobre la naturaleza. Pero la humanidad tiene que ser consciente de que su labor altera, a veces de una maneta irreparable, el orden natural, y por ello tiene que ponderar la magnitud de su influencia, calculando los riesgos, para no obrar alteraciones destructivas.

Recuerdo que Estanislao Zuleta me dijo alguna vez: “no hay que exagerar el culto de lo natural contra lo artificial. La viruela es muy natural, y la vacuna es muy artificial, pero yo prefiero la vacuna a la viruela”. Los pueblos indígenas de la Mojana, en la región del Sinú, allá donde el Magdalena se une con el Cauca para rodar hacia el Caribe, construyeron hace muchísimo tiempo una asombrosa red de canales para regular el ritmo de las inundaciones en esa región donde convergen las aguas de los ríos y donde hay un país de ciénagas.

Todas las aguas que viajan hacia el norte convergen allí, con sus limos fértiles, e hicieron de esa región un extenso templo de la vida vegetal y animal. Y los zenúes, hace siglos, ya sabían que si es para bien, se pueden obrar modificaciones en la naturaleza. Es más, no sólo tuvieron el conocimiento de ingeniería hidráulica necesario para regular con sus canales el ritmo de las inundaciones en esa región que recibe buena parte del agua de nuestras cuencas, sino que hicieron al mismo tiempo una obra de arte de seiscientas cincuenta mil hectáreas, que todavía se puede ver cuando se sobrevuela la región, ahora víctima de las inundaciones porque ya no está la sabiduría de los zenúes sino la avidez de las ganaderías que arrasan los bosques para construir una absurda economía casi improductiva.

Con la llegada de nuestra época, con el crecimiento de las ciudades, con el peso de la contaminación de desechos humanos e industriales, con el auge de los agroquímicos y la deforestación de las orillas, ya no convergieron en la Mojana solamente las aguas sino los desechos de buena parte del país. Y la Mojana va dejando de ser aceleradamente el templo de la vida para convertirse en una región de desastre. 

Popayán, Cali, las ciudades de la zona cafetera, y Medellín, que tributan sus desechos al río Cauca, no advierten como están aportando sus miasmas para degradar esa región que recibe las aguas; como tampoco advierten Neiva, Ibagué, Barrancabermeja, Bucaramanga y sobretodo Bogotá, que tributan sus desechos al río Magdalena, cómo contribuyen minuto a minuto de un modo terrible al deterioro del río y al envenenamiento de las ciénagas, que no son pantanos incómodos, como piensan muchos, sino purificadoras del agua y enormes proveedoras de oxígeno.

Todos los ribereños del mundo, los del Yangtzé y los del Ganges, los del Tigris y los del Éufrates, los del Nilo y los del Níger, los del Rhin y los del Danubio, los del Volga y los del Mississippi, los del Orinoco y los del Paraná, supieron siempre que los ríos no son apenas agua sino vida, y supieron honrar a sus ríos, dialogar con sus ríos. Hay que ver lo que fue ese momento histórico en que se unieron en un solo reino el alto y el bajo Egipto, el reino del papiro y el reino del loto, hay que ver todas las estelas de piedra, todos los relatos, todas las músicas y todos los poemas que nacieron de esa alianza.

Yo no sé con qué fin habrán hecho los antiguos habitantes de estas tierras esas poderosas esculturas de piedra que asombran al mundo, esos jaguares humanos, esos cóndores que se mezclan con hombres y con serpientes, pero yo sólo puedo verlas como los guardianes del nacimiento del río. No me parece una casualidad que el arte escultórico más antiguo de nuestra tierra se haya dado precisamente aquí donde nace el gran río que recorre y fertiliza todo el territorio.

Uno diría que Barranquilla está muy lejos de San Agustín, y sin embargo hay algo tremendo que las une, este majestuoso cauce de agua al que todos pertenecemos porque es uno de los grandes caminos de América. Yo nací en los páramos de los Andes, en un pueblo perdido en la niebla, y sin embargo me siento parte del río, sé que esas aguas que bebieron siempre mis abuelos, las aguas del Gualí y del Guarinó, son parte del río Magdalena, y que esas aguas nos hermanan, nos hacen pertenecer al mismo mundo, como este macizo colombiano nos hace hermanos de los que viven junto al Patía, junto al Caquetá y junto al Cauca, nos hace hermanos de los que orillan el inmenso Amazonas.

La organización de los territorios, eso que llaman con palabras un poco resecas el ordenamiento territorial, debería hacerse sobre todo a partir de los dibujos de la naturaleza. Toda la cuenca del Magdalena debería formar una sola gran región; los gobernantes deberían administrar y planificar pensando en las fuerzas profundas de la naturaleza y en los grandes trazos de la geografía. Porque de ellas depende la economía y no al revés.

El territorio colombiano está descuartizado por un ordenamiento territorial que no tiene en cuenta las fuerzas profundas de la vida ni las necesidades profundas del territorio y de su gente. Por eso los bogotanos no saben hacia donde van esas aguas después de que ellos las utilizan; por eso los habitantes de Ambalema no saben qué es lo que trae tan sucias las aguas del Magdalena; por eso los pescadores de Honda no saben por qué se acabó la subienda. Los habitantes de Caucasia o de Majagual no saben qué le deben a los de Popayán, de Cali o de Manizales.

La naturaleza dialoga continuamente con la historia. Pocos saben que Honda llegó a ser una ciudad tan importante en la colonia a causa de una piedra, de una gigantesca piedra que prácticamente corta en dos el curso del río Magdalena, que nunca permitió la navegación fluida de barcos grandes a lo largo del río e hizo que los bergantines de los conquistadores no pudieran llegar más allá de Honda hacia el sur.

Pocos saben que esa piedra hizo que fuera Honda el puerto alimentador de Santafé de Bogotá y el punto de contacto de la capital con la metrópoli española. Pocos saben que medio siglo después de la Independencia, fue también ésta la causa de que fuera Honda el centro donde se embarcaba hacia el exterior la cosecha cafetera.

Pocos saben también que fue la navegación por el río lo que acabó con la navegación por el río: que fueron las calderas de los vapores del Magdalena las que consumieron la madera de todos los bosques de las orillas. La tala de los árboles hizo que las raíces soltaran los sedimentos, y el lecho del río subió tanto que hizo imposible la navegación. Al mismo tiempo los pesticidas, los fertilizantes, los residuos industriales y orgánicos de las ciudades, y el cianuro y el mercurio de la minería, fueron envileciendo el río de tal modo que los peces escasearon cada vez más.

Ahora quieren darle al río el golpe de gracia. El lugar de intentar recuperarlo, devolverle la vida y salvarlo, como hacen las naciones europeas con sus ríos, no sólo permitimos que vaya muriendo gradualmente sino que intensificamos la presión hostil sobre él. Y es allí donde aparecen las hidroeléctricas como el golpe fatal sobre el lomo de un río moribundo.

Toda gran represa afecta seriamente la vida de un rio, porque interrumpe el flujo de la vida en su corriente. Un día los peces, cuya vida consiste en recorrer el río, como lo demostraba ese prodigio de fecundidad que era la subienda, encuentran que ya no es posible remontar las aguas o descender por ellas. El río se ve dividido en compartimientos. Ya uno es grave. Dos, son ciertamente un atentado contra la vida del río. Pero todo un sistema de hidroeléctricas como el que nuestros gobiernos están permitiendo que se formen en el cauce del río son una verdadera profanación contra un rio que en Colombia, que es una fábrica de agua, un pulmón del planeta y el centro de una abigarrada biodiversidad, es fundamental para todos los ciclos de la vida.

¿A qué se debe que los grandes poderes permitan que se obre esta gigantesca profanación? A una combinación terrible de ignorancia con arbitrariedad. Así como el territorio no fue ordenando siguiendo pautas naturales ni culturales sino políticas y burocráticas, de modo que unos funcionarios totalmente desconocedores del territorio y de sus dinámicas, ignorantes de las necesidades de la gente que vive en cada región, disponen a su antojo la administración del país, así mismo gentes que no tienen conocimiento de la complejidad de la vida del río, y de la necesidad de preservar sus ciclos y de proteger sus entornos, la urgencia de salvar el gran laboratorio del agua equinoccial, creen que pueden cuadricular el río, que pueden convertirlo en una red de tuberías en la parte alta, un canal de esclusas y de presas en la parte media, y una autopista en el tramo final.

Piensan que el río está sólo para servir a ciertas necesidades, casi siempre ilusorias, de sus planes de desarrollo. Un desarrollo pensado al margen de la vida de los territorios, un desarrollo diseñado en función de la economía de otras sociedades, un desarrollo delirado a partir de unas prioridades empresariales, un desarrollo para el que la naturaleza no existe sino como bodega de recursos y variable financiera, un desarrollo para el que el planeta es concebido como una gran factoría y los seres humanos apenas como un obstáculo que hay que superar.

No podemos permitir que triunfe sobre la historia una cultura del lucro para la que los seres humanos son un estorbo y la naturaleza es una cosa inerte que se puede mover de un lado a otro sin consideración. Porque este diseño no está trazado, como el de la represa de Asuán, para favorecer la vida de una nación, sino para convertir el río, lo más sagrado que tenemos, en una fábrica de electricidad, y ni siquiera para el consumo de la propia gente sino para los intercambios del mercado mundial.

No les importa que haya que sacrificar el gran laboratorio del agua, no les importa que haya que sacrificar el nicho vital de los seres humanos, y es a eso a lo que se atreven a llamar pomposamente el desarrollo. Tal vez será por eso que después de varias décadas de ese modelo de desarrollo ya no quedan peces, ni pescadores, ni campesinos, ni agricultura. Y asombrosamente los que fueron desterrados a las ciudades tampoco tienen empleo, ni seguridad, ni acceso a la educación ni a la cultura. ¿Qué desarrollo es ese? Más bien qué irrealidad, qué impaciente y activa locura.

Por eso he querido sumarme a este clamor. Queremos una economía que tenga en cuenta a la gente. Queremos una economía que respete el río, que respete las fuentes profundas de la vida. Los peces le dieron vida a generaciones enteras de seres humanos: el río contaminado no le da vida a nadie. Los bosques le dieron oxígeno a generaciones enteras de seres humanos: las riberas devastadas no le dan vida a nadie.

Claro que queremos progreso, lo que no queremos es que se llame progreso a la devastación, a la muerte, sólo porque es rentable para unos cuantos. Obtengamos la energía del viento y del sol, que son fuentes inagotables, no obtengamos la energía matando la vida, destrozando la naturaleza y envenenando los manantiales.

Y que lo que se haga con el río lo decidan los que viven junto al río, los que defienden el río, los que aman el río. Por eso lo más importante es que dejemos de ser observadores de lo que hacen con nuestro país los que se creen dueños de todo. El río es la vida del territorio. Los ríos son las fuentes profundas de la cultura. Proteger el río es proteger la verdadera civilización. Proteger la naturaleza es pensar en ese otro río, el río de las generaciones, a las que está desamparando una cultura de la impaciencia, de la avidez y del saqueo. No hay que arrancarle todo a la tierra ya. Hay que vivir con deleite el presente pero hay que dejarle un futuro a la tierra. Nosotros no sólo somos los defensores del río: nosotros somos el río.


domingo, 8 de febrero de 2015

Perecerás por tus virtudes (2)

Durante siglos creímos que los recursos del planeta eran inagotables. Anduvimos por milenios al ritmo de los pasos, del caballo y del viento.
Por: William Ospina
Nos ayudaban a avanzar, aquí la invención de la rueda, allí la invención de las velas, pero la energía que gastábamos era sobre todo la de nuestros brazos, del fuego elemental.
La llegada hace dos siglos de la Revolución Industrial desencadenó no sólo la explotación de grandes reservas de energía guardadas por millones de años, sino el desarrollo de recursos que potenciaron nuestra velocidad, nuestra capacidad de conocer, nuestro poder de transformar el mundo.
Todos esos inventos nos dieron un alto aprecio de nuestro saber y de nuestros méritos. ¿Cómo no sentirnos orgullosos de los vehículos en que nos desplazamos, de los aparatos con que nos comunicamos, de la cisterna de saber universal a la que acceden con un clic nuestros dedos, de la capacidad de combinación de datos que nos convirtió a todos en magos en su gabinete, dedicados a contemplar la maravilla planetaria?
Pero estos gabinetes luminosos podrían ser un equivalente virtual de la Caverna de Platón; cabe la posibilidad de que no estemos mirando más que sombras y reflejos, y que mientras tanto el mundo real se esté desvaneciendo en nuestras manos. Es como si la naturaleza se marchitara a toda prisa afuera mientras nosotros seguimos admirando sus extraordinarias fotografías.
Dicen los expertos que en el planeta hay siempre la misma cantidad de agua, pero que sólo un 3% del agua planetaria es agua dulce. Si alguna vez esa agua fue mucha para cientos de millones de seres humanos, empieza a ser poca para los siete mil millones que la bebemos hoy, y será menos para los diez mil millones que tendrán sed dentro de veinte años. Y nadie sabe hacer agua. Nadie podría desalinizar al ritmo de nuestro consumo las aguas marinas. Nadie podría hacerlas ascender hasta las montañas del mundo. Todavía el agua desciende hasta nuestros labios, salvo la de las fósiles cisternas que se están extenuando en Arabia, en la India, en Colorado.
Mientras los israelíes han logrado hacer fértiles algunas fracciones del desierto, lo más usual es que transformemos en desiertos los bosques biodiversos. Ya hemos convertido la isla de Borneo, que tuvo hasta hace treinta años una diversidad biológica comparable a la de Colombia, en una inmensa y desolada plantación de palma africana. Y estamos convirtiendo aceleradamente la selva amazónica en un campo de soya. La pregunta siguiente es si esa soya y ese aceite de palma son para alimentar a la humanidad. La respuesta es que no: la mitad de los alimentos que se producen hoy en el mundo son para alimentar a las máquinas y al gran capital.
Hoy nos rige el imperativo del crecimiento. Los economistas no saben hablar de otra cosa; consideran un dogma que la economía tiene que crecer, que la producción y el consumo tienen que crecer, aunque a lo único que podríamos llamar verdaderamente civilización es a un refinamiento de nuestras costumbres, no a una mera y grotesca acumulación de cosas.
Más vale que toda familia tenga una hermosa vajilla de porcelana que dure diez años, y no que tenga que usar y arrojar platos plásticos todos los días. Porque los plásticos no son baratos sino que lo parecen: lo único que hace que las bolsas con las que estamos asfixiando al planeta cuesten poco, es que no se está incluyendo en su valor el precio que tendrá que pagar el mundo para devolverlas al ciclo de la naturaleza, la deuda que les estamos dejando a las generaciones del porvenir, si es que les dejamos un mundo donde habitar.
Si se pagaran los precios reales, me temo que una bolsa plástica terminaría costando más que un diamante.
La teoría del crecimiento exige explotar más y más reservas de energía. Si alguien dijera que hay que parar en seco el modelo industrial, examinar seriamente qué es indispensable y qué es superfluo, muchos responderían que ello equivale a llevar al colapso a la humanidad, su agricultura, su industria y su supervivencia. “Al contrario —dirán—, necesitamos más energía, más producción, más consumo”.
Pero tenemos que preguntarnos si es verdad que la humanidad necesita cada vez más energía, si se justifica este desaforado crecimiento del consumo de carbón mineral, de petróleo, de electricidad y de energía atómica, que son el fundamento de la economía mundial. El sol y el viento en cambio pueden ser fuentes inagotables de energía limpia.
Tengo la certeza de que la mitad de la energía que se consume en el mundo no se invierte en la satisfacción de necesidades básicas de la humanidad, sino en la industria de los plásticos, en la industria de los vehículos, en la industria de los químicos, detergentes y pesticidas y en la industria de las armas. Esas son las industrias que más aportan al calentamiento del mundo, al envenenamiento del entorno, al crecimiento de las basuras inmanejables que hoy tienen un continente de plástico flotando en el Pacífico y una pesadilla de basuras cercando las áreas metropolitanas de todos los continentes.
Y aun si muchos productos de esa industria fueran útiles: ¿qué haremos cuando la disyuntiva sea persistir en el modelo de consumo suntuario para una parte de la humanidad o salvar a la entera humanidad de un entorno catastrófico? ¿Qué pasará si nos toca escoger entre que la élite mundial mantenga su modelo derrochador o que toda la humanidad, incluidos ellos, sobreviva?

·         William Ospina | Elespectador.com



Perecerás por tus virtudes (1)

Nunca hubo basuras en el mundo antes de la Revolución Industrial.
Por: William Ospina
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Las cáscaras de frutas, los desechos orgánicos, los trozos de madera y cristal, las limaduras de la piedra, los cadáveres de aves y de hombres, todas esas cosas saben volver al ciclo de la naturaleza. En la segunda mitad del siglo XIX, Walt Whitman celebró, en su admirable poema “Este estiércol”, la capacidad de la tierra de recibir miasmas y descomposiciones, y convertirlas de nuevo en frutas y en flores.
Pero justo en los tiempos en que Whitman entonaba ese salmo entusiasta a la capacidad de la naturaleza de recoger y renovar la materia viviente, había comenzado ya la época más peligrosa que la humanidad haya vivido: la era industrial, cuya principal característica es la de producir cosas que no vuelven al ciclo de la naturaleza.
Así como hubo una edad de Piedra, una edad de Bronce, una edad de Oro o una edad de Papel, como lo propuso Stanislas Lem en su libro Ciberiada, podríamos decir que ahora, por primera vez en la historia, y de una manera creciente, vivimos en una edad de Basura.
Los plásticos, las sustancias químicas derivadas de la industria, las emisiones masivas de gases tóxicos y de gases de efecto invernadero, los desechos industriales de detergentes y materias no biodegradables, no se reintegran o tardan mucho tiempo en descomponerse y volver a los ciclos de la vida.
París olía mal en la Edad Media, en las ciudades de Italia llovían a las calles líquidos pestilentes, en todas partes se quemaban maderas y carbones, pero nunca esas intervenciones humanas tuvieron la magnitud y la capacidad de alterar el entorno, de modificar seriamente el equilibrio terrestre.
El más grande peligro lo representaron los volcanes, como el Krakatoa, que a finales del siglo XIX arrojó 20 kilómetros cúbicos de vapores que lograron modificar el clima de algunas regiones, o como el terrible monte Tambora, que en 1815 arrojó 180 kilómetros cúbicos de azufre, cenizas y cristales al aire planetario, una nube que ennegreció el cielo sobre Indochina y Australia, y que al extenderse por el hemisferio norte impidió la llegada del siguiente verano.
Pero esos inviernos volcánicos eran poca cosa al lado de los inviernos y veranos que nos esperan, si algo más peligroso que los volcanes, la incesante labor de la industria, termina de alterar irreparablemente el clima del planeta. No se trata de pesimismo, ni de una alarma apocalíptica, como les gusta exclamar a los irresponsables; se trata de un peligro inminente, y los verdaderos optimistas somos los que todavía creemos que es posible detener esta carrera de estupidez y de sinrazón disfrazada de progreso y de racionalidad.
Hace 20 años publiqué un libro: Es tarde para el hombre, hecho más de intuiciones y presentimientos que de pruebas estadísticas, señalando cómo la sociedad del lucro, una noción equivocada del progreso, la transformación de todas las cosas en mercancías, el auge de la publicidad vendiendo un absurdo e inalcanzable modelo de derroche y opulencia, el crecimiento de las ciudades y la proliferación de basura industrial nos enfrentan al riesgo del fracaso de nuestro modelo de vida.
Ahora un documental que todos deberíamos ver: Home, filmado en 50 países, que ya ha sido visto por 500 millones de personas en todo el mundo y que ha sido traducido a 40 idiomas y difundido en más de 130 países, convierte en evidencias dramáticas esas cosas que yo advertía, y abunda en los datos estadísticos que entonces no podía dar a los diligentes contradictores que salieron a refutar, mes tras mes, durante varios años, los temores y las advertencias que había formulado en mi libro.
¿Es verdad que vivimos en un planeta en peligro? ¿Es verdad que se está derritiendo aceleradamente el hielo del Ártico? ¿Es verdad que se está calentando de un modo amenazante la atmósfera? ¿Es verdad que el derretimiento del permafrost de Siberia podría dejar escapar enormes depósitos de metano que desencadenarían procesos de calentamiento aún más severos? ¿Es verdad que estamos a las puertas de una escasez de agua de proporciones dramáticas? ¿Es verdad que los lechos de los océanos empiezan a estar saturados de desechos industriales? ¿Puede de verdad una sola especie producir efectos tan vastos sobre un planeta tan inmenso y alterar de un modo peligroso los equilibrios que hacen posible la vida?
De algún modo relieva la importancia de nuestra especie el que sea capaz de producir un desequilibrio a niveles cósmicos. Más aún si se advierte que lo que causa estas conmociones no es nuestra ignorancia sino nuestro conocimiento, no es ni mucho menos nuestra inactividad sino nuestra industria. Holderlin dijo que estamos llenos de méritos, pero que el ser humano no habita el mundo por sus méritos sino por la poesía. Y fue Nietzsche quien dijo que estamos llenos de virtudes, pero que pereceremos a causa de ellas.
Con cuánta alegría recibió la humanidad hace dos siglos las promesas del progreso, los halagos del confort, las bengalas de la sociedad del bienestar. ¿A quién no le gustó que tuviéramos limpias las casas, sin malezas los prados, sin plagas los campos, libres de pestes los cultivos, provistos los hogares de desinfectantes, de desmanchadores y de ambientadores?
El mundo se fue llenando de agroquímicos, de pesticidas, de perfumes sintéticos, de jabones, de detergentes, de plásticos, de máquinas, de artefactos tecnológicos, y la supremacía humana demostró que habíamos llevado nuestra ambición prometeica hasta casi conquistar poderes divinos.
Ahora todas esas cosas empiezan a volverse contra nosotros.

* William Ospina


jueves, 5 de febrero de 2015

La industria farmacéutica: "sin lucro no hay investigación"

Gilles Godinat · · · · ·



Ante el actual desastre sanitario causado por bacterias resistentes a los antibióticos, un primer informe de la OMS denunció en abril de 2014 la grave amenaza global. En Suiza, en diciembre de 2014, el Departamento Federal del Interior ha puesto en marcha una estrategia nacional para reducir la resistencia a los antibióticos. En el Sur, la India paga un precio muy alto por la negligencia de la industria farmacéutica, la falta de medidas básicas sanitarias y al daño provocado por una distribución sin control de antibióticos en la agroindustria.
Tras el descubrimiento de la penicilina en 1928 por A. Fleming, este ya se advirtió en 1945 del peligro de la resistencia bacteriana a esta medicina si se utilizaba ampliamente. Sin embargo, la terapia con antibióticos se ha extendido sin control en el campo de la medicina, con demasiadas prescripciones inadecuadas y un exceso de consumo en los países desarrollados (hay que recordar que en 1995, tres cuartas partes de la población mundial no tenían acceso que al 20% del mercado de antibióticos). Y, sobre todo, en el sector veterinario: más de la mitad de la producción mundial de antibióticos son administrados a los animales, sobre todo en la agroindustria. Por lo tanto, en todo el planeta, el agua dulce y los suelos se van contaminando gradualmente de residuos de antibióticos, lo que en gran medida contribuye al fenómeno de la resistencia a los antibióticos de las comunidades bacterianas por mutaciones genéticas.
En los años 80, los médicos han dado la voz de alarma ante este nuevo problema de salud pública en relación con las dificultades surgidas en los hospitales mismos, debido al crecimiento de las infecciones nosocomiales (enfermedades causadas por bacterias resistentes presentes en los centros sanitarios).
Los criterios de rentabilidad socavan la investigación de nuevos antibióticos
La industria farmacéutica ha disfrutado de una renta monopolista desde hace casi medio siglo, dejando gradualmente de invertir en la investigación de nuevas moléculas por razones económicas: para evaluar la calidad de una inversión, la industria farmacéutica utiliza  el Índice de valor actual neto (valor actual neto ajustado por riesgo / NPV) es decir, el valor de las ventas en relación con los costes de investigación y producción (G. Caronte, Canadá, 2004). Pero el mercado mundial de antibióticos (aprox. 30 mil millones / año) es menos rentable que los medicamentos para el tratamiento de las enfermedades crónicas, que tienen un NPV de tres a diez veces más jugoso, ¿por qué las grandes empresas farmacéuticas como Eli Lilly y Bristol-Myers-Squibb han detenido la investigación y el desarrollo de nuevas moléculas antimicrobianas a partir de 2001?. Esta falta de interés ha confirmado en los últimos quince años, el estancamiento de medios terapéuticos: durante casi cincuenta años, sólo ha habido pequeñas modificaciones exclusivamente en dos conjuntos de moléculas. Por lo tanto, la investigación en esta área está en un callejón sin salida.
Las bacterias resistentes se convierten en una amenaza mundial
La OMS nos recuerda que las enfermedades infecciosas son la segunda causa de muerte en el mundo, y la resistencia a los antibióticos una de las tres principales amenazas contra la salud. Un reciente artículo del New York Times (12/3/14) informaba del desastre sanitario en la India, consecuencia, entre otras razones, de la reducción de la eficiencia de los antibióticos, debido al creciente número de bacterias resistentes. De las 800.000 muertes anuales de recién nacidos, casi 60.000 son a causa de la resistencia a los antibióticos, y esta proporción sigue en aumento, según el Dr. P. Vinod, jefe de pediatría del Instituto Indio de Ciencias Médicas. El Dra. N. Kler, jefe de neonatología del Sir Ganga Ran hospital en Nueva Delhi, dice que "el 100% de los bebés que nos son enviados tienen infecciones resistentes a múltiples fármacos." Para el Dr. TR Walsch, profesor de microbiología en la Universidad de Cardiff: "La resistencia a los antibióticos es un tsunami", debido a "la terrible falta de instalaciones sanitarias, la sobrecarga y la falta de vigilancia en el uso incontrolado antibióticos". De hecho, más del 40% de los pollos consumidos en la India contienen residuos de antibióticos. En estudios recientes, el desastre se confirma: el 70% de las infecciones en los recién nacidos son resistentes a los antibióticos.
En el Norte, el fenómeno también está tomando formas alarmantes: en los EE.UU., el Centro de Prevención y Control de Enfermedades estima que en 2013 más de 2 millones de personas con infecciones tenían bacterias resistentes a los antibióticos. En Suiza, 70.000 personas están en la misma situación y 2.000 mueren cada año. En Europa, se registran 25.000 muertes al año por esta causa.
Una recuperación de la investigación farmacéutica privada con fondos públicos
Ante la proliferación de bacterias resistentes, según las más diversas asociaciones médicas, toda la medicina moderna, incluida la cirugía, se ve amenazada por la falta de antibióticos eficaces. En 2005, la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas publicó un libro blanco pidiendo una serie de medidas para impulsar la investigación de nuevos antibióticos, especialmente incentivos financieros. Solo se ha retenido la medida que más favorece a las farmacéuticas: extender la vida de las patentes para impedir la entrada de genéricos en el mercado. El argumento tiene dos debilidades: los antibióticos genéricos reducen el coste en el mercado e incluso disminuyen la rentabilidad de la industria farmacéutica a la hora de financiar la investigación; en segundo lugar, estos genérico ayudan a generalizar su utilización, cuando, por el contrario, se debería limitar.
A nivel europeo, el programa DRIVE-AB, financiado con 9,4 millones de euros por la Iniciativa Europea de Medicamentos Innovadores (IMI) reúne a un consorcio de socios públicos y privados, pilotado por la Universidad de Ginebra. Establecido en 2008, la IMI es la mayor asociación público-privada (PPP) en el mundo dedicada a las ciencias de la vida, con un presupuesto de 3,3 millones de dólares para el período 2014-2024. De acuerdo con el comunicado de prensa de 27/10/14, el programa tiene como objetivo "la definición de normas para el uso responsable de los antibióticos y experimentar nuevos modelos de negocios para promover la investigación y el desarrollo de nuevos fármacos activos contra las bacterias resistentes".
Investigar y producir medicamentos bajo control público
Los escándalos repetidos de las grandes farmacéuticas en los últimos años, estén relacionados con actividades económicas irregulares o incluso políticas de precios fraudulentas o anti-sociales (por ejemplo, las batallas en el Tercer Mundo para el acceso a los genéricos) o a la subordinación de la investigación y desarrollo de medicamentos al único criterio del beneficio económico a expensas de la medicación y tratamiento urgente que la gran mayoría de los seres humanos necesitan, sobre todo en los sectores de población menos favorecidos, tanto en el Sur como en el Norte, justifican la exigencia de un sector público en esta área prioritaria. Sólo así se superará la lógica mortífera del beneficio privado como único criterio para el mantenimiento y desarrollo de un bien común: nuestra salud.
Gilles Godinat es médico psiquiatra y psicoterapeuta en Ginebra y activista social por la medicina pública.
Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

viernes, 30 de enero de 2015

Minminas: se acata pero no se cumple

Uno de los primeros aciertos del gobierno Santos fue revocar la fusión de ministerios dispares en la era Uribe, incluyendo los de Ambiente y Vivienda. Pero una norma reciente confirma que el Ministerio de Ambiente está siendo absorbido de nuevo, esta vez por el de Minas.
Por: César Rodríguez Garavito
Me refiero al decreto 2691, expedido sigilosamente en la víspera de navidad. El decreto hace todo lo contrario a lo que dice proponerse. Con el pretexto de cumplir un fallo de la Corte Constitucional (C-123/14) —que ordenaba al Gobierno lograr acuerdos con las autoridades locales antes de aprobar proyectos mineros que afecten el ambiente, el agua o la salud en los municipios—, el decreto les hace una gambeta a la Corte, los alcaldes y los concejos, al darles plena discreción al Minminas y a la Agencia Nacional de Minería en este tipo de determinaciones. Y deja al Minambiente como simple ejecutor de la decisión, reiterando que, a falta de fusión formal, esta cartera se ha convertido en un apéndice de la de Minas.
El primer salto de su gimnasia jurídica es dictar que los concejos municipales sólo pueden “solicitar” medidas a Minminas, que puede o no aceptarlas, aun cuando sean necesarias para proteger el ambiente, el agua o la salud. Lo cual contraría la orden de la Corte de darles a las autoridades locales participación “activa y eficaz” en estas decisiones, como lo exigen las normas constitucionales sobre la autonomía territorial y la competencia de los municipios para regular el uso del suelo. Olvidada queda también una decisión reciente del Consejo de Estado, que suspendió otro decreto del Gobierno (el 934 de 2013), justamente por haber limitado indebidamente la facultad de los municipios de restringir, incluso excluir, la minería de sus territorios.
El resto del decreto está diseñado para hacer imposible que los municipios puedan presentar siquiera esas tímidas solicitudes. Les exige que realicen y financien los estudios que deben respaldar sus peticiones. Si el Minambiente no tiene la información ni la capacidad para hacer los complejos estudios geológicos, hidrológicos, de salud pública, etc., que son necesarios para precisar los impactos de una mina de oro o carbón, ¿cómo se espera que los tengan los municipios? Si esto no fuera obstáculo suficiente, impone un tiempo récord de tres meses para someter y sustentar las solicitudes. Con lo que, de paso, el 23 de marzo (a tres meses de la expedición del decreto) quedarían blindadas todas las concesiones mineras en trámite.
Si quedara alguna duda sobre quién manda y cuáles son las prioridades, los artículos finales del decreto las despejan. El Minminas puede rechazar las solicitudes alegando asuntos formales, o denegarlas invocando “el fortalecimiento económico y social del país” o el “aprovechamiento eficiente” de los recursos naturales, sin la inconveniente participación de un Minambiente autónomo.
“Se acata pero no se cumple” era el dicho colonial que describía este tipo de burla al derecho so pretexto de obedecerlo. Dudo que los municipios, las cortes y la ciudadanía la dejan pasar.

·         César Rodríguez Garavito **Miembro fundador de Dejusticia. @CesaRodriGaravi / | Elespectador.com


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domingo, 25 de enero de 2015

Peligro de extinción masiva en los océanos

CARL ZIMMER
Jueves 22 de enero de 2015
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Un equipo de científicos que ha realizado un novedoso análisis de datos procedentes de centenares de fuentes ha concluido que los humanos están a punto de provocar un destrozo sin precedentes en los océanos y la fauna que vive en ellos.
“Tal vez estemos sentados al borde del abismo de una gran extinción”, ha declarado Douglas J. McCauley, ecólogo de la Universidad de California en Santa Barbara y uno de los autores del nuevo estudio, publicado este jueves en la revista Science. Ahora bien, McCauley y sus colegas también han concluido que todavía estamos a tiempo de evitar la catástrofe. A diferencia de los continentes, los océanos permanecen en gran parte intactos y siguen hallándose en un estado suficientemente salvaje como para recuperar la salud ecológica. “Estamos contentos desde muchos puntos de vista”, afirma Malin L. Pinsky, biólogo marino de la Universidad Rutgers y también coautor del informe. “ Los impactos se aceleran, pero no son tan malos que no podamos revertirlos.”
Las evaluaciones científicas del estado de salud de los océanos rayan en la incertidumbre: es mucho más difícil para los investigadores juzgar el bienestar de especies que viven debajo del agua en extensiones de miles de kilómetros que examinar la salud de especies terrestres. Además, los cambios que pueden observar los científicos en determinados ecosistemas oceánicos no reflejan necesariamente la tendencia imperante a escala del planeta. Pinsky, McCauley y sus colegas buscaron una manera de aclarar el estado de los océanos juntando los datos de toda una gama de fuentes, desde los descubrimientos en el registro fósil hasta las estadísticas sobre el moderno tráfico naval de buques contenedores, las capturas de peces y la minería en el fondo marino. Aunque muchos de los hallazgos ya se conocían, nunca se habían combinado de esta manera. Diversos expertos han declarado que el resultado constituye una síntesis notable que permite un pronóstico matizado y esperanzador.
“Yo lo veo como un llamamiento a actuar para reducir el desfase entre la conservación en tierra y en el mar”, ha declarado Loren McClenachan, del Colby College, quien no ha participado en el estudio. En opinión de los científicos, ya hay indicios claros de que los humanos están menoscabando los océanos de modo significativo. Sin duda, algunas especies oceánicas sufren un exceso de capturas, pero son todavía mayores los daños causados por la pérdida de vastos hábitats, pérdida que probablemente se acelerará en la medida en que la tecnología incremente la huella ecológica humana, afirman los científicos. Los arrecifes coralinos, por ejemplo, se han mermado un 40 %, en parte debido al calentamiento provocado por el cambio climático.
Algunas especies de peces ya están migrando a aguas más frías. La cabrilla negra, antaño muy común en las costas de Virginia, se ha desplazado hacia Nueva Jersey. Otras especies menos afortunadas pueden no encontrar nuevos hábitats. Al mismo tiempo, las emisiones de anhídrido carbónico alteran la química del agua marina, haciendo que sea más ácida. “Si aumentas la temperatura del agua de tu acuario y viertes en ella un poco de ácido, tus peces no estarán muy contentos”, dice Pinsky. “ Y eso es lo que estamos haciendo en los océanos.”
Ecosistemas frágiles como los manglares están siendo sustituidos por piscifactorías, que según las previsiones producirán de aquí a 20 años la mayor parte del pescado que consumimos. Los pesqueros de arrastre que barren con sus grandes redes el fondo marino ya han dañado casi 52 millones de kilómetros cuadrados de suelo oceánico, reduciendo a escombros una parte de la plataforma continental. El estudio señala que la caza de ballenas a gran escala está prohibida, pero estos animales colisionan ahora más a menudo con buques a medida que aumenta el tráfico naval. Las explotaciones mineras también comportarán una alteración de los océanos. Las licencias concedidas ya abarcan alrededor de 1,2 millones de kilómetros cuadrados de suelo submarino, según revela el estudio, cuando en el año 2000 todavía no se había concedido ninguna. La minería submarina es capaz de destruir ecosistemas únicos y contaminar las aguas profundas.
Los océanos son tan vastos que puede parecer que sus ecosistemas son refractarios al cambio. Sin embargo, McClenachan advierte que el registro fósil demuestra que en el pasado ya se han visto devastados por catástrofes globales. “Las especies marinas no son inmunes a la extinción masiva”, señala. Según el estudio, los mares se han salvado en gran medida, hasta ahora, de la masacre que han experimentado numerosas especies terrestres. El registro fósil indica que una serie de especies animales de gran tamaño se extinguieron cuando llegaron los humanos a los continentes y las islas. Por ejemplo, los moas, unas aves gigantes que habitaron una vez en Nueva Zelanda, desaparecieron tras la llegada de los polinesios en el siglo xiv, probablemente en el transcurso de un siglo.
No obstante, no fue hasta después de 1800 que, con la revolución industrial, se aceleraron realmente las extinciones en tierra firme. Los humanos empezaron a alterar el hábitat del que dependían los animales salvajes, segando los bosques para obtener madera, arando los prados para cultivar vegetales y tendiendo carreteras y vías ferroviarias a lo largo y ancho de los continentes. Las especies comenzaron a extinguirse a un ritmo mucho más rápido. A lo largo de los últimos cinco siglos, los científicos han registrado 514 extinciones de especies de animales terrestres. En cambio, los autores del nuevo estudio han observado que en los océanos las extinciones documentadas son mucho menos frecuentes. Se sabe que antes de 1500 desaparecieron unas pocas especies de aves marinas, y desde entonces los científicos solo han documentado 15 extinciones en los océanos, entre ellas las de animales como la foca monje del Caribe y la vaca marina de Steller.
Aunque es probable que estas cifras sean fruto de una subestimación, McCauley afirma que la diferencia, de todos modos, es reveladora. “ Somos fundamentalmente predadores terrestres”, explica. “A un mono no le resulta fácil provocar la extinción de algo que vive en el mar.” Muchas especies marinas que se han extinguido o están amenazadas de extinción dependen de la tierra firme, como las aves marinas que anidan en arrecifes, por ejemplo, o las tortugas marinas que ponen huevos en las playas. De todos modos, los humanos todavía están a tiempo para detener el peligro, cree McCauley, concretamente con programas que limiten la explotación de los océanos. Según dice, puede que no se pueda rescatar al tigre en la selva, pero seguro que sí al tiburón tigre. “Hay un montón de instrumentos que podemos utilizar”, señala. “ Haríamos bien en aprovecharlos y utilizarlos como es debido.”
McCauley y sus colegas alegan que si se limita la industrialización de los océanos a algunas regiones, es posible que las especies amenazadas puedan recuperarse en otras. “Creo sinceramente que el mejor colaborador para salvar el océano es el propio océano”, ha afirmado Stephen R. Palumbi, de la Universidad de Stanford, uno de los coautores del nuevo estudio. Los científicos también indican que estas reservas deberían escogerse teniendo en cuenta el cambio climático, de modo que puedan encontrar refugio las especies que huyen de las altas temperaturas o de la alcalinidad del agua. “ Se trata de crear una sucesión de zonas intactas a lo largo de las costas para que estas especies puedan adaptarse”, insiste Pinsky.
Al fin y al cabo, advierte Palumbi, al frenar las extinciones en los océanos también se reducirán las emisiones de anhídrido carbónico, en vez de adaptarse simplemente a las mismas. “ Si para finales de este siglo no hemos abandonado el rumbo que estamos siguiendo ahora, creo sinceramente que no hay mucha esperanza para los ecosistemas normales del océano. Mientras, tenemos la oportunidad de hacer lo que podamos. Tenemos un par de décadas más de lo que pensábamos, así que, por favor, no perdamos el tiempo .”
15/01/2014
http://www.nytimes.com/2015/01/16/science/earth/study-raises-alarm-for-health-of-ocean-life.html?_r=1
Traducción: VIENTO SUR

viernes, 16 de enero de 2015

Declaración Ecosocialista de Lima

¡Nuestras  vidas valen más que sus ganancias!
Declaración de la Red Ecosocialista Internacional frente a la COP-20 en Lima Perú (diciembre 2014)
La inminente crisis climática que enfrentamos en la actualidad amenaza gravemente la preservación de la vida en el planeta. Diversos trabajos académicos y políticos han confirmado la fragilidad térmica de la vida en el planeta, unos cuantos grados pueden ocasionar-y están ocasionando- una catástrofe ecológica de incalculables consecuencias. Actualmente experimentamos graves efectos de esta situación. El deshielo, la contaminación de la atmósfera, la elevación en el nivel del mar, la desertificación y la creciente intensidad en fenómenos meteorológicos son prueba de ello.
Desde este punto resulta fundamental preguntarnos quién o qué ocasiona que el cambio climático siga su curso. Para nosotros existe una necesidad urgente: desenmascarar las respuestas abstractas que intentan culpabilizar al ser humano genéricamente. Desligando así la situación actual de la dinámica histórica que emergió con la industrialización, basada en energías fósiles (carbón, petróleo, gas) que propician el calentamiento global, y de la lógica del capitalismo sustentada en la apropiación privada de la riqueza, en la conquista de la ganancia a costa de explotación social y devastación ecológica: dos caras de un mismo sistema que es responsable del desastre climático.
Frente a este panorama las Conferencias de las Partes (COP), organizadas por diversos estados y auspiciadas por grandes empresas confirman la responsabilidad del capitalismo ante la crisis climática, llevando adelante eventos vacíos sin resoluciones efectivas capaces de solucionar el problema. Incluso es posible verificar un retroceso expresado en los ridículos “bonos verdes” que lucran abiertamente con la contaminación. Una dinámica que lamentablemente se profundiza mediante la actitud que múltiples gobiernos sostienen, facilitando la contaminación y colocando por encima del bienestar de las personas las ganancias de las grandes empresas. Eso puede admirarse con mayor contundencia en los países del Sur, pues resulta fundamental comprender que la dinámica del sistema tiende a descargar la crisis ecológica global sobre los hombros de los oprimidos y explotados del mundo.
Es vital destacar la importancia de diversas luchas socio-ambientales que en todo el mundo se han propuesto frenar el cambio climático y la crisis ecológica desde la lógica de la solidaridad. Vale la pena agregar que muchos de estos procesos son impulsados y dirigidos por mujeres. Sin duda, América Latina es un escenario ejemplar que mezcla resistencia, autogestión y procesos de transformación fundamentados en proyectos capaces de ligar nuevos planteamientos con cosmovisiones ancestrales. Un ejemplo puede encontrarse en las valiosas luchas de los indígenas y campesinos del Perú y, de manera particular, en la resistencia emprendida en contra del proyecto de mega minería Conga. En este mismo sentido es útil poner atención a la experiencia del Parque Yasuni que fue una iniciativa de los movimientos indígenas y ecológicos para no explotar el petróleo en una amplia región de bosques amazónicos, a cambio de una indemnización de los países ricos al pueblo de Ecuador. El gobierno de Rafael Correa asumió la propuesta por varios años,  pero recientemente decidió abrir el Parque a las multinacionales petroleras, ocasionando importantes protestas. Otro caso puede encontrarse en los proyectos que actualmente pretende implementar el gobierno brasileño y que implicarían la destrucción de buena parte de la amazonia.
Desde esta perspectiva hay muy poço que esperar de la COP 20 que se realizará en el mes de diciembre en la ciudad de Lima en Perú. Si existe una salida definitiva al cambio climático y a la crisis ecológica global ésta deberá emerger desde los esfuerzos de lucha y organización de los oprimidos y explotados del mundo, comprendiendo que la lucha por un mundo sin devastación ecológica debe conectarse con la lucha por una sociedad sin opresión ni explotación. Un cambio que debe emprenderse desde ahora ligando las luchas particulares, los esfuerzos cotidianos, los procesos de autogestión y los intentos de reforma para frenar la crisis con una mirada centrada en un cambio de civilización capaz de conquistar una nueva sociedad en armonía con la naturaleza. En ello reposa el planteamiento central del proyecto ecosocialista como alternativa a la catástrofe ecológica actual.
¡Cambiemos el sistema, no el clima !
Argentina: Manuel Ludueña, Paulo Bergel.
Bélgica: Christine Vanden Daelen.
Brasil: Joao Aflredo Telles Melo, José Corrêa.
Canadá: Jonatas Durand Folco (Quebec), Terisa Turner.
Estado Español: Esther Vivas (Cataluña), Jaime Pastor, Justa Montero Mariano Alfonso, Manuel Gari. Jorge Riechmann, Joaquin Vega
Estados Unidos: Ariel Salleh, Capitalism, Nature and Socialism (Revue, USA), Joel Kovel, Jorge Riechmann, Leigh Brownhill, Qunicy Saul , Salvatore Engel Di Mauro, Terran Giacomini.
Francia: Christine Poupin, Dominique Cellier, Henrique Davi, Mathieu Agostini,  Michel Bello,  Michael Löwy,  Vincent Gay. Sophie Ozanne
Grecia: Yorgos Mitralias.
México: Andrés Lund, Samuel González Contreras. José Efraín Cruz Marín
Noruega: Anders Ekeland.
Perú: Hugo Blanco.
País Vasco: Iñigo Antepara, Josu Egireun,  Mikel Casado, Sindicato ELA. Ainhara Plazaola.
Suiza: Juan Tortosa, Mirko Locatelli. Anna Spillmann, Félix Dalang.

Fuente: http://puntodevistainternacional.org/articulos-y-noticias/ecologismo/351-declaracion-ecosocialista-de-lima.html