domingo, 28 de junio de 2015

La carta de Bergoglio merece ser leída y discutida

Ernest García · · · · ·

28/06/15


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Combatir la pobreza en el mundo sin destruir el planeta. Desarrollo sostenible. Ecología y justicia. El Informe Brundtland, treinta años después y con acentos algo más vehementes. No hay duda: una tesis sobre medio ambiente salida de la pluma más autorizada de la Iglesia Católica es un acontecimiento

Combatir la pobreza en el mundo sin destruir el planeta. Desarrollo sostenible. Ecología y justicia. El Informe Brundtland, treinta años después y con acentos algo más vehementes. No hay duda: una tesis sobre medio ambiente salida de la pluma más autorizada de la Iglesia Católica es un acontecimiento. El texto, además, se añade sin ambages a la larga lista de voces de alarma que, desde hace décadas, advierten de que el impacto humano sobre el planeta es excesivo, lo que lo convierte en un acontecimiento notable. No dejará indiferente a nadie que se preocupe por la cuestión.

Intuyo que las repercusiones dentro del mundo católico van a ser importantes. Cañizares, actual arzobispo de Valencia, instructivo como casi siempre, se ha apresurado a afirmar que la proclama de su líder no justifica el ecologismo, sino que lo supera; y no se ha privado de añadir que el coche es tan ecológico como la bicicleta. ¡Laudato Si´ va a agitar las aguas de más de un pantano! 

Ése, sin embargo, no es mi asunto. Bergoglio plantea -uno de los aspectos altamente positivos de su encíclica- un diálogo con el mundo científico, con los movimientos ecologistas, con los gobiernos y los poderes políticos, con los creyentes de otras religiones, con las filosofías humanistas€ Y tras la lectura me ha quedado la impresión de que lo plantea como un diálogo auténtico y sincero, es decir, en plano de igualdad, fundado en el mutuo reconocimiento. Me parece una oferta que no debería desdeñarse. Manos a la obra, pues.

Hay muchos rasgos destacables en la encíclica papal. Por ejemplo, su buen asesoramiento científico y su acercamiento a las variantes más comprometidas socialmente del pensamiento ecologista. Estoy de acuerdo con muchas de las ideas que expone. Comentaré, sin embargo, un punto de desacuerdo: la población. No es un asunto menor o insignificante. El debate entre catolicismo y ecologismo no ha comenzado ayer, y éste ha sido desde hace tiempo el principal punto de fricción.


La gente preocupada por la crisis ecológica nunca ha reprochado especialmente a la Iglesia de Roma su compromiso con el capital, con el mercado o con el consumismo. Todo esto no tiene su origen en el catolicismo y los portavoces de éste siempre han expresado reservas al respecto. Sí ha sido motivo de confrontación, en cambio, su férrea oposición a muchas formas de control reproductivo, entre ellas bastantes de las que la mayoría de la gente considera perfectamente responsables. Y en esto la encíclica papal ha resultado enteramente previsible. 

No era de esperar una revisión fundamental de la doctrina de la iglesia católica sobre el crecimiento demográfico. Pero sí cabía esperar, al menos, que en un documento sobre ecología hubiese algunos matices que enriquecieran el debate, ya que ha sido hasta hoy el punto más polémico. Y nada de nada. La encíclica liquida el problema con un juicio de intenciones y una falacia lógica.

El juicio de intenciones es la afirmación de que quien propone reducir la natalidad pretende legitimar el modelo distributivo actual, perpetuando así la desigualdad y la injusticia. Se trata de una generalización arbitraria, que tiene numerosos contraejemplos. Por proximidad geográfica y cultural, mencionaré tan sólo a los anarquistas neomalthusianos de Cataluña y el País Valenciano de las primeras décadas del siglo XX, que fueron partidarios de la igualdad social y también precursores de la planificación familiar, el uso de anticonceptivos y la paternidad responsable (y, procede recordarlo aquí, fueron perseguidos por ello por los obispos de la época). Por decirlo con toda franqueza: no encuentro nada dialogante un argumento que, de tomarlo en serio, implicaría que Ferrer i Guàrdia fue un defensor de la explotación capitalista. ¿De verdad que no hay nada que matizar ahí?

La falacia lógica está contenida en la siguiente frase: "Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas" [50]. La respuesta correcta es que el dilema es falso y que ambas cosas han de tenerse en cuenta, no sólo una de ellas (esto, por cierto, es algo que los ecologistas han dicho con razón siempre). El crecimiento demográfico es la parte más primaria y elemental del crecimiento económico, así que si éste es problemático aquél también lo es. Siendo iguales el consumo y la tecnología, a más población, más impacto. 

Ya sé que el problema es tremendo en un mundo que va camino de los 9.000 millones de habitantes. Por todas partes se está entrando en situaciones que remiten a la ética del bote salvavidas. Se hacen visibles cada día en el estrecho de Gibraltar y en muchos otros puntos del planeta. Y además eso, trágico como es, es sólo la punta del iceberg. La negativa a aceptar que el crecimiento demográfico es una parte del problema no sólo quiebra el razonamiento lógico. Al final, cuestiona también la dignidad y la vida porque conduce a estados de cosas radicalmente intratables. La formulación rutinaria e inconsistente de este tema resta fuerza a un discurso que resulta en general honesto y convencido.

En términos de sociología ecológica, la argumentación de Bergoglio es más cercana al ecosocialismo que a otras propuestas, como la modernización ecológica o la ecología humana. En particular, es perceptible la influencia de algunas versiones latinoamericanas de ese punto de vista, con ecos del discurso comunitarista, del buen vivir, de la Carta de la Tierra€ No es sorprendente que los neoliberales norteamericanos hayan comenzado inmediatamente a minimizar la encíclica papal poniéndole la etiqueta de marxista. En realidad, no creo que se trate de marxismo, sino más bien de la elección de un interlocutor. De forma similar a cómo, en su tiempo, la doctrina social de la iglesia fue una respuesta al socialismo, no exenta de diálogo crítico con el mismo, se propone ahora una doctrina ecosocial de la iglesia, escogiendo como referente a la ecología social. Es una especie de aggiornamento, paralelo al que ya hace tiempo habían iniciado amplios sectores de la izquierda latinoamericana, buscando en la ecología elementos para refundar las convicciones emancipatorias socavadas por la caída del muro de Berlín. Digámoslo de otro modo: ya había algo de tono profético en aquello del ecologismo de los pobres.

Pensándolo bien, desde una perspectiva como la de esta encíclica, se trata de un interlocutor muy adecuado. O, por lo menos, de uno que no resulta en absoluto incoherente. En el universo de los discursos con conciencia ecológica, ésos son los que han alcanzado mayor difusión popular y los que se expresan con más calor emocional. Los más congruentes, a fin de cuentas, con las funciones de cohesión social que corresponden a la religión (con sus funciones compensatorias, que diría un marxista).

Sí resulta llamativo, en cambio, que la nueva doctrina ecosocial católica lance el diálogo haciendo suyos tantos temas de sus interlocutores. La carta papal no se ha dejado casi nada en el tintero. Decrecimiento selectivo, simplicidad voluntaria, mejor con menos, conversión espiritual anticonsumista, deuda ecológica, relocalización, reservas frente a los transgénicos€ Sólo le ha faltado el ecofeminismo (aunque tal vez eso, como en el tema de la población, habría sido pedir demasiado). Es una lástima porque, de haberlo incluido, Jorge Bergoglio habría sonado como un auténtico avatar de Vandana Shiva (una posibilidad que, lo confieso, me divierte y me intriga).

Laudato Si´ propone integrar todo eso bajo el manto de la espiritualidad franciscana. Por una parte, es algo obvio: hace mucho tiempo que Francisco de Asís ha sido reconocido como santo patrón de los ecologistas, con el consenso de muchos ateos. Por otra parte, se trata de un criterio potencialmente muy polémico. Sospecho que las derivaciones doctrinales van a ser especialmente relevantes en torno a este punto.

En 1967, en un artículo publicado en la revista Science, el historiador Lynn White escribió lo siguiente: "El mayor revolucionario espiritual de la historia de Occidente, San Francisco, propuso lo que pensó que era una visión cristiana alternativa de la naturaleza y de la relación del hombre con ella; intentó sustituir la idea del dominio ilimitado del hombre sobre la creación por la idea de la igualdad entre todas las criaturas, incluido el hombre. Fracasó. Tanto nuestra ciencia como nuestra tecnología actuales están tan impregnadas de ortodoxa arrogancia cristiana hacia la naturaleza que no puede esperarse ninguna solución para nuestra crisis ecológica que proceda sólo de ellas."

La referencia es oportuna porque a mi juicio remite a un importante tema filosófico que recorre muchas páginas de la encíclica. El tema es nada menos que el de las relaciones entre la ciencia y la religión. Y los términos del debate podrían esquematizarse de este modo: ¿Los peligros derivados de la ciencia y la tecnología se deben a que éstas son poco cristianas, como mantiene Bergoglio, o a que lo son mucho, como sostiene White? 

White, especialista en historia medieval, argumentaba que la ciencia y la tecnología modernas no pueden resolver por sí solas la crisis ecológica porque, precisamente, quedaron muy impregnadas desde su mismo origen por la visión de dominio absoluto sobre la naturaleza que difundió el cristianismo tras la derrota de los seguidores revolucionarios de Francisco de Asís. El texto de Bergoglio, por el contrario, bebe mucho de fuentes que atribuyen el origen del mal a factores presuntamente externos (la modernidad, el ansia de beneficio, la mentalidad consumista, el humanismo antropocéntrico€). Como si la Iglesia Católica no tuviese nada que ver con todo eso. O, más precisamente, como si todo eso la hubiese contaminado desde fuera sin llegar a afectar a su verdadera esencia.

No afirmo que sea White quien tiene razón. No lo sé. La pregunta desborda ampliamente mis escasos conocimientos. La planteo sólo porque hay tanta carga en este punto que no me parece que pueda despacharse con una corrección marginal, con un "es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras". O, dicho de otro modo: es posible que esta encíclica, tan fuerte en ecología, flojee algo en historia. Lo que sí me parece seguro, en cambio, es que marca una dirección que va a dar mucho trabajo a los especialistas.

El tema, insisto, me parece teóricamente importante. Podría decirse que en términos prácticos no debería serlo tanto (al menos para los no creyentes). Pero no está claro que sea así. La afirmación de que hacen falta una profunda espiritualidad y una conversión radical para hacer frente a la crisis ecológica no es ninguna novedad en la cultura ecologista. Lo dijeron Petra Kelly y Rudolf Bahro en los años ochenta del siglo pasado. Lo ha recordado en su último libro el economista Herman Daly. Lo reiteran hoy con mucha fuerza unos pocos filósofos merecedores de atención. La idea reclama un examen a fondo. Y la pregunta de si lo que esa conversión requiere del catolicismo es una renovación o una refundación no es una parte insignificante en tal examen.

¡Bienvenido, en cualquier caso, un diálogo propuesto de forma tan rica y compleja!

Ernest Garcia es profesor de sociología en la Universidad de Valencia

Cambio climático: el rugido de los pobres

Alejandro Nadal · · · · ·

28/06/15


La última reunión del G-7 terminó con una declaración sobre la necesidad de descarbonizar la economía global. La última encíclica papal Laudato Si’constituye un llamado de atención sobre la urgencia de afrontar el desafío del cambio climático. Lo anterior parecería anunciar una convergencia de fuerzas para que la próxima conferencia de las partes (COP21) de la Convención marco sobre cambio climático de Naciones Unidas desemboque en un nuevo tratado internacional capaz de reducir emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y garantizar la adaptación frente a los estragos del cambio climático.

La declaratoria de los países del G-7 tiene fuertes defectos y una virtud. Los participantes adoptaron el compromiso de reducir sus emisiones de GEI entre 40 y 70 por ciento para 2050 y de descarbonizar la economía global en el transcurso de este siglo. También acordaron mantener la meta de limitar el aumento en la temperatura global a un máximo de 2 grados centígrados respecto de los niveles anteriores a la revolución industrial. Ese aumento de temperatura es un umbral más allá del cual se podría pasar a los cambios peligrosos. Desgraciadamente el G-7 no anunció un calendario con efectos vinculantes y metas cuantitativas para los integrantes del grupo.

El objetivo general de eliminar las emisiones de GEI asociadas al uso de combustibles fósiles es el principal elemento positivo del mensaje. Por primera vez este grupo de países coloca sobre la mesa de negociaciones una meta tan ambiciosa. La señora Merkel, con su doctorado en física y su muy extraño papel en la crisis europea, puede vanagloriarse de haber alcanzado este resultado gracias a su insistencia. Pero aunque la cancillería alemana había anunciado su pretensión de eliminar los combustibles fósiles en la economía global para 2050, no pudo vencer la resistencia de Canadá (con sus grandes depósitos de arenas bituminosas) y de Japón (que todavía no sabe qué hacer con su perfil energético a raíz del desastre de Fukushima).

El plan de reducción de emisiones del G-7 es modesto, lento e incompatible con la meta de limitar el incremento de temperatura. En la actualidad la concentración de CO2 en la atmósfera ya rebasa 400 partes por millón (ppm) y sigue en aumento. Hay que recordar que sería necesario estabilizar la concentración por debajo de 400 ppm para tener la confianza suficiente de que el aumento de temperatura no rebasaría los 2 grados centígrados.

Hoy la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera sigue en aumento y los problemas se multiplican. La capa de permafrost en las regiones polares contiene grandes cantidades de material orgánico, cuya descomposición liberaría dióxido de carbono y metano. El metano es treinta veces más eficaz que el CO2 para capturar radiación infrarroja. El congelamiento detiene la descomposición, pero a medida que se descongele el permafrost la descomposición aumenta y con ella la inyección de gases de efecto invernadero, constituyendo así un peligroso círculo vicioso. Se calcula que 25 por ciento del territorio del hemisferio norte es permafrost y por ello la contribución al calentamiento global proveniente de la desaparición del permafrost sería comparable a la provocada por la deforestación del bosque tropical. Estudios recientes indican que la capa de permafrost se está descongelando más rápidamente de lo que se pensaba hasta hace pocos años.

La encíclica papal del 24 de mayo no se limita, como erróneamente se ha considerado por muchos, al tema del cambio climático. Este documento aborda la problemática de la justicia y la sustentabilidad en el sentido más amplio. Junto a las dimensiones ambientales del ciclo de agua, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, la encíclica aborda el tema de la desigualdad y la injusticia (incluida la asimetría en la distribución de los efectos negativos de la degradación ambiental).

En el ámbito del cambio climático la encíclica incluye tres puntos sobresalientes. Primero, el clima es un bien común. No es propiedad de un grupo de naciones o de las grandes empresas del planeta. Segundo, el documento recupera el principio de responsabilidad diferenciada, principio que se ha venido desdibujando en las negociaciones internacionales. El tercer punto es más amplio: el deterioro ambiental y la degradación de la vida humana van de la mano. La encíclica papal arremete contra las desigualdades internacionales y señala que en el plano de la globalización neoliberal constituyen un instrumento de dominación. Por eso, la verdadera sustentabilidad ambiental sólo podrá lograrse por medio de la justicia a través de un debate en el que se pueda escuchar el llanto de la tierra y el llanto de los pobres.

La encíclica critica el afán de lucro de la especulación financiera y el crecimiento, pero es poco consistente en su análisis sobre el papel del crecimiento en las economías capitalistas. Ojalá pueda frenar los planes de convertir el desastre climático en oportunidades de negocios, porque de lo contrario el gemido de los pobres se convertirá en rugido implacable.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial deSinpermiso


lunes, 15 de junio de 2015

CAMBIO CLIMÁTICO

El mal acuerdo inminente
DANIEL TANURO
Miércoles 10 de junio de 2015
Laurence Tubiana es la embajadora francesa encargada de las negociaciones climáticas. Su responsabilidad es particularmente importante, dado que París acogerá la cumbre de las Naciones Unidas a finales de este año. El 27 de mayo, Tubiana compareció ante las comisiones de asuntos exteriores y de desarrollo sostenible del senado francés en sesión conjunta. Existe un vídeo en Internet que permite escuchar su alocución, las preguntas de senadoras y senadores (sin duda más pertinentes las de ellas que las de ellos, dicho sea de paso) y las respuestas de la embajadora/1.
Tubiana parece ser una persona honesta, realmente preocupada por la gravedad de la situación y que hace todo lo que está en su mano por encontrar las mejores soluciones posibles dentro del marco en que actúa. Además, responde sin irse por las ramas a las preguntas que le formulan. Su comparecencia muestra por tanto a las claras qué podemos esperar: un acuerdo totalmente insuficiente, hecho a medida de las empresas responsables de la catástrofe, y una estrategia de comunicación encaminada a crear a pesar de todo la ilusión de que la situación está controlada.
¿Nos contradice la física? ¡Pues cambiémosla!
Empecemos por este último aspecto, la comunicación. De entrada, Tubiana hace una revelación bastante edificante: si los negociadores han acordado establecer para la política climática el objetivo de mantener el recalentamiento por debajo de los 2 °C con respecto al periodo preindustrial, es según ella para no tener que comprometerse a respetar un tope concreto de concentración atmosférica de gases de efecto invernadero, un tope del que forzosamente se derivarían objetivos igualmente concretos de reducción del volumen de emisiones, escalonados con arreglo a un calendario de obligado cumplimiento.
Esta afirmación de la embajadora parece a primera vista incomprensible. En efecto, a un volumen de emisiones x corresponde una concentración y que produce una temperatura z. A menos que se extraiga artificialmente carbono de la atmósfera o se recurra a aprendices de brujo de la geoingeniería, existe un vínculo indisociable entre estos tres elementos. Se puede fijar el objetivo a alcanzar en términos de temperatura, de concentración o de volumen de emisiones, ya que no son más que maneras distintas de expresar la misma cosa. Para que todo el mundo pueda comprender la cuestión, conviene recordar los principales datos del problema, tal como figuran en el 4º informe del GIEC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) y en el informe “Emissions gap” del PNUMA (Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente):
• mantener el recalentamiento por debajo de los 2 °C solo es posible si la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero no supera la cota de 450 a 490 ppm (partes por millón en volumen) y si la concentración de CO2 no sobrepasa la cota de 350 a 400 ppm (acaba de rebasar este umbral el pasado mes de marzo);
• respetar esta condición implica a su vez que el volumen de las emisiones mundiales se reduzca entre un 50 y un 85 % de aquí a 2050 –empezando a más tardar en 2015–, para volverse negativo a finales de siglo/2;
• teniendo en cuenta el principio de la responsabilidad común pero diferenciada (es decir, de la responsabilidad histórica de cada país), el objetivo de reducción de los países desarrollados debería ser del 25 al 40 % en 2020 y del 80 al 95 % en 2050;
• estos objetivos también pueden expresarse en cifras absolutas y por tanto en cantidades máximas de gases de efecto invernadero emitidas en determinados periodos: según el PNUMA, para que sea “probable” (más del 66 % de probabilidad) que el recalentamiento se mantenga por debajo de los 2 °C, las emisiones mundiales deben frenarse antes de 2020/3 para descender a 44 gigatoneladas (Gt) en 2020 (en lugar de las 54 a 60 Gt previsibles al ritmo actual), a 40 Gt en 2025 y a 35 Gt en 2030.
Así que lo que nos viene a decir Tubiana a propósito de los 2° C de aumento máximo es nada menos que lo siguiente: los negociadores han decidido arbitrariamente que en su mundo el vínculo entre temperatura, concentración y emisiones ha dejado de ser indisociable. Para tranquilizar a las poblaciones y hacerles creer que sus gobiernos controlan la situación, la cumbre de París “reafirmará el objetivo de los 2 °C” (Laurence Tubiana dixit)… tomando decisiones que no permiten en modo alguno alcanzar este objetivo. “Puesto que no logramos actuar de acuerdo con las leyes de la física, cambiemos las leyes de la física”: a esto se reduce de hecho el juego malabar. O dicho de otro modo: “Puesto que no conseguimos todavía desvincular el crecimiento económico del aumento de las emisiones… desvinculemos el objetivo que fijamos sobre el papel de lo que lo determina en la realidad.”
Vuelva usted… pasado mañana
Con esto, Tubiana lo dice claramente: lo que se negocia con vistas a la cumbre de París es y será del todo insuficiente. Dado que parece tener cierto afán de coherencia intelectual, la embajadora expone entonces la solución que imagina para intentar a pesar de todo reducir el trecho que hay entre el dicho y el hecho, es decir, entre el objetivo de los 2 °C y la realidad de las emisiones. Esta solución, según ella, consiste en un mecanismo de revisión del acuerdo: las partes deberán reunirse regularmente para constatar que lo que acaban de decidir no conviene y debatir medidas complementarias. Aparte de que no se explica por qué hay que dejar para pasado mañana lo que se podría hacer hoy, puesto que todos los datos están encima de la mesa, ni por qué iba a ser más fácil encontrar una solución válida en una situación todavía más grave y tensa a causa de la urgencia, esta “solución” a todas luces no lo es.
La negociación y la ratificación de un tratado de este tipo es una cuestión de años. El precedente del protocolo de Kioto nos da una idea: se adoptó siete años después de la cumbre de Río, y su ratificación tardó otros ocho años adicionales. Aunque supongamos que los plazos de revisión del acuerdo de París sean más cortos, ello no quita que la propuesta presentada por la embajadora Tubiana es incompatible con el cumplimiento de dos condiciones fundamentales para mantener el recalentamiento por debajo de los 2 °C: 1) el pico de las emisiones mundiales antes de 2015 (GIEC) o de 2020 (PNUMA); 2) los objetivos de reducción intermedios, antes mencionados, para 2020, 2025 e incluso para 2030.
La zanahoria antes que el palo
En el debate que siguió a la alocución, una senadora del partido EELV (los Verdes) preguntó a la embajadora cómo pensaba abordar la cuestión del enorme poder de las empresas que explotan los combustibles fósiles sabiendo que para salvar el clima es preciso que no lleguen a explotarse nunca dos tercios de las reservas fósiles existentes (o lo que es lo mismo, que hay que destruir una parte sustancial del capital de dichas empresas). Otro senador planteó la cuestión de la impunidad de los grandes contaminadores, que contrasta con el castigo a los pequeños. Estas son, en efecto, cuestiones fundamentales.
En su respuesta, Tubiana denunció en términos bastante poco diplomáticos los proyectos de explotación petrolera en el mar Ártico, lo que no deja de ser simpático, pero acto seguido se recompuso y reconoció que no es fácil renunciar a explotar un recurso que uno tiene la posibilidad de poseer en su propio territorio, exponiendo fielmente la doctrina neoliberal: hay que convencer a los capitalistas fósiles de que la transición energética les interesa, ayudarles a adaptar sus modelos de negocio y… buscar un acuerdo con ellos sobre la transición. “No vamos a crear un tribunal climáticomejor la zanahora que el palo”, resumió…
Lo que significa esta política de la zanahoria en la práctica ya se pudo palpar una semana antes, con el discurso de François Hollande ante la patronal reunida en París en la cumbre empresarial sobre el clima. Fruto de la voluntad de la ONU de que las empresas participen en la negociación, esta cumbre contaba con el apoyo de diversos grupos de presión, entre ellos el World Business Council for Sustainable Development. Este grupo incluye en sus filas a algunos de los grandes contaminadores del planeta (Shell, BP, Dow Chemicals, Petrobras, Chevron,…), está presidido por el patrón de Unilever (¿ha dicho usted “deforestación”?) y lo fundó Stephan Schmidheiny, el presidente de Eternit (¿ha dicho usted “intoxicación por amianto”?)/4. ¡Todo un programa!
“Señores empresarios, la Tierra es suya”
Al tomar la palabra ante semejante caterva de canallas responsables de la explotación del trabajo y de la destrucción del planeta, el presidente francés no se contentó con darles bombo, sino que les prometió literalmente, no la Luna, pero sí la Tierra: “Las empresas son fundamentales porque son ellas las que traducirán, a la luz de los compromisos que se adopten, los cambios necesarios: la eficiencia energética, la proliferación de las energías renovables, la capacidad de desplazarse mediante una movilidad que no consuma energía, el almacenamiento de energía, la forma de construir las viviendas, la organización urbana, así como la participación en la transición, en la adaptación de los países que están en vías de desarrollo.
“Las empresas son fundamentales porque son ellas las que traducirán los compromisos que se adopten”. Esto lo dice un presidente social-liberal. Esto sí que es rizar el rizo. Es probable que haya acuerdo en París: un acuerdo que volcará la catástrofe sobre las espaldas del 99 %. La magnitud del recalentamiento resultante solo podrá evaluarse con precisión una vez que todos los países hayan presentado sus objetivos nacionales. A la luz de lo que se sabe, sobre todo del acuerdo concluido el pasado otoño entre China y EE UU, hay riesgo de que se acerque a los 4 °C…
Este acuerdo es probable porque los gobiernos, a fin de contrarrestar la influencia de los escépticos sobre el clima en las filas empresariales, no han hallado nada mejor que someterse a las exigencias del capital. “El planeta les pertenece, señores contaminadores”, vienen a decir en sustancia los responsables políticos. “Desarrollen la energía nuclear, la captura-secuestro de CO2, los agrocombustibles y otros modos de explotación de la biomasa. Propongan el ritmo de la transición, las tecnologías y la financiación. El grado de catástrofe soportable por sus accionistas, la suerte de los países del Sur, el modo de organización de nuestras ciudades y de nuestros campos. Propongan, enriquézcanse, nosotros dispondremos…” Y los pobres pagarán el plato. Sin zanahoria.
1/6/2015
Traducción: VIENTO SUR
Notas
2/ Las emisiones negativas se producen cuando los ecosistemas terrestres absorben más CO2 que el que emiten.
3/ Según el 4º informe del GIEC, la reducción de las emisiones debería comenzar a más tardar entre 2000 y 2015. Otras fuentes, como el PNUMA, dicen que “antes de 2020”.
4/ Como recuerda Mediapart, este fabricante de amianto fue condenado a 18 años de prisión y a 89 millones de euros de indemnización en Italia por atentar de modo continuado e intencionado contra la salud y el medio ambiente, aunque después quedó absuelto por considerar la justicia que el caso había prescrito. Le sommet Business et Climat de Paris est squatté par les gros pollueurs, Jade Lindgaard, 20/5/2015)


sábado, 30 de mayo de 2015

No a la transición energética capitalista

DANIEL TANURO

Sábado 23 de mayo de 2015

Cuando faltan siete meses para la cumbre de París sobre el clima, ¿hasta qué punto se es consciente del desafío y de la necesidad de una transición para evitar una catástrofe? Decir que nada se mueve no sería verdad, pero 1) lo que se mueve sigue siendo muy insuficiente para no sobrepasar los 2 °C de calentamiento; 2) es muy probable que los gobiernos no logren ponerse de acuerdo para acelerar la marcha, y 3) la política que se practica acentúa las desigualdades sociales.
El avance de las renovables…
En los medios de comunicación proliferan informaciones optimistas sobre los avances de las energías renovables. El progreso, en efecto, es impresionante: en 2013, las energías renovables (sin incluir las grandes presas hidroeléctricas) representaban el 41,3 % de la nueva capacidad de producción instalada a escala mundial. De este modo, la parte de la electricidad generada a partir de fuentes verdes pasó del 7,8 % en 2012 al 8,5 % en 2013. Estas inversiones han permitido reducir un 12 % la diferencia proyectada para 2020 entre las emisiones reales y las que corresponden a un calentamiento inferior a 2 °C.
Estos avances son fruto del descenso de los precios y del aumento de la eficiencia derivados del constante progreso tecnológico. El precio de las células fotovoltaicas ha disminuido un 80 % desde 2008. En las condiciones actuales, sin subsidios, si en la proximidad no hay carbón o gas baratos, y si hace viento y mucho sol, la energía eólica terrestre y la solar fotovoltaica son competitivas frente a las energías fósiles. No es extraño que las inversiones se centren en estos dos sectores. En los llamados países “emergentes” han crecido un 36 % en 2014, alcanzando un importe total de 131 300 millones de dólares (China 83,3; Brasil 7,6; India 7,4 y Sudáfrica 5,5).
… no implica un descenso de las emisiones
Sin embargo, el avance de las energías renovables no comporta de por sí un descenso de las emisiones de CO2. Es cierto que algunos países las han reducido de un modo espectacular o se plantean seriamente hacerlo. Alemania va en cabeza con su Energiewende (cambio energético), que pretende rebajar las emisiones un 70 % hasta 2040 y del 80 al 95% para 2050 (con respecto al nivel de 1990). También es cierto que las emisiones mundiales de CO2 del sector eléctrico tocaron techo en 2014, lo que constituye un primer éxito en el intento de desvincular las emisiones del crecimiento económico.
No obstante, lo que interesa no es que las emisiones “toquen techo”, sino de que de aquí a 2050 disminuyan del 50 al 80 % a escala mundial –del 80 al 95 % en los países desarrollados– y que lo hagan en todos los sectores (no solo en el de la generación eléctrica), y esta reducción ha de comenzar a más tardar en 2015, según el Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (GIEC). Estamos lejos de esta meta. En 2013, las emisiones derivadas de la quema de combustibles fósiles y de los procesos industriales (acero y cemento) aumentaron un 2 % con respecto al año anterior. El aumento es menor que el crecimiento económico (por tanto, también en este terreno se produce una desvinculación incipiente entre emisiones y crecimiento) e inferior al que hubo en la década de1990 (un 3 % de aumento anual), pero es dos veces mayor que el de la década de 1980…
La contradicción aparente entre el avance de las energías renovables y el alza de las emisiones se explica principalmente por el hecho de que las inversiones en energías renovables no sustituyen a las fósiles, sino que se suman a ellas (en su totalidad o en parte), de modo que ambos tipos de energía se combinan para aportar las cantidades que exige el crecimiento capitalista neoliberal y globalizado. Destacar el hecho de que en 2013 se hayan invertido 230 000 millones de dólares en nuevas capacidades de electricidad verde refleja una imagen sesgada de la realidad, pues en el transcurso de ese mismo año se invirtió una suma todavía mayor en nuevas capacidades de generación de electricidad sucia, especialmente en centrales térmicas de carbón que está previsto que funcionen durante 40 años…
El caso alemán y el “mix energético”
Se cita a Alemania como modelo porque abandona la energía nuclear y favorece las fuentes renovables. El paso, en efecto, es notable, pero ello no impide que de momento las emisiones alemanas vuelvan a aumentar. En primer lugar por la misma razón que acabamos de señalar: las renovables no sustituyen completamente a las energías fósiles. Pero también porque dado que las renovables son competitivas (gracias a los subsidios), los capitales se retiran de las centrales de gas para afluir a las centrales de carbón o de lignito, que generan una electricidad más barata… si bien emiten el doble de CO2.
Muchos comentaristas consideran que el avance exponencial de las renovables refleja una tendencia que se prolongará y eliminará las energías fósiles a corto o medio plazo. Sin embargo, las cosas son más complejas. El hecho de que las energías renovables resulten competitivas gracias a los subsidios hace que las empresas del sector fósil reclamen la supresión de los mecanismos de apoyo al precio de la energía eólica o fotovoltaica. En la UE, estas empresas han visto satisfecha en parte su demanda. Si se mantiene la misma política, de aquí a 2020 se prevé la continuación de las inversiones verdes a un ritmo elevado (unos 230 000 millones de dólares al año), pero no un flujo torrencial que se lleve por delante las energías fósiles.
“Si se mantiene la misma política”, decimos. Precisamente, es poco probable que la política actual cambie. Los ministros de energía –en particular la ministra belga Marghem– han hecho declaraciones optimistas sobre el texto preparatorio de la cumbre de París. No obstante, este documento no hace más que enumerar las posiciones existentes, que a fin de cuentas vienen dictadas todas por intereses capitalistas productivistas y enfrentados entre sí y no por imperativos climáticos. Al final, entre Alemania que apuesta por la renovables, Francia que opta por la energía nuclear, Australia que se inclina por el carbón, Arabia Saudita que propugna el petróleo, Canadá que insiste en las arenas bituminosas, Rusia que defiende el gas, EE UU que propone el gas de esquisto y China que juega con todas las cartas a la vez… habrá un compromiso insuficiente para mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C, por no hablar ya de 1,5 °C, que sería un objetivo infinitamente más prudente.
El “mix” del que tanto se habla es por así decir la traducción técnica de este compromiso en ciernes. En él, el sector de las energías renovables tiene necesidades específicas. En particular, dada su elevada intensidad en capital, la prensa patronal subraya que exige un contexto de mercado que asegure una rentabilidad de la inversión “razonable y previsible”. Dicho en plata: una política neoliberal sin tacha, basada sobre todo en la reducción del coste salarial.
Mecanismos antiigualitarios
Los grandes de este mundo preparan un acuerdo totalmente insuficiente para detener la catástrofe climática que se avecina. Un acuerdo del que los explotados y oprimidos sufrirán graves consecuencias. De hecho, la política climática capitalista ya está agravando las desigualdades sociales. So pretexto de conservar la capacidad de los bosques de absorber el CO2de la atmósfera, las comunidades indígenas se ven atacadas y sus bosques convertidos en plantaciones industriales. So pretexto de producir suficientes alimentos en el contexto del calentamiento global, se incautan los recursos acuáticos, se saquean las reservas haliéuticas, se expanden los OGM, se expulsa a los campesinos de sus tierras y se condena a los pequeños pescadores a la ruina.
Los países desarrollados no escapan de esta dinámica antiigualitaria. En este terreno, el ejemplo alemán también es revelador. La Energiewendecuesta mucho dinero. ¿Quién paga la cuenta? Los consumidores, claro, mediante un suplemento (Umlage) incluido en las facturas de electricidad. Un hogar medio paga 260 euros al año. Es cierto que numerosos hogares han invertido en parques eólicos gestionados por cooperativas. En 2010, el 51 % de la capacidad de generación de energía renovable pertenecía a particulares, para quienes los beneficios de las cooperativas compensan laUmlage. Sin embargo, son sobre todo los sectores acomodados de la población los que invierten en estas cooperativas. Los demás, en particular los ocho millones de precarizados que ganan 5 euros a la hora, pagan así por los ricos… y por las 3000 empresas grandes consumidoras de electricidad que están exentas de la Umlage para seguir siendo competitivas…
Los mecanismos antiigualitarios de la política climática capitalista ya están haciendo estragos en el Sur. En Europa, lo peor todavía está por venir. A este respecto, conviene saber que cuatro quintos de las reservas fósiles deben permanecer en el subsuelo si queremos salvar el clima. El problema es que dichas reservas pertenecen a empresas, y por tanto existe una “burbuja del carbono”, análoga a la “burbuja del ladrillo” que estalló con las “hipotecas basura” en 2008, pero mucho más grande. Cuando estalle, que nadie dude de que los gobiernos se apresurarán a salvar al sector de la energía como han salvado al de las finanzas: a costa de la colectividad.
Los sindicatos en la encrucijada
La lucha por el clima es una cuestión social de suma importancia. De momento, a escala internacional, las fuerzas que encabezan esta lucha son el movimiento campesino y los pueblos indígenas. Esto se debe a una razón evidente: la agricultura campesina y el modo de vida de las comunidades indígenas contribuyen a salvar el clima. El mundo del trabajo se halla en una situación más difícil porque la mayoría de los asalariados trabajan en el complejo industrial basado en la energía fósil, qua habrá que desmantelar.
Por consiguiente, los sindicatos tendrán que optar: si se mantienen dentro de la lógica y la temporalidad de la transición capitalista (contentándose con la vaga exigencia de una “transición justa”), serán cómplices de las consecuencias ecológicas y sociales cuya factura pagarán sus afiliados. La única estrategia posible pasa por una transición anticapitalista: un plan de reconversión de los sectores sucios y de desarrollo de los sectores limpios, financiada mediante la socialización de las finanzas y de la energía, con una ampliación radical del sector público, creación masiva de puestos de trabajo útiles, reducción radical del tiempo de trabajo sin pérdida de salario y desmantelamiento de la agricultura industrial.
11/05/2015
Traducción: VIENTO SUR

miércoles, 20 de mayo de 2015

"Tierra Arrasada. Petróleo, soja, pasteras y megaminería", de Darío Aranda

¿Qué país nos deja el extractivismo ambiental?
¿Por qué ningún juez, empresario o político aceptó nunca el vaso de agua que le ofrecen los habitantes de los pueblos mineros cada vez que los visitan? ¿A qué se debe la aparición de enfermedades inéditas y desconocidas en el medio de la pampa húmeda? ¿Dónde viven las miles de personas desplazadas del campo y que las ciudades no cobijan? ¿Quién está detrás de los feroces ataques a los indígenas argentinos? ¿Qué secretos escondieron las pasteras en Gualeguaychú? ¿Por qué el negocio de Vaca Muerta puede dejar una parte de la Patagonia inhabitable? ¿Cuánto queda realmente en el país de esta ganancia extraordinaria? ¿Por qué nunca se escucha a los que proponen otro camino? ¿Quiénes son los verdaderos dueños de la tierra y qué planes tienen para sus habitantes?
Pueblos envenenados, matones a la luz del día, muertes sospechosas, bebés con malformaciones, tasas de cáncer inéditas, abortos espontáneos, ríos sin peces, bosques sin árboles y enfermedades sin cura: durante los últimos quince años, la Argentina ha sido sometida a la transformación más radical y quizás irreversible de su historia. Detrás del negocio multimillonario de la soja, la megaminería, las pasteras y los combustibles no convencionales, no sólo hay consecuencias inmediatas para todos los habitantes del país, sino también la amenaza de convertir a la Argentina en un territorio agotado, enfermo y hambriento.
En Tierra arrasada Darío Aranda viaja hasta diversos rincones del país donde este modelo político, económico y social busca imponerse con violencia por sobre todo derecho humano. El resultado es una radiografía escalofriante que nos permite terminar de entender en qué país vivimos y elegir en cuál queremos vivir.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Debates

Las tareas del ecosocialismo revolucionario
DANIEL TANURO
Lunes 4 de mayo de 2015
El concepto de ecosocialismo se basa en una doble constatación paradójica: la solución de la “crisis ecológica”, causada por el modo de producción capitalista, por una parte necesita una respuesta de tipo socialista pero, por otra parte, el balance medioambiental del “socialismo realmente existente” es catastrófico. Voy a desarrollar brevemente estos dos elementos y presentar a continuación algunas propuestas de tareas ecosocialistas tal como se concibe en el seno de la “Red ecosocialista internacional”. Espero demostrar así que el ecosocialismo es algo distinto a cambiar solo de etiqueta: una alternativa necesaria adaptada a los desafíos de nuestro tiempo.
Para los ecosocialistas, lo que se denomina “crisis ecológica” no es una crisis de la ecología. No es la naturaleza la que está en crisis sino la sociedad y esta crisis de la sociedad acarrean una crisis en las relaciones entre la humanidad y el resto de la naturaleza. Para nosotros, esta crisis no se debe a la especie humana como tal. No se debe en particular al hecho de que nuestra especie produce socialmente su existencia mediante el trabajo, lo que le permite desarrollarse y dota de sentido a la noción de progreso. Se debe al modo de producción capitalista del desarrollo, o modo capitalista de producción (que incluye un modo capitalista de consumo) y a la ideología productivista y consumista del “siempre más” que se deriva de él.
Capitalismo = productivismo
El capitalismo no produce valores de uso para la satisfacción de las necesidades humanas sino valores de cambio para la maximización del beneficio. Este beneficio es acaparado por una fracción minoritaria de la población: por quienes detentan la propiedad de los medios de producción. Explotan la fuerza de trabajo de la mayoría social a cambio de un salario inferior al valor del trabajo realizado.
Estos dueños de los medios de producción libran entre sí una guerra competitiva sin cuartel que les obliga a buscar permanentemente la forma de aumentar la productividad del trabajo recurriendo a máquinas cada vez más perfeccionadas. El “productivismo” (producir por producir que implica consumir por consumir) es pues una característica congénita del capitalismo. El capitalismo implica acumulación. El economista burgués Joseph Schumpeter lo dijo de forma sencilla: “Un capitalismo sin crecimiento es una contradicción en los propios términos
El capitalismo es un sistema de explotación de alto rendimiento. Mejora continuamente la productividad del trabajo y la eficiencia en la utilización de los (otros) recursos naturales. Pero evidentemente, esta mejora está al servicio de la acumulación: el ahorro relativo en fuerza de trabajo y en materiales está más que compensado por el aumento absoluto del volumen de producción de forma que al final hay un aumento de los recursos consumidos en el proceso. Es la razón por la que inevitablemente la acumulación capitalista provoca simultáneamente el aumento de la explotación del trabajo humano y el aumento del saqueo de los recursos naturales.
¿Cuáles son los límites de la tendencia capitalista al crecimiento? Marx respondió a esta pregunta que “el único límite del capital es el capital mismo”. La fórmula se basa en la definición del capital no como una cosa (un montón de dinero) sino como una relación social: la relación de explotación por la cual una cantidad de dinero se transforma en más dinero gracias a la extracción de una plusvalía correspondiente al trabajo no pagado. Evidentemente, esta relación de explotación necesita un input bajo forma de recursos/1. Por tanto decir que “el único límite del capital es el capital mismo” significa esto: mientras exista fuerza de trabajo para explotar y recursos naturales para arramplar, el capital se puede seguir acumulando empobreciendo, destruyendo, lo que Marx llamaba “las dos únicas fuentes de cualquier riqueza: la Tierra y el trabajador”.
De forma general, la única alternativa concebible frente al capitalismo es un sistema que no produce valores de cambio para la maximización del beneficio de los capitalistas sino valores de uso para la satisfacción de las necesidades humanas reales (es decir, no corrompidas por la mercantilización) definidas democráticamente. Un sistema en el que la colaboración reemplaza a la competencia, la solidaridad al individualismo y la emancipación elimina la alienación. Ahora bien, semejante sistema -más que un sistema, una nueva civilización- se corresponde con la definición teórica de una sociedad socialista. Lo repito: en términos generales, no hay otra alternativa concebible.
Productivismo capitalista y productivismo burocrático
Al mismo tiempo, esta conclusión choca con la dura realidad de los hechos históricos: en efecto, es indiscutible que el balance del socialismo que “ha existido realmente” en el siglo XX es un espanto no solo desde el punto de vista de la emancipación humana sino también desde el punto de vista del establecimiento de relaciones lo más armoniosas posibles entre la humanidad y su entorno natural.
Es inútil detallar aquí este punto: todo el mundo ha oído hablar de la desecación del mar de Aral y de la catástrofe de Chernobil. Puesto que este encuentro está dedicado a la lucha contra el cambio climático, añadiría que la ex RDA y la ex Checoslovaquia tenían el triste récord mundial de gas de efecto invernadero emitido por habitante: sus “actuaciones “en la materia eran incluso superiores a la de los mayores contaminadores del mundo capitalista “desarrollado”: Estado Unidos y Australia.
Este balance negativo del “socialismo real” se debe principalmente a la contrarrevolución burocrática que triunfó en los años 20 del siglo pasado bajo la batuta de Stalin. El productivismo de Estado era el resultado de un sistema de primas que se ofrecía a los directivos de las empresas nacionalizadas para incitarles a superar los objetivos del plan. Por motivación económica, estos directivos utilizaban y despilfarraban el máximo de materiales y de energía por unidad producida...: No se preocupaban de las consecuencias en cuanto a la calidad de la producción puesto que los consumidores no tenían libertad de elección, ni libertad de crítica, ni posibilidad de discutir los efectos sociales y medioambientales de una producción que no estaba sometida a ningún “control obrero”.
Desde el punto de vista de los daños ecológicos, no hay diferencia entre el productivismo capitalista y el de los estados del ex Bloque del Este. Pero el productivismo capitalista es el resultado de mecanismos muy diferentes: al contrario que el director de una fábrica nacionalizada de la URSS, el jefe de una empresa capitalista optimiza sin parar la cantidad de recursos utilizados por unidad producida a fin de maximizar el número de unidades y considera la reacción del mercado como un veredicto sobre la calidad de sus productos.
Efectivamente, el productivismo del capital es racional desde el punto de vista del capitalismo. En el polo opuesto, el productivismo burocrático aparece como una pura creación irracional de la superestructura política: en una economía orientada supuestamente a satisfacer las necesidades, la racionalidad ordenaría que la producción esté guiada por la democracia de los productores/ consumidores; por esto, como esta democracia es incompatible con el parasitismo burocrático, para funcionar mal que bien, el sistema da estímulos materiales a los parásitos.
Esta comparación desemboca en una conclusión importante: el productivismo capitalista es endógeno al modo de producción mientras que el productivismo soviético era exógeno. De ahí se deriva que el desastroso balance medioambiental de la URSS no aporta la prueba irrefutable de que el socialismo es por definición e inevitablemente tan ecocida como el capitalismo.
Stalin no lo explica todo
Sin embargo, el estalinismo y la existencia de una casta burocrática privilegiada no son suficientes para explicar este desastroso balance. Para mostrar el problema, me contentaré con una cita del más famoso adversario de Stalin: León Trotsky. De todos los teóricos marxistas, sin duda, Trotsky es el que mejor comprendió el fenómeno burocrático, pero apenas tenía conciencia de los límites medioambientales del desarrollo humano; es lo menos que podemos decir.
En un célebre discurso, el autor de “La revolución traicionada” dijo del “hombre socialista” que “moverá las montañas, encerrará los mares y desviará los ríos”. No quiero exagerar el alcance de esta cita y sobre todo, su influencia en el curso de los acontecimientos. La cito solo como una ejemplo de que muchos marxistas tenían una mirada mucho menos prudente y realista que Marx sobre el desarrollo de las “fuerzas productivas liberadas de las trabas capitalistas” y lo que esto permitiría realizar/2.
En efecto, lejos de fantasear sobre los fabulosos poderes del superhombre socialista, Marx consideraba modestamente que “la única libertad posible (en relación a las leyes de la naturaleza) es que el hombre social, los productores asociados, ordenen racionalmente su intercambio de materia con la naturaleza”.
A la luz de esta cita de Trotsky, parece evidente que el balance medioambiental del “socialismo real” debe ir más allá de la comprensión del productivismo burocrático. Hay que ir más a fondo en la crítica, analizar las concepciones teóricas e ideológicas que marcaron al socialismo en diversos grados.
En este espíritu, la corriente ecosocialista a la que pertenezco, que se reconoce en el Manifiesto ecosocialista redactado por Michaël Lowy y Joel Kovel, identificó un cierto número de concepciones que merecen un debate y revisión. Voy a citarlas y comentarlas brevemente.
Ciencias, tecnologías y progreso
La primera cuestión es en relación a la “ciencia” o mejor dicho, a la ciencias, sin mayúsculas. La mayoría de los pensadores socialistas, empezando por Marx y Engels, estuvieron bastante influidos por el cientificismo. Ahora bien, la idea mecanicista de que las ciencias acabarán por poder explicar todo, hasta el menor detalle, es manifiestamente errónea, puesto que el mundo evoluciona constantemente. Además, la velocidad de esta evolución aumenta a medida que se interesa en objetos cada vez más pequeños, de manera que conforme más progresan las ciencias, se enfrentan a nuevos fenómenos que plantea nuevos enigmas.
Romper con el cientificismo es una apuesta importante para los ecosocialistas. Se trata de acabar con el proyecto de dominación humana sobre la naturaleza, que implica que la naturaleza sea considerada como una máquina y que el ser humano solo sea visto como el maquinista. Este proyecto ilusorio, instrumentalista y reductor va en contra del principio de precaución, de la modestia y de la prudencia que se impone hoy en día si se quiere volver a equilibrar los intercambios entre la humanidad y el resto de la naturaleza.
La segunda cuestión, unida a la primera, es la de la tecnología, es decir las ciencias aplicadas a la producción. ¿Son neutras o tienen un carácter de clase? Aunque insista en el carácter “históricamente determinado” de todos los aspectos del desarrollo humano, Marx no resolvió estos puntos precisos. La mayoría de los socialistas posteriores consideraron la tecnología como neutra. Los ecosocialistas no lo creen.
El fin no justifica los medios: algunos medios son contrarios al fin. Esto también vale para los medios de producción, o sea, para las tecnologías. La energía nuclear, por ejemplo, es contraria al objetivo explicitado por Marx de una sociedad donde los productores o productoras intentan aumentar el patrimonio común de la naturaleza para transmitirlos a sus descendientes como “boni patres familias”. Lo mismo sucede con los combustibles fósiles, con el cultivo a campo abierto de los Organismos Genéticamente Modificados y los grandes proyectos de la geoingeniería, por ejemplo.
La ruptura con el cientificismo y la crítica de las tecnologías generan inmediatamente la cuestión de la actitud frente al desarrollo y el progreso. A propósito de esto, Marx no tenía una visión lineal. ¿Y los ecosocialistas? Rechazan la idea adelantada por algunos partidarios del decrecimiento porque hay que “salir del desarrollo” pues el progreso es negativo por sí mismo, pero también rechazan la idea de que todo progreso y todo desarrollo sean positivos por sí mismos. Coherentes con su mirada crítica de las tecnologías, profundizan en la tesis de Marx según la cual el capitalismo desarrolla cada vez más “fuerzas destructivas” que productivas.
Globalmente, los países desarrollados no tienen necesidad de un desarrollo cuantitativo sino de un reparto de la riqueza necesaria para un desarrollo cualitativo. En este marco, los ecosocialistas conceden una gran importancia a la cosmogonía de los pueblos indígenas y al saber hacer de las comunidades campesinas. Ven en ellas fuentes de inspiración para un progreso digno de este nombre. Un progreso que pone en cuestión la ideología capitalista productivista. Un progreso basado en la comprensión del hecho de que la verdadera riqueza surge del tiempo libre, de las relaciones humanas y de una relación armoniosa con el entorno, no de una acumulación compulsiva de bienes de consumo que a menudo, no sirven para compensar la miseria de la existencia.
Centralización y descentralización
La cuarta cuestión en discusión es la articulación entre centralización y descentralización. Desde la experiencia histórica de la URSS, el socialismo está muy vinculado a la idea de un plan muy centralizado. No niego que un plan de este tipo no haya sido necesario en los años 20 del siglo pasado, pues el poder revolucionario solo podía mantenerse si la pequeña clase obrera industrial era capaz de suministrar a la mayoría campesina las maquinaria necesaria para mejorar la vida de las comunidades rurales y eliminar las hambrunas tan frecuentes en la historia rusa. Pero la igualdad entre socialismo y centralización debe ser cuestionada.
Es evidente que un gobierno deseoso de llevar una política anticapitalista debe vencer, necesariamente, el poder económico de la clase dominante lo que solo es posible por la expropiación de las finanzas y de los grandes medios de producción así como de distribución. También lo es que, a continuación, esos sectores socializados deben funcionar para satisfacer las necesidades, lo que requiere una planificación centralizada. Pero al mismo tiempo, hay que señalar que la democracia y la autogestión no pueden existir sin arraigarse en la base, localmente. Así pues, centralización y descentralización deben articularse.
Esta articulación no está ausente en el pensamiento de Marx: al contrario, en la Comuna de París veía “encontrada por fin la forma política de la emancipación del trabajo” y esta experiencia le llevaba a pensar que la “dictadura del proletariado” se concretaría en una federación de comunas. Los marxistas posteriores perdieron ampliamente el hilo de este pensamiento. Los ecosocialistas la recuperan e intentan renovarla, en función de “un socialismo del siglo XXI”
El desafío climático hace esta reflexión insoslayable: para tener la más mínima suerte de llevar en dos generaciones la transición energética hacia un sistema al 100% renovables, sin duda es necesario socializar el sector de la energía. Sin esto, los capitalistas intentarán imponer el mayor tiempo posible la utilización de los gigantescos stocks de combustibles fósiles que les pertenecen/3. Pero el recurso a las renovables necesita la interconexión de redes energéticas descentralizadas. Su gestión democrática por las comunidades y en interés colectivo de los y las habitantes es una posibilidad real a la cual los ecosocialistas deben aferrarse planteando reivindicaciones locales concretas de control y de participación, más que agarrarse al modelo obsoleto de la gran empresa nacionalizada.
Ecosocialismo y ecofeminismo
La quinta cuestión en la que trabajan los ecosocialistas es la del rol específico de las mujeres en la lucha por las relaciones sostenibles entre la humanidad y la naturaleza. Para las feministas de nuestra corriente, este rol no viene de que las mujeres sean por “esencia” más próximas y respetuosas con la naturaleza, como piensan algunas teóricas del ecofeminismo
Según nosotras y nosotros, no hay mucha más esencia femenina ecologista que esencia femenina pacifista, por ejemplo. El rol específico de las mujeres les es atribuido por la división sexual del trabajo en el seno de la sociedad y la familia burguesa. Una de las manifestaciones de su opresión es, en efecto, que asumen gran parte del trabajo de cuidados, a menudo de forma gratuita y que no son reconocidas socialmente como trabajo. Además, las mujeres aseguran globalmente el 80% de la producción de alimentos mundial.
Las mujeres saben qué implica “cuidar a los seres vivos » Su saber en esta materia les da un papel de primer rango en la transición porque la humanidad precisamente se enfrenta a la necesidad de “cuidar” (el resto) de la naturaleza y una gran parte de la población-en especial en el mundo desarrollado y urbano-no sabe cómo hacerlo. Pero este rol de las mujeres solo se puede valorar en el interés de todos si su opresión es reconocida y combatida. Esto pasa por la lucha autónoma de las mujeres en defensa de la igualdad de derechos en la sociedad en general, por la aplicación del principio “a igual trabajo, igual salario” en el mercado de la mano de obra y el reparto de las tareas domésticas. En ese sentido, los ecosocialistas mantienen un combate feminista.
La cuestión del sujeto
El tener en cuenta el papel específico de las mujeres plantea otra cuestión que quiero abordar antes de esbozar la conclusión. En muchos aspectos, se trata de una cuestión decisiva para el ecosocialismo: la del “sujeto” de la transformación social.
Generalmente, los teóricos del socialismo consideran que la clase obrera –es decir, no solo los obreros fabriles sino todos aquellos y aquellas que están en la obligación de vender su fuerza de trabajo por un salario- es EL sujeto que arrastra después a la pequeña burguesía y a todas las capas oprimidas. Este rol central en cuanto clase revolucionaria se desprende de su lugar en el modo de producción: en efecto como la clase más explotada, la clase obrera no tiene otra perspectiva histórica posible que la gestión colectiva de los medios de producción para satisfacer las necesidades sociales democráticamente determinadas.
Este análisis tradicional engendró después la idea de que la clase obrera juega en todas las épocas y en todos los lugares el papel de vanguardia “objetivamente”, aunque no tuviera conciencia de ello. Sin embargo, la lucha en defensa del clima deja ver una realidad completamente diferente: en la primera líneas se encuentra el campesinado, el campesinado sin tierra, los pueblos indígenas y las comunidades en lucha contra los proyectos mineros, forestales o de infraestructura que destruyen su entorno.
El hecho de que capas sociales distintas a la clase obrera en sentido estricto jueguen un papel de vanguardia tiene precedentes. La juventud, por ejemplo, a menudo sirvió de detonador para luchas que revelaban una situación social o política insoportable y arrastraban a la clase obrera a salir de su relativa pasividad. Mayo del 68 francés, o la represión de la “noche de las barricadas” en el Barrio Latino desencadenó una huelga general de diez millones de huelguistas, es un ejemplo clásico de esta interacción entre capas y clases sociales. Hay muchos otros.
Sin embargo, a lo que nos enfrentamos actualmente en el frente del medio ambiente es diferente y la imagen del detonante no permite aprehenderlo. Un detonante cumple una función temporal: provocar la explosión. Pero frente al cambio climático, vemos luchas constantes del campesinado, de los pueblos indígenas y de las comunidades desde hace muchas décadas y esas luchas, hasta el momento, no han hecho explotar nada de nada en la clase obrera. Por tanto, el problema es más profundo. No se trata simplemente de una “discordancia de tiempos”, de una diferencia entre los ritmos de concienciación de diferentes capas y clases sociales.
La explicación es relativamente sencilla. Cuando los campesinos y campesinas luchan contra el agronegocio, cuando los pueblos indígenas luchan contra la apropiación de los bosques como pozos de carbono o como fuente de biomasa, cuando las comunidades luchan contra los proyectos extractivistas que destruyen su espacio de vida y sus recursos..., estos combates por las reivindicaciones inmediatas a favor de condiciones de vida de los grupos afectados, coinciden directamente con lo que debe hacer para salvar el clima.
La situación de la clase obrera es muy diferente. En efecto, sobre todo en el contexto actual, en el que la clase obrera está debilitada, desorientada ideológicamente y a la defensiva, las reivindicaciones más inmediatas que plantea espontáneamente para defender sus condiciones de vida, no coinciden con lo que se debe hacer para salvar el clima o más bien con lo que lo desestabiliza. Para crear o salvar empleos, por ejemplo, la mayoría de trabajadoras y trabajadores espera la ampliación de la producción, un relanzamiento económico del capitalismo, nuevas empresas. Por más que sea una ilusión creer que esto reabsorberá el paro, no impide que esta ilusión se imponga a primera vista como la respuesta más lógica y la más fácil de poner en marcha. En algunos sectores contaminantes amenazados, como las fábricas de carbón de Polonia, los sindicalistas incluso llegan a poner en duda el cambio climático porque lo consideran una amenaza para su empleo.
La lucha contra el paro, el reto principal
¿Cómo se puede hacer frente a este problema? Los ecosocialistas intentan responder proponiendo reivindicaciones que responden al mismo tiempo a las necesidades sociales del mundo del trabajo y a las necesidades ecológicas (especialmente, la reducción drástica y rápida de las emisiones de gas de efecto invernadero que es indispensable para estabilizar el sistema climático). Simplificando, nos desmarcamos a la vez de los ecologistas que piensan que los impactos sociales de las medidas medioambientales que hay que tomar son un problema secundario y de los sindicalistas que estiman que la prioridad es social, que el medio ambiente es un problema de ricos del que ya se ocuparán más tarde. Estas dos estrategias nos parecen condenadas de antemano.
La lucha contra el paro es la principal angustia del mundo del trabajo (condiciona el nivel de los salarios, la organización del trabajo, la defensa del sistema de protección social...). Los ecosocialistas ponen por delante una respuesta general que se articula en tres niveles:
· L a extensión del empleo público no deslocalizable (especialmente mediante grandes planes públicos de renovación energética de los edificios, de transformación del sistema energético y la sustitución de todo el parque automovilístico por sociedades públicas de transporte colectivo) insistiendo sobre la descentralización y sobre el control democrático para las personas usuarias y trabajadoras;
· La reconversión colectiva, bajo control obrero, de las personas trabajadoras de las empresas inútiles o nocivas (en primer lugar, la industria armamentística y la industria nuclear, pero también la del automóvil, la petroquímica, etc.) hacia otros sectores de actividad;
· La reducción radical de la jornada laboral sin pérdida de salario con contratación compensatoria y reducción de los ritmos de trabajo, para trabajar todos, vivir mejor y despilfarrar menos.
Esta última reivindicación nos parece de una importancia estratégica suprema. En efecto, como ya lo ha había destacado Marx, se trata a la vez de una demanda social por excelencia y del medio por excelencia con el cual “el hombre social, los productores asociados” pueden “organizar racionalmente sus intercambios de materias con la naturaleza “actuando “de la manera más conforme con la naturaleza humana
Frente al paro, solo un programa de este tipo es capaz de responder al doble desafío social y medioambiental; en particular, el climático. Su puesta en marcha necesita una orientación anticapitalista y apela a otras reivindicaciones que no detallaré aquí: la expropiación de los sectores de la energía y las finanzas -una condición sine qua non de la transición- por una parte, y una política a largo plazo a favor del desarrollo del empleo rural local, en la agricultura orgánica y el mantenimiento de los ecosistemas, por otra parte.
Este programa solo puede conseguir influenciar en el movimiento obrero si se articula en el combate de la izquierda combativa contra los aparatos dominados por el social liberalismo o por otras corrientes burocráticas. En efecto, la perspectiva de los aparatos consiste, generalmente, en acompañar la transición energética tal como es concebida por el capitalismo (una transición que en absoluto responde al objetivo de la sostenibilidad, pues es demasiado lenta y reducida principalmente a lo nuclear, a los agrocarburantes y a la captura-secuestro del carbono) pidiendo solamente que esta transición sea justa/4. Por eso, los ecosocialistas incitan a los movimientos campesinos, a los pueblos indígenas y a las comunidades a establecer vínculos y a buscar convergencias con la izquierda en el seno de los sindicatos.
Dejarse de generalidades para avanzar en un programa de propuestas concretas bien argumentadas para la transición energética y social, por ejemplo a nivel europeo, constituye para mí el principal desafío que los ecosocialistas deben tratar de poner en pie. La tarea es más ardua porque no es suficiente remplazar las fósiles por las renovables: visto el retraso que se han tomado los gobiernos desde hace 30 años, las emisiones de gas invernadero deben reducirse tan intensamente y tan rápido que no se puede hacer sin disminuir la producción material y los transportes/5. Cada cual comprenderá que esta obligación complica todavía más la respuesta ecosocialista al desafío del empleo.
El ecosocialismo, un concepto abierto
El ecosocialismo puede resumirse como una voluntad de hacer convergir las luchas sociales y medioambientales a partir de la comprensión de que la austeridad y la destrucción ecológica son las dos caras de la misma moneda: el capitalismo productivista. Definido de forma que se trata de un concepto abierto, susceptible de derivaciones estratégicas y programáticas diferentes. De hecho, hoy existen diversas variantes de ecosocialismos.. La variante que yo he presentado, podría definirse de marxista, revolucionaria, feminista e internacionalista. Hay otras y no pretendemos el monopolio, solamente un debate más amplio.
22/04/2015
Este texto está basado en una comunicación en el marco de un fin de semana de movilizaciones en defensa del clima organizado del 10 al 12 de abril en Colonia por la fundación Rosa Luxemburg Stiftung en colaboración con una serie de grupos ecologistas alemanes (ver la página de la conferencia: http://kampfumsklima.org/). La he ampliado teniendo en cuenta el debate sobre “Ecosocialismo, Decrecimiento y Justicia climática”, al que fui invitado a participar. Animado por Tadzio Müller (el responsable de "energía y movimientos por el clima" de la RLS), este debate reunía además a Joanna Carbello (de la red carbontradewatch, Bruselas), Christopher Laumanns (de la ONG Konzeptwerk Neue Ökonomie, militante del movimiento "Postwachstum", la variante de las movidas de los decrecedores en los países de lengua alemana) y un numeroso público. Agradezco a todas y todos por sus estimulantes aportaciones.
Notas:
1/ La naturaleza pone gratuitamente a su disposición del capitalismo, lo que explica el apetito del capital de las explotaciones mineras, de los bosques naturales, o las reservas de pesca- sobre todo en periodo de recesión o cómo lo que se llama extractivismo atrae los capitales en caída de beneficios .
2/ La ironía de la historia es que el que intentó en parte aplicarla visión de Trotsky fue... Stalin cuando sopeso el proyecto de cambiar el curso de los ríos siberianos del Norte hacia el Sur para irrigar Asia Central...
3/ Recordemos que para tener un 60 de posibilidades de no sobrepasar 2º C de aumento de la temperatura en relación a era pre-industrial, es necesario que dos tercios a cuatro quintos de las reservas fósiles no sean explotadas jamás.
4/ Un ejemplo muy claro de esta estrategia de acompañamiento es la opción de la mayoría de las organizaciones sindicales francesas de no contestar la sector nuclear

5/ Los escenarios de transición hacia un sistema al 100% de renovables que se pretenden compatibles con el crecimiento del 2 al 3% anual no tiene en cuenta la energía fósil necesaria para la transformación de las renovables y los trabajos de mejora de la eficiencia energética de los edificios y de las emisiones que provocan.