Lunes 14 de julio de 2014, por Mar
Ester Vivas | Público
La agricultura ecológica ha despertado
en los últimos tiempos las más variadas iras, siendo objeto de todo tipo de
calumnias. Su éxito y múltiples apoyos han sido proporcionales a las críticas
recibidas. Sin embargo, ¿quién tiene miedo de la agricultura ecológica? ¿Por
qué tanto esfuerzo en desautorizarla?
Todas estas preguntas fueron formuladas
en un artículo anterior, donde analizábamos las mentiras detrás de afirmaciones
como “la agricultura ecológica no es más sana ni mejor para el medio ambiente
que la agricultura industrial y transgénica”. Hoy, abordaremos otras en
relación a su eficiencia, el precio y la falsa alternativa que significa una
“agricultura ecológica” al servicio de las grandes empresas. Como decíamos
entonces: ante la calumnia, datos e información.
De la eficiencia y el
precio
“La agricultura ecológica es poco
eficiente y cara”, dicen sus detractores. Quienes realizan esta afirmación
olvidan que es precisamente el actual modelo de agricultura industrial el que
desperdicia anualmente un tercio de los alimentos que se producen para consumo
humano a escala mundial, unos 1.300 millones de toneladas de comida, según
datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO). Se trata de una agricultura de “usar y tirar”. En
consecuencia, ¿quién es aquí el ineficiente? Aunque, más allá de estas cifras,
es obvio que el actual modelo de agricultura industrial, intensiva y
transgénica no satisface las necesidades alimentarias básicas de las personas.
El hambre, en un mundo donde se produce más comida que nunca, es el mejor
ejemplo, tanto en los países del Sur como aquí.
Por su parte, la agricultura ecológica y
de proximidad se ha demostrado que garantiza mejor la seguridad alimentaria de
las personas que la agricultura industrial y permite una mayor producción de
comida especialmente en entornos desfavorables, en palabras del relator
especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación Olivier de
Schutter, apoyándose en su informe La agroecología y el derecho a la
alimentación. A partir de los datos expuestos en este trabajo, la reconversión
de tierras en países del Sur a cultivo ecológico aumentaba su productividad
hasta un 79%. En África, en particular, la reconversión permitía un aumento del
116% de las cosechas. Las cifras hablan por sí solas.
Si hablamos del precio, y sobre todo lo
comparamos con la calidad, una vez más la agricultura ecológica sale en mejor
posición. Tal vez no lo parezca a primera vista, porque hay un discurso único
que se repite y se repite y se repite, que nos dice que lo ecológico es siempre
más caro. Sin embargo, no es así. A menudo depende de dónde y qué compremos. No
es lo mismo comprar en un supermercado ecológico o en una tienda gourmet que
comprar directamente al campesino, en el mercado o a través de un grupo o
cooperativa de consumo agroecológico. En los primeros, los precios acostumbran
a ser mucho más caros que en los segundos, donde su coste puede ser igual o
incluso inferior que en el comercio tradicional por un producto de la misma
calidad.
Aparte, nos tendríamos que preguntar
cómo puede ser que determinados productos o alimentos en el supermercado sean
tan baratos. ¿Estamos pagando su precio real? ¿Cuál es su calidad? ¿En qué
condiciones han sido elaborados? ¿Cuántos kilómetros han recorrido del campo a
la mesa? A menudo, un precio muy bajo esconde una serie de costes invisibles:
condiciones laborales precarias en origen y destino, mala calidad del producto,
impacto medioambiental, etc. Se trata de una serie de gastos ocultos que
acabamos socializando entre todos, porque si la comida recorre largas
distancias y agudiza el cambio climático, con la emisión de gases de efecto
invernadero, ¿esto quién lo paga? Si comemos alimentos de baja calidad que
tienen un impacto negativo en nuestra salud, ¿quién lo costea? En definitiva, como
dice el refrán: “pan para hoy y hambre para mañana”.
Y no sólo eso, ¿cuándo entramos en el
súper, qué compramos? Se calcula que entre un 25% y un 55% de la compra en el
supermercado es compulsiva, fruto de estímulos externos que nos instan a
comprar al margen de cualquier raciocinio. ¿Cuántas veces hemos ido al
supermercado a comprar cuatro cosas y hemos salido con el carrito a reventar?
El supermercado es una máquina de vender, no nos quepa la menor duda, uno de
los espacios más estudiados de nuestra vida cotidiana, para que nuestra compra
nunca quede al azar.
Otra afirmación mil veces repetida es la
que dice que “la agricultura ecológica es sólo para ricos”, o si quien habla
busca el insulto, algo frecuente entre el sector “antiecológico”, nos dirá que
“la agricultura ecológica es sólo para pijos”. Ya sea en un caso como en otro,
quienes afirman dichas palabras, les bien aseguro, que nunca han puesto un pie
en un grupo o cooperativa de consumo agroecológico porque sus miembros, en
general, pueden ser calificados con mucho adjetivos, pero de “ricos” y “pijos”
tienen más bien poco. Se trata de personas que apuestan por otro modelo de
agricultura y alimentación, a partir de informarse, tomar conciencia, buscar
datos contrastados sobre los impactos de aquello que comemos en nuestra salud,
en el medio ambiente, entre el campesinado. En esta vida nos “instruyen” para
pensar que “gastamos” dinero en comida, pero ¿se trata de “gastar” o
“invertir”? La educación es clave. De aquí que sea fundamental hacer llegar los
principios, y las verdades, de la agricultura ecológica al conjunto de la
población. Comer bien, y tener derecho a comer bien, es cosa de todos.
Una “agricultura
ecológica” al servicio del capital
“La agricultura ecológica no tiene fines
sociales y agudiza la huella de carbono”, dicen sus detractores. Aquí la
pregunta clave es: ¿de qué agricultura ecológica estamos hablando? Como
decíamos en el artículo anterior, una de las amenazas a la agricultura
ecológica es precisamente su cooptación, la asimilación de su práctica por
parte de la industria agroalimentaria. Y es que cada vez son más las grandes
empresas del agribusiness y los supermercados que apuestan por este modelo de
agricultura libre de pesticidas y aditivos químicos de síntesis, pero
vaciándola de cualquier atisbo de cambio social. Su objetivo es claro:
neutralizar la propuesta. Se trata de una “agricultura ecológica” al servicio
del capital, con alimentos kilométricos, escasos derechos laborales en la
producción y la comercialización. Ésta no es la alternativa de quienes
apostamos por un cambio en el modelo agroalimentario. La agricultura ecológica,
a mi entender, sólo tiene sentido desde una perspectiva social, local y
campesina, como han defendido siempre la mayoría de sus impulsores.
Por otro lado, me sorprende que los
detractores de la agricultura ecológica se preocupen tanto por la huella de
carbono y el impacto de los gases de efecto invernadero en el medio ambiente,
cuando su apuesta por una agricultura industrial es precisamente una de las principales
responsables de los mismos. Según el informe Alimentos y cambio climático: el
eslabón olvidado de GRAIN, entre el 44% y el 55% de los gases de efecto
invernadero son provocados justamente por el conjunto del sistema
agroalimentario global, como consecuencia de sumar las emisiones provocadas por
el cambio en el uso del suelo y la deforestación; la producción agrícola; el
procesamiento, el transporte y el empaquetado de los alimentos; y los
desperdicios generados. Si a los críticos de la agroecología tanto les inquieta
el cambio climático, les sugeriría que apostaran por una agricultura ecológica,
local y campesina.
¿Quién impone qué?
“Nos imponen la agricultura ecológica.
Yo quiero comer transgénicos, y no me dejan”, dicen algunos, aunque parezca una
broma. Sin embargo, ¿quién impone qué? La agricultura industrial sí fue
resultado de una imposición, la de la Revolución Verde, promovida desde los
años 40, y en décadas posteriores, por gobiernos como el de Estados Unidos y
fundaciones como la Fundación Ford y Rockefeller, y que implicó la progresiva
sustitución de un modelo de agricultura tradicional, donde los campesinos
tenían la capacidad de decidir sobre qué y cómo conreaban a una agricultura
industrial adicta al petróleo y a los fitosanitarios, que llevó a la
privatización de los bienes comunes, y en particular de las semillas. Muchos
campesinos no tuvieron elección. Hoy, vemos las consecuencias de este modelo
agrario: hambre, descampesinización, patentes sobre las semillas, acaparamiento
de tierras, etc.
Aunque la principal imposición agraria
ha sido sin lugar a dudas la del cultivo transgénico, y la imposible
coexistencia entre agricultura trasgénica y agricultura convencional y
ecológica es el mejor ejemplo. Los cultivos transgénicos a través del aire y la
polinización contaminan a otros, así funciona lo que podríamos llamar “la
dictadura transgénica”. En Aragón y Catalunya, las zonas donde más se cultiva
transgénico, en concreto la variedad de maíz MON 810 de Monsanto, la producción
de maíz ecológico prácticamente ha desaparecido debido a los múltiples casos de
contaminaciones sufridas. Las evidencias son irrefutables, y quien diga la
contrario miente.
La enumeración de frases con el único
propósito de desautorizar la agricultura ecológica podría continuar. Son tantas
las falsedades vertidas que este artículo podría tener tres, cuatro y hasta
cinco partes, pero lo dejo aquí. Espero que las informaciones y los datos
aportados puedan ser de utilidad a aquellos que frente a verdades únicas se
preguntan y cuestionan la realidad que nos imponen.
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