viernes, 8 de abril de 2011

Está en crisis una relación históricamente dada entre la humanidad y el medioambiente

Fundamentos de una estrategia ecosocialista *

Daniel Tanuro


Viento Sur

Traducción de Josu Egireun

http://www.vientosur.info/





Contrariamente a lo que sugiere la falsa pero muy popular metáfora de la Isla de Pascua propuesta por Jared Diamond [1], las degradaciones medioambientales actuales no son comparable a las que se produjeron en otros períodos históricos. Las diferencias no son sólo cuantitativas (la gravedad y la globalización de los problemas ecológicos) sino, sobre todo, cualitativas: mientras que todas las crisis medioambientales del pasado se derivaban de tendencias sociales a la sub producción crónica, del temor a la penuria, los problemas actuales tienen su origen en la tendencia inversa: a la superproducción y al sobre consumo, propios de un sistema basado en la producción generalizada de mercancías. Por ello, hay que concluir que el término crisis ecológica es erróneo. No es que la naturaleza esté en crisis, sino que lo que está en crisis es una relación históricamente dada entre la humanidad y el medioambiente. Esta crisis no se debe a la naturaleza de la especie humana sino al modo de producción que se impuso hace ahora aproximadamente dos siglos: el capitalismo, y al modo de consumo y movilidad que derivan de él. Los graves daños que sufre el ecosistema (cambio climático, contaminación química, declive acelerado de la biodiversidad, degradación de los suelos, destrucción de los bosques tropicales, etc.) forman parte de la crisis sistémica global. Todas ellas, en su conjunto, expresan la incompatibilidad entre el capitalismo y el respeto a los límites naturales.



Productivismo sin límites



La razón fundamental de esta incompatibilidad es simple: bajo el acicate de la competencia, todo propietario de capital busca, sin descanso, reemplazar trabajo vivo por trabajo muerto o, lo que es lo mismo, reemplazar mano de obra por máquinas más productivas y, de ese modo, obtener un beneficio superior al beneficio medio. Operación cuyo objetivo no es otro que eliminar la competencia inundando el mercado con mercancías a un precio más bajo. En este modo de producción la innovación no tiene por objeto aligerar la carga del trabajo sino la acumulación incesante de capital. La búsqueda permanente de nuevos campos de valorización del capital lleva al sistema a incrementar sin límites la producción de mercancías innecesarias y dañinas que para lograr venderlas, y realizar así la plusvalía, exigen crear necesidades y mercados cada vez más artificiales. El productivismo -producir por producir- implica necesariamente consumir por consumir y forma parte, al igual que el fetichismo de la mercancía, del código genético del modo de producción capitalista. “El capitalismo no sólo no es nunca estacionario sino que jamás podrá llegar a serlo”, decía Schumpeter (2). Efectivamente, para que el capitalismo pueda ser estacionario debería abolirse la competencia entre los numerosos capitales que componen el Capital; algo totalmente absurdo.



Aún así, habrá quien objete que si la eficiencia en la utilización de los recursos aumentara más rápido que la masa de mercancías producidas, la reproducción ampliada del capital no significaría una utilización creciente de recursos naturales. Y si fuera así, el capitalismo sería ecológicamente sostenible. Estamos ante la tesis de la disociación entre el crecimiento del PIB y la huella ecológica ilustrada por la curva ambiental de Kuznets, según la cual el impacto ambiental de una determinada sociedad aumentaría hasta un punto y luego disminuiría en función de su riqueza, del desarrollo de sus fuerzas productivas.



Es cierto que de todos los modos de producción que han existido en la historia, el capitalismo es el que ha aumentado de formas más espectacular la productividad del trabajo y la eficiencia en la utilización de recursos. Lo es porque la búsqueda del sobre-beneficio que impulsa la mecanización favorece al mismo tiempo una economía creciente en la utilización de las riquezas naturales. Sin embargo, esta constatación no desmiente la naturaleza ecocida del sistema y la curva de Kuznets resulta falsa.



Por una parte, el aumento de la eficiencia no es necesariamente lineal en relación al incremento del capital fijo, que, de lo contrario nos llevaría a la conclusión de que el movimiento perpetuo es posible dado que un trabajo podría ser realizado sin pérdida de energía (grosero error cometido por los expertos que evaluaron que el consumo europeo de electricidad podría ser cubierto por el proyecto Desertec que explota los rayos solares en el Sahara) (3). Por otra, está empíricamente constatado que el aumento del volumen de producción va más allá de la compensación por el incremento de la eficiencia, que sólo es relativa. El caso del automóvil es ilustrativo: los motores son más sobrios, pero las necesidades globales en hidrocarburos y las emisiones de gas de efecto invernadero se incrementan de forma considerable debido al aumento incesante del parque de vehículos. El crecimiento capitalista es bulímico: implica, inevitablemente, un consumo creciente de recursos que es irreconciliable con la renovación de los mismos y con los límites de la naturaleza.



El incremento angustioso de problemas ecológicos graves nos lleva a plantearnos algunas preguntas: ¿cuáles son los límites teóricos del crecimiento capitalista y, por lo tanto, de la degradación medioambiental del capitalismo? Para responder bien a esta cuestión hay que tener en cuenta que el capitalismo es, ante todo, una relación social de explotación cuyo desarrollo fue históricamente posible por la apropiación previa que, en nombre del beneficio, realizaron las clases dominantes de los recursos naturales (tierra, agua, bosques…). Tras ella vino la apropiación de la fuerza de trabajo, transformada en mercancía asalariada. El pillaje de recursos y la explotación del trabajo -cuando se considera éste desde un punto de vista social- constituyen, por tanto, las dos caras de la misma moneda.



Ahora bien, si dejamos de lado su función social (la cooperación y sus formas), la fuerza de trabajo humano también puede ser considerada, bajo el ángulo termodinámico, como un recurso natural entre otros (el cuerpo humano es transformador de energía). En ese caso, el pillaje y la explotación ya no constituyen un único proceso de destrucción y el sobre trabajo puede ser descrito como una cantidad de energía acaparada por la patronal. Dicho esto, podemos responder a la cuestión sobre los límites teóricos del capital. De una parte, la expropiación de las y los productores directos, su alienación en relación a la tierra, ha creado una clase social cuyo único medio de subsistencia es la venta de su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Por otra, el empleador pone a disposición del trabajador o trabajadora asalariada todos los elementos necesarios para desempeñar su actividad productiva -herramientas, fábricas y energía- que han sido extraídos de la naturaleza o transformados a partir de ella por el trabajo. En este contexto y teniendo en cuenta que el aumento de la eficiencia solo es relativa, es obvio que la búsqueda incesante de sobre-beneficio por el productivismo capitalista pesa tanto sobre la fracción variable como la constante del capital, de manera que éste se ve inevitablemente obligado siempre a consumir una cantidad absoluta mas grande de fuerza de trabajo y de recursos naturales, a pesar de que favorece su economía relativa. La fórmula enigmática de Marx diciendo que el capital no tiene otro límite que el propio capital quiere decir sencillamente que este modo de producción no se detendrá mas que cuando haya agotado sus dos únicas fuentes de “riqueza; la tierra y el trabajador” .(4)



Esta conclusión deja poco lugar al optimismo de quienes se empeñan en creer, de forma obstinada, que un mecanismo endógeno aún no identificado podría bloquear el sistema antes de que sobrepase este límite teórico. Sin embargo, es necesario constatar que ese mecanismo no existe ni puede existir. Una vez más, la razón es simple y nos remite a las leyes fundamentales del capitalismo: este sistema, basado exclusivamente en la ley del valor-trabajo tiene por único fin la producción de valores de cambio y no la producción de valores de uso. De manera que, estando determinado su valor por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, el capital no dispone de ningún mecanismo que le permita tomar en consideración, espontáneamente, el estado real de las riquezas que la naturaleza pone a disposición de la humanidad gratuitamente. Símbolo y esencia del valor, el dinero, tanto por su abstracción como por la inversión completa de perspectiva que engendra (parece que el dinero otorga valor a las mercancías cuando son éstas quienes le confieren el valor a él) crea la ilusión de que sería posible una acumulación ilimitada. Conviene precisar que el capital, que contabiliza y mide todo, es incapaz de tomar en cuenta cualitativa y cuantitativamente las riquezas naturales, tal y como lo muestra la despreocupación total con la que destruye de forma irreversible los stocks de numerosos recursos naturales a pesar de las advertencias de todo tipo. Esta locura incluso encuentra teóricos entre los neoliberales que defienden, contra toda evidencia, la absurda tesis de la posibilidad de substitución integral de los recursos naturales por productos generados por la actividad humanan…



¿Respuesta política?



Es cierto que algunos capitales se invierten masivamente en el sector verde de la economía ya que, gracias a los subsidios públicos, los beneficios en ese sector son atractivos. Pero el capitalismo verde como tal es una contradicción en los términos. La única cuestión que merece la pena ver es en qué medida la ceguera ecológica del modo de producción mercantil podría estar compensada por medidas políticas exógenas a la esfera propiamente económica. A la vista de lo que hemos comentado más arriba, la respuesta es evidente: la eficacia de las políticas ecológicas depende totalmente de la determinación con que quienes las adoptan osan hacer frente a la libertad del capital; es decir, construyen una relación de fuerzas social necesaria para imponerlas (lo que, por otra parte, significa vincular la solución de la cuestión ecológica a la lucha de las y los explotados: la lucha contra el paro, la miseria, la desigualdad social, las discriminaciones y la degradación de las condiciones de trabajo). Y es ahí donde está el problema.



Probablemente Tim Jackson es uno de los autores no marxistas que mejor ha comprendido que la causa fundamental de la degradación medioambiental está en la lógica productivista del capitalismo. En Prosperidad sin crecimiento, se aleja de las explicaciones superficiales y escribe de forma pertinente que ”esta sociedad que echa todo a la basura no es tanto fruto de la glotonería de las y los consumidores como la condición de supervivencia del sistema”, un sistema que tiene necesidad de “vender cada vez más e innovar permanentemente.” (5) Pero Jackson evita llegar a la conclusión de este análisis: en lugar de poner en cuestión este modo de producción fija la atención en cuestionar “el deseo de novedad y de consumo que derivan de la naturaleza humana”. De ese modo, la montaña pare un ratón:



• En lo que respecta al medio ambiente, Prosperidad sin crecimiento aboga porque el poder político fije severos límites en a la utilización de los recursos en función, exclusivamente, de los límites medioambientales. Exactamente, es lo que convendría hacer…, sólo que no podemos fingir ignorar, como Jackson, que el mundo de los negocios se opone con éxito a cualquier regulación medioambiental drástica, incluso en aquellos casos en los que su necesidad no es puesta en cuestión;



• En el plano social, Jackson tiene el mérito de abogar por la reducción del tiempo de trabajo, sólo que subordinando esta medida a la conservación de la competitividad de las empresas, sin que pueda, por ello, cuantificarla. De hecho, para él, la reducción del tiempo de trabajo es una forma de flexibilidad, no una respuesta colectiva e inmediata al paro, ni un instrumento, mediante la no reducción del salario, para la redistribución de la riqueza. Por otra parte, no la contempla sino como el último recurso en caso de que la conversión de los economistas a un nuevo modelo macroeconómico no fuera suficiente para “desplazar el punto neurálgico de la actividad económica del sector productivo de valor hacia los servicios desmaterializados” . (6)



En general, todas las propuestas orientadas a corregir políticamente la naturaleza ecocida del capital tropiezan con los mismos obstáculos: la lógica del beneficio y la naturaleza de clase de las instituciones. (7)



El milagro de la internalización



Einstein dijo una vez que “No se puede resolver un problema con la forma de pensar que ha conducido al mismo”. Este teorema es perfectamente aplicable a la idea de que el capitalismo podría implicarse en la senda de la sostenibilidad si las instancias políticas cuantificarían el precio de los recursos naturales. Dado que la crisis ecológica es una consecuencia de la producción generalizada de mercancías, no va a ser a través de la “mercantilización” del agua, del aire, del carbono, de los genes o cualquier otra riqueza natural, que llegaremos a detener la destrucción medioambiental. Esta internalización de externalidades no sólo no nos acerca a una solución sino que, por el contrario, nos aleja de ella. La transformación de las riquezas naturales en mercancías implica su apropiación por el capital. A partir de ahí el asunto está claro, ya que sometiéndolas a la ley del valor-trabajo quedan excluidas de otro criterio de gestión que no sea la de obtener un beneficio.



En cualquier caso, y más allá de estas consideraciones, la cuestión fundamental es que el propósito de adjudicar un precio a las riquezas naturales se enfrente a una dificultad teórico insuperable: ¿cómo evaluar en términos monetarios los bienes cuya producción no es medible en horas de trabajo, que, por consiguiente, no tienen valor y cuya destrucción se da, además, diferida en el tiempo? La única respuesta que otorgan los economistas liberales a este rompecabezas es pelearse en torno a un impuesto de actualización; y se plantean la cuestión de la disponibilidad de los consumidores a pagar por el medio ambiente o… a aceptar su degradación. Por esa vía, los precios de las riquezas naturales varíaan según si las personas interrogadas son ricas o pobres… Llevado al límite, este método es claramente absurdo: ¿qué valor mercantil podríamos otorgar a un rayo solar sabiendo que la vida de la tierra dependa de él?



La puerta sin salida del cálculo mercantil aparece más clara en la propuesta de un impuesto-carbono para encarecer las energías fósiles frente a las renovables y, por lo tanto, reducir las emisiones de gas carbónico. Como se sabe, para tener alguna opción de no superar los 2ºC de incremento de la temperatura en relación al periodo pre-industrial es necesario que las emisiones de carbono disminuyan de aquí al año 2050 entre el 80 y el 95% en los países capitalistas desarrollados y de 50 al 85% a nivel mundial, situándose, a mucho tardar, el punto de inflexión en el año 2015 (8).



Esta horquilla de cifras, de las que lo más prudente sería tomar en consideración las más altas, implica abandonar las energías fósiles, que actualmente cubren el 80% de nuestras necesidades energéticas (siendo el oro negro la primera materia en la industria química) a lo largo de las dos próximas generaciones. En realidad, la amplitud de las reducciones que hay que realizar de manera urgente y la importancia de la diferencia de coste entre las energías fósiles y las renovables son tales que incluso un impuesto de 600 dólares por tonelada no sería suficiente (según la Agencia Internacional de Energía, sólo permitiría reducir las emisiones globales a la mitad de aquí al 2050). (9) Si tenemos en cuenta que la combustión de mil litros de gasóleo produce 2,7 toneladas de CO2 se puede comprender que, en la práctica, semejante medida sería socialmente inaplicable: los empresarios no la aceptarían más que si fuese integramente transferida a los consumidores finales, al mismo tiempo que la mayoría de la población, exhausta ya por la austeridad que padece desde hace treinta años, no podría aceptar un deterioro semejante de sus condiciones de existencia.



De ahí que, en la práctica, y a pesar de todas las sofisticadas teorías de los ecological economics, las propuestas políticas de internalización de los costos de la contaminación son a la vez ecológicamente insuficientes y socialmente insoportables. Partiendo de la premisa de que los obstáculos teóricos y prácticos pudieran ser superados, la eficacia de la internalización no dejaría de ser aleatoria, porque el precio no es más que un indicador cuantitativo, incapaz de distinguir entre las diferencias cualitativas entre una tonelada de CO2 evitada a través de medios tan diferentes como el aislamiento de una vivienda, la instalación de paneles fotovoltaicos, plantación de árboles o la supresión de un Gran Premio de Fórmula 1. En efecto, cuantitativamente no hay nada que distinga una tonelada de CO2 de otra. Ahora bien, las diferencias cuantitativas son decisivas a la hora de elaborar estrategias ecológicas adecuadas cuyas medidas estén en coherencia con el fin que se propone: la transición, sin generar un trauma social, a un sistema energético eficiente y descentralizado, basado únicamente en energías renovables.



Gestión racional del metabolismo y lucha de clases



El carácter ecocida del capital tomó cuerpo desde los orígenes del modo de producción capitalista. En el siglo XIX, el fundador de la química del suelo, Liebig, hizo sonar la alarma sobre este tema: fruto de la urbanización capitalista, los excrementos humanos dejarían de ser vertidos en el campo y esta ruptura del ciclo de nutrientes amenazaba con causar un grave empobrecimiento de los suelos. A resultas de estos trabajos, Marx eleva esta problemática a un terreno conceptual, planteando la necesidad general de una regulación racional de los intercambios de las materias (o metabolismo) entre la humanidad y la naturaleza (10). Más tarde, de forma anticipada y guiado por este concepto ecológico, vuelve sobre la cuestión de los suelos para adelantar una perspectiva programática radical: la abolición de la separación entre la ciudad y el campo que, desde su punto de vista, resultaba completamente indispensable junto a la desaparición progresiva de la separación entre trabajo manual e intelectual. Conviene insistir en una cosa: la expresión gestión racional no debe prestarse a la confusión. Para Marx, la naturaleza “es el cuerpo inorgánico del hombre”. El buen metabolismo de conjunto no se dará en base a una burocracia de tecnócratas verdes, sino a la supresión de las clases sociales, dado que la división de la sociedad en clases hace imposible una gestión consciente y organizada del intercambio de materias con el medioambiente.



No sólo porque la búsqueda del beneficio empuje a las empresas al pillaje de los recursos naturales sino porque su apropiación capitalista hace que los recursos naturales aparezcan, en relación a los explotados y explotadas, como fuerzas hostiles ante las que se encuentran alineados. A esto se le añade que la competencia entre las y los asalariados y el miedo al paro llevan a los trabajadores y trabajadoras, individualmente, a desear la buena marcha de su empresa y a colaborar de esa forma, involuntariamente, con el productivismo; y, finalmente, que a partir de un determinado nivel de desarrollo del capital, el consumo de mercancías procura a los trabajadores y trabajadoras ciertas compensaciones miserable. Todos estos mecanismos solo pueden ser contrarrestados con la más amplia solidaridad de clase. Es por ello que para Marx la gestión racional del metabolismo humanidad-naturaleza no podía ser realizado mas que por los productores asociados. Y a él le corresponde el haber precisado que ahí es donde reside la única libertad posible.



Aunque en determinadas tomas de posición políticas relativas a la cuestión agraria (11), se pueden encontrar en Lenin algunas referencias sobre esta cuestión de la gestión racional y que Bujarin realizara una presentación inteligente de la misma en su compendio sobre el materialismo histórico (12), este concepto marxista cayó pronto en el olvido. Ningún pensador marxista le ha otorgado la importancia que le corresponde y, sobre todo, ninguno ha visto el interés a referirse a él cuando a partir de los años 60 del siglo pasado la cuestión ecológica se plantea como una cuestión social de primer orden.



No es este el lugar para plantearse las razones de esta solución de continuidad en el marxismo revolucionario (13). Basta con poner en guardia al lector o la lectora contra interpretaciones simplistas: a pesar de que el estalinismo, también en este terreno, supuso una terrible regresión histórica, no es su única causa. (14). Así que, pondremos el acento sobre el hecho de que la ecología de Marx merece ocupar, con urgencia, un lugar central en el pensamiento teórico y en la elaboración programática de los marxistas.



El problema del recalentamiento climático ilustra esta necesidad. La saturación de la atmósfera por el CO2, principalmente debido a la combustión de combustibles fósiles -es decir, a un cortocircuito en el ciclo largo del carbono- constituye un caso flagrante de gestión irracional de los intercambios de materias; y esta irracionalidad sitúa a la humanidad ante un terrible dilema:



• De un lado, tres mil millones de personas viven en condiciones indignas. Sólo se pueden satisfacer sus legítimas necesidades aumentando la producción material. Es decir, transformando los recursos medioambientales. O sea, consumiendo una energía que hoy en día es de origen fósil en un 80% y genera el gas de efecto invernadero;



• Por otro lado, el sistema climático está al borde del infarto. Evitar catástrofes irreversibles (cuyas víctimas se contarán sobre todo entre esos tres mil millones de personas que aspiran a una vida digna) impone reducir radicalmente las emisiones de gas de efecto invernadero. Es decir, reducir el consumo de las energías fósiles necesarias para la transformación de recursos medioambientales.



En el corto espacio de 40 años que, según el GIEC, tenemos para ello y a menos que se de una revolución científica extraordinaria en el dominio energético, esta ecuación no puede encontrar una solución aceptable en el marco del capitalismo.



Efectivamente, un sistema basado en la obtención del beneficio a partir de la competencia es totalmente incapaz de satisfacer masivamente las necesidades humanas económicamente no solventes mediante la reducción durable tanto del consumo energético como de la producción material. Si ya alcanzar estos objetivos de forma separada, uno por uno, resulta incompatible con la lógica del capital, ¿cómo van a ser alcanzados al mismo tiempo? La imposibilidad del reto queda evidente si examinamos los escenarios climáticos propuestos por los gobiernos e instituciones internacionales.



El escenario Blue Map de la Agencia Internacional de Energía, por ejemplo, se plantea reducir las emisiones globales de aquí al 2050 en un 50% (15). Objetivo a todas luces insuficiente y que sólo se podría alcanzar recurriendo masivamente a la energía nuclear, a los agrocarburantes o autodenominado “carbón limpio” (CCS), dejando de lado el gas de esquisto y de las arenas bituminosas. Este panorama (el Blue Map) implicaría la construcción anual de 32 centrales nucleares de 1000 MW a lo largo de más de 40 años, así como 45 nuevas centrales térmicas de carbón de 500 MW equipados de CCS. Sobran las palabras: la terrible catástrofe de Fukushima en Japón ha demostrado sobradamente la aberración de estos proyectos.



Por consiguiente, sólo nos quedan dos opciones estratégicas:



• salir del capitalismo restringiendo radicalmente la esfera y el volumen de la producción capitalista de forma que sea posible limitar al máximo los daños del recalentamiento y garantizando un desarrollo humano digno basado exclusivamente en energías renovables y en la perspectiva de una sociedad que gravite sobre otra economía del tiempo; o



• continuar en la lógica de la acumulación capitalista, de la desregulación climática, restringiendo el derecho a la existencia de centenas de millones de seres humanos y en el que las generaciones futuras estarán condenadas a pagar los platos rotos de una huida hacia delante basada en tecnologías peligrosas.



Obviamente, elegiremos la primera. Pero es necesario insistir que la transición al socialismo está sujeta a compromisos medioambientales estrictos. No hay que subestimar la amplitud del desafío. En la Unión Europea, por ejemplo, reducir las emisiones en un 60% (¡cuando habría que reducirlas en un 95%!) sin recurrir a la energía nuclear, precisaría reducir la demanda energética final en un 40% (16). No resulta fácil medir lo que ello supone para la producción material y el transporte, pero parece evidente que el objetivo no podrá ser alcanzado simplemente con la eliminación de las producciones inútiles y dañinas (armamento, publicidad, yates de lujo y aviones privados, etc.), luchando contra la obsolescencia programada de los productos o suprimiendo el consumo ostentoso de las capas más ricas de la clase dominante… Serán necesarias medidas más radicales; medidas que, al menos en los países desarrollados, repercutirán sobre el conjunto de la población. Dicho de otro modo, la transición al socialismo se deberá hacer en condiciones muy distintas a las del siglo XX.



La estimación realizada de la participación de la agroindustria en la emisión total de gas de efecto invernadero nos proporciona algunos elementos. Según la campaña “No te comas el planeta”, del 44 al 57% de las emisiones de gas de efecto invernadero se deben al actual modelo de producción, distribución y consumo de productos agrícolas y forestales. Esta cifra se obtiene añadiendo a las emisiones derivadas de las actividades estrictamente agrícolas (11 al 15%), las de la deforestación (15 al 18%), las de la manutención, transportes y almacenamiento de los alimentos (15 al 20%) y la de los residuos orgánicos (3 al 4%) (17).

Por consiguiente, la lucha para estabilizar el clima al mejor nivel posible no debería limitarse a la expropiación de los expropiadores-contaminadores-despilfarradores: el cambio de las relaciones de propiedad no constituye más que la condición necesaria -pero no suficiente- para un cambio social profundo que implique la modificación sustancial de los modos sociales de consumo y movilidad. Estas cambios -desplazarse de otra manera, comer menos carne y consumir verduras de temporada, por ejemplo- hay que situarlos en el horizonte desde ahora mismo; es urgente y necesario y porque tiene implicaciones inmediatas. Y son posibles porque ponen en práctica mecanismos culturales e ideológicos que tienen cierta autonomía en relación a la base productiva de la sociedad. Aún cuando en sí mismo no provoquen ningún cambio estructural, hay que considerarlas como parte integrante de la alternativa anticapitalista. En la medida en que se traduzcan en prácticas colectivas, pueden favorecer tomas de conciencia y compromisos militantes.



Nuevos tiempos



El Programa de Transición escrito por León Trotsky en 1938 comienza afirmando que “desde hace mucho tiempo, la premisa económica de la revolución proletaria ha llegado al punto más elevado que puede alcanzar bajo el capitalismo” y concluía que “las premisas objetivas (…) no sólo están maduras, sino que han comenzado a pudrirse. Sin revolución socialista en el próximo período, la civilización humana está bajo la amenaza de ser arrasada por una catástrofe.” El fundador del Ejército Rojo se refiere en primer lugar al contexto histórico: victoria del fascismo y del nacismo, aplastamiento de la revolución española y la inminente guerra mundial. Sin embargo, su opinión sobre el pudrimiento de las condiciones objetivas parece tener una proyección histórica más amplia. Este tema vuelve a aparecer en los escritos de Ernest Mandel: “De hecho (a partir de cierto nivel) el crecimiento de las fuerzas productiva y el incremento de las relaciones mercantil-monetarias puede alejar a la sociedad, en lugar de acercarla, de su objetivo socialista.” (18)



Cita remarcable cuyas implicaciones estratégicas merecen ser exploradas. Porque, de hecho, estamos enfrentándonos a una situación sin precedente: a nivel de los países desarrollados, el capitalismo ha ido demasiado lejos en lo que respecta al crecimiento de las fuerzas productivas materiales, de tal modo que una alternativa socialista digna no puede significar continuar por esa vía sino, más bien, retroceder. (evidentemente, hablamos de las fuerzas materiales. No se cuestiona el desarrollo del conocimiento y la cooperación entre las y los productores). Esta nueva coyuntura histórica nos lleva a la necesidad imperiosa de producir y transportar menos con el fin de consumir radicalmente menos energía y suprimir totalmente las emisiones de CO2 fósil de aquí al final del siglo.



El hecho que el desarrollo de las fuerzas productiva materiales nos haya alejado objetivamente de una alternativa socialista constituye la clave de bóveda que fundamenta y justifica el nuevo concepto de ecosocialismo. Lejos de tratarse de una nueva etiqueta al uso, este concepto introduce al menos cinco novedades que he esbozado en mi libro El imposible capitalismo verde y a las que haré mención de forma breve:



1. Es necesario abandonar la noción del “control humano sobre la naturaleza”. La complejidad, las incógnitas y el carácter evolutivo de la biosfera implican un grado de incertitud irreductible. La imbricación de lo social y lo medioambiental debe pensarse como un proceso en constante movimiento, como un producto de la naturaleza.



2. Es necesario enriquecer la noción clásica del socialismo. En adelante, el único socialismo posible es aquel que satisfaga las necesidades humanas reales (despojadas de la alienación mercantil) democráticamente determinadas por las y los interesado, a partir de los recursos limitados que disponemos y cuestionándose seriamente sobre el impacto de las mismas y de la forma en que deben ser satisfechas.



3. Hay que ir más allá de una visión compartimentada, utilitarista y lineal de la naturaleza como especio físico en el que actúa la humanidad. A imagen de un centro comercial en el que se apropia de los recursos necesarios para la producción de su existencia y de un vertedero en el que deposita sus residuos. La naturaleza es todo a la vez: el centro comercial, el vertedero y el conjunto de procesos vivos que, gracias al aporte de la energía solar, distribuye la materia entre los distintos polos en constante reorganización. Los residuos y su almacenamiento deben ser compatibles, tanto cuantitativa como cualitativamente, con las capacidades y ritmos de reciclaje de los ecosistemas. Es decir, el buen funcionamiento del conjunto depende de la biodiversidad, que debe ser protegida.



4. Las fuentes de energía y los métodos de conversión no son socialmente neutros. Por consiguiente, el socialismo no puede definirse tal y como lo hizo Lenin: “los soviets más la electricidad”. El sistema energético capitalista es centralizado, anárquico, derrochador, ineficiente e intensivo en trabajo muerto; basado exclusivamente en fuentes no renovables y orientado hacia la acumulación capitalista. Una transformación socialista digna de ese nombre, tiene necesariamente que reemplazarlo de forma progresiva por un sistema descentralizado, planificado, ahorrador, eficiente e intensivo en trabajo vivo, basado exclusivamente en fuentes renovables y orientado a la producción de valores de uso durables, reciclables y reutilizables. Criterios que han de aplicarse a la producción energética en sentido estricto y al conjunto del aparato industrial, a la agricultura, al transporte, al ocio y la ordenación del territorio. Una transformación profunda como sólo puede realizarse a nivel mundial.



5. La superación del umbral a partir del cual el crecimiento de las fuerzas productivas materiales complican la transición al socialismo implica una actitud crítica hacia el incremento de la productividad del trabajo. En determinados dominios, la puesta en pie de una alternativa anticapitalista respetuosa con el medio ambiente exige reemplazar el trabajo muerto por el trabajo vivo. Es, manifiestamente, el caso de la agricultura, donde el sistema agroindustrial ultra mecanizado, gran consumidor de inputs y de energía fósil deberá ceder el lugar a otro modo de explotación más intensivo en trabajo humano. Lo mismo cabe decir en relación al sector de la energía. La producción descentralizada basada en energías renovables exigirá mucha mano de obra, sobre todo de mantenimiento. En general, la cantidad de trabajo vivo deberá aumentar radicalmente en todos los dominios vinculados directamente al medio ambiente. Lo mismo en lo que respecta al cuidado de las personas, la enseñanza y otros sectores en los que la izquierda considere necesario desarrollar el empleo público: la inteligencia y las emociones humanas, junto a una cultura de “cuidados” son, efectivamente, cuestiones que plantean la interacción con la biosfera.



Los espíritus dogmáticos pensarán que estas reflexiones abren la puerta a una revisión del marxismo revolucionario bajo la forma de concesiones a la ofensiva de austeridad contra la clase obrera en los países desarrollados. Nada de eso.



No tiene sentido ceder lo más mínimo a los discursos culpabilizadores que utilizan la crisis ecológica para tratar de desarmar a la clase obrera y a sus representantes. Una línea de demarcación clara entre el ecosocialismo de una parte, la ecología política y el decrecimiento de otra, es la actitud frente a la lucha de clases. Seguimos firmemente convencidos que las y los explotados aprenden en la lucha colectiva, comenzando por la defensa de los salarios, el empleo y las condiciones de trabajo. Toda lucha de los trabajadores y trabajadoras, incluso la más inmediata, tiene que ser apoyada y considerada como una oportunidad para aumentar el nivel de conciencia y orientarla hacia una perspectiva socialista. Desde esta perspectiva estratégica, la constatación de que, hacia delante, la transición socialista debe operarse en los límites que impone el medio ambiente no implica un debilitamiento de las posiciones anticapitalistas; al contrario, las refuerza.



Pero la verdad es revolucionaria y no se puede ocultar el hecho de que la transformación socialista implicará renunciar, y probablemente en gran medida, a ciertos bienes, servicios y hábitos que impregnan profundamente la vida cotidiana de amplias capas de la populación, al menos en los países capitalistas desarrollados. Por ello, hay que poner en primer lugar los objetivos capaces que compensen esta pérdida mediante un progreso sustancial en la calidad de vida. Creemos que es necesario que privilegiar dos pistas:



1. La gratuidad de los bienes básicos (agua, energía, movilidad) hasta un nivel social medio, lo que implica la extensión del sector público.



2. La reducción radical (59%) del tiempo de trabajo sin pérdida de salario, con contratos proporcionales y reducción de cadencias.



Marx decía que “Toda la economía se reducía, en última instancia, a una economía del tiempo”. Afirmar la necesidad de producir y de consumir menos es reivindicar tiempo para vivir y vivir mejor. Esto supone abrir un debate fundamental sobre el control del tiempo social, sobre lo que es necesario a cada cual, por qué y en qué cantidad. Supone despertar el deseo colectivo de un mundo sin guerras donde se trabaje menos y se trabaje de otra manera; un mundo en el que se contamine menos y en el que se desarrollen las relaciones sociales y se mejore sustancialmente el bienestar, la sanidad públicas, la educación y la participación democrática. Un mundo que no será menos rico como afirma la derecha, ni tan rico para la mayoría de la población, como dice cierta izquierda. Pero que será menos vacío, menos estresante, menos exprimido; en una palabra: más rico.



* Este artículo se publicará en Nouveaux Cahiers du Socialisme, septembre 2011





Notas



[1] Jared Diamond, Collapse. How Societies Choose to Fail or Survive, London, Penguin Books, 2005. Des critiques de la thèse de Diamond sont proposées notamment par Benny Peiser, « From ecocide to genocide : the rape of Rapa Nui », Energy and Environment, vol. 16, n° 3-4, 2005 ; par Terry L. Hunt, « Rethinking Easter Island’s ecological catastrophe », Journal of Archaeological Science, 2007, n° 34, p. 485-502 ; et par Daniel Tanuro, « Catastrophes écologiques d’hier et d’aujourd’hui : la fausse métaphore de l’île de Pâques », Critique Communiste, n° 185, décembre 2007.

[2] Joseph Schumpeter, Capitalisme, socialisme et démocratie, Paris, Petite Bibliothèque Payot, 1942.

[3] L. Possoz et H. Jeanmart, Comments on the electricity demand scenario in two studies from the DLR : MED-CSP & TRANS-CSP, ORMEE & MITEC engineering consultancy, Belgium, http://www.dlr.de/tt/Portaldata/41/....

[4] Karl Marx, Le Capital, Paris, Éditions sociales, Livre premier, Tome II, 1973 [1867], p. 181-182. Souligné par Marx.

[5] Tim Jackson, Prospérité sans croissance, Bruxelles, Etopia, 2010.

[6] Daniel Tanuro : « Prospérité sans croissance » : un ouvrage sous tension

[7] Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los indicadores alternativos o complementarios al PIB. Que el PIB no mide la calidad del medioambiente es una evidencia, porque su objetivo no es ése, como tampoco lo es el del capitalismo. El PIB mide la acumulación de capital… Por lo tanto, está perfectamente adaptado al capitalismo. Hacer créer que bastaría con modificar el intrumento de medida para que el sistema cambie de lógica muesta o ingenuidad o mala fe intelectual.

[8] GIEC, Contribution du Groupe de travail III au rapport 2007, page 776.

[9] AIE, Perspectives des technologies de l’énergie. Au service du plan d’action du G8. Scénarios et stratégies à l’horizon 2050, 2008.

[10] Karl Marx, Le Capital, Moscou, Éditions du Progrès, 1984 [1867], p. 855.

[11] Vladimir I. Lénine, La question agraire et les critiques de Marx, Moscou, Éditions du Progrès, 1973, chapitre IV.

[12] Nicholas Boukharine, La théorie du matérialisme historique. Manuel de sociologie marxiste, Paris, Anthropos, 1967.

[13] Daniel Tanuro, « Marxism, energy, and ecology : The moment of truth », Capitalism Nature Socialism, deécembre 2010, p. 89-101.

[14] Daniel Tanuro, Écologie : le lourd héritage de Léon Trotsky.

[15] AIE, op. cit.

[16] Wolfram Krevitt, Uwe Klann, Stefan Kronshage, Energy Revolution. A Sustainable Pathway to a Clean Energy Future for Europe, Stuttgart, Institute of Technical Thermodynamics & Greenpeace, septembre 2005.

[17] Rapporté par Esther Vivas, «  Ne mange pas le monde  » : Une autre agriculture pour un autre climat, traduction française d’un article dans le quotidien catalan Publico.

[18] Ernest Mandel, Ten Theses on the Social and Economic Laws Governing the Society Transitional Between Capitalism and Socialism.

[19] Daniel Tanuro, L’impossible capitalisme vert, Paris, La Découverte, 2010.

lunes, 4 de abril de 2011

Fukushima: un escenario apocalíptico

Las condiciones en la planta nuclear de Fukushima Daiichi se están deteriorando por momentos, y la posibilidad de entrar en un escenario apocalíptico cobra fuerza. El domingo los directivos de Tokyo Electric Power Co. (TEPCO) informaron de que los niveles de radiación detectados en el agua de mar alrededor del reactor número 2 eran 100.000 veces más altos de lo normal, y la radiación medida en el aire llegaba a una altura 4 veces mayor que el límite legal establecido por el gobierno. Debido a ello, los equipos de emergencia tuvieron que ser evacuados y llevados a un lugar seguro alejado de la planta. La perspectiva de una fusión completa del núcleo de alguno de los reactores, o de una catástrofe ambiental de incalculables proporciones, aparece ahora más real que nunca. La situación está claramente empeorando.


Si las barras de combustible nuclear ya utilizado arden debido a la falta de refrigeración, el intenso calor producido va a alzar la radiación hasta altas capas de la atmósfera, esparciéndola a lo largo de todo el planeta. Ese es el peor escenario posible, una pesadilla de nubes de material radioactivo inundando durante meses el planeta con toxinas letales para todo tipo de vida. Y según el Instituto Central de Meteorología y Geodinámica de Viena, ese nefasto proceso de hecho ya ha empezado. Sus técnicos declararon a New Scientist que:

"La planta nuclear dañada en Japón ha estado emitiendo yodo y cesio radiactivo a unos niveles parecidos a los que se detectaron justo después del accidente de Chernobyl en 1986. Los investigadores austriacos han utilizado una red de medidores de radiación de alcance mundial – diseñada para detectar pruebas de armamento nuclear clandestinas - para demostrar que se están emitiendo diariamente niveles de yodo-131 del orden de un 73% de los observados tras el desastre de 1986. Y la emisión diaria de cesio-137 que sale de Fukushima Daiichi equivale aproximadamente al 60% de la emitida por Chernobyl (New Scientist, marzo 24 – del artículo de Michael Collins "Dijeron que no era como Chernobyl y estaban equivocados").

Así pues, partículas radioactivas volátiles están ya subiendo hasta los corredores aéreos que utilizan los aviones, y por lo tanto están siendo esparcidas por todos los continentes. Pero la diferencia en este caso es que las cantidades son mucho mayores de lo que eran en Chernobyl, y por lo tanto el peligro es también mucho mayor. Según el mismo grupo de científicos, “la planta de Fukushima tiene alrededor de 1.760 toneladas de combustible nuclear nuevo o ya usado” mientras que “el reactor de Chernobyl tenía sólo 180 toneladas”. Los problemas generados en una única instalación nuclear están pues poniendo en peligro a los seres humanos y otras especies de todo el planeta. ¿Es esto a lo que se refería Obama cuando tildó la energía nuclear de “segura y sostenible”?

El siguiente extracto es de la CNN:

"Las autoridades japonesas informaron el viernes de que era posible que hubiera una grieta en la vasija de contención del reactor número 3 en la central nuclear de Fukushima Daiichi dañada por el terremoto, lo que son muy malas noticias en la lucha por evitar una fuga de radiación a gran escala”.

Y este del New York Times:

"Un alto directivo del ámbito de la energía nuclear, que insiste en permanecer en el anonimato pero que tiene amplios contactos en Japón, ha declarado que hay una larga grieta vertical que baja por el lateral de la vasija de contención del propio reactor. La grieta llega hasta debajo del nivel del agua y por ella se han estado filtrando fluidos y gases. Según sus propias palabras:

“Hay sin duda una grieta en la vasija – va de arriba a abajo y es bastante grande. Y el problema con las grietas es que nunca se hacen más pequeñas” (información obtenida de Washington's Blog).

Así que hay una grieta en la vasija de contención y hay materiales radioactivos que se están liberando al mar, matando peces y al resto de la vida marina y transformando las aguas costeras en un erial radioactivo. Según el Kyodo News:

"Una problemática más es el creciente nivel de contaminación en el mar alrededor de la planta... En una muestra de agua marina que se tomó el sábado a unos 330 metros al sur de las instalaciones, cerca del sistema de drenaje de los 4 reactores afectados, contenía yodo-131 radiactivo en una concentración 1.850,5 veces mayor que el límite legal permitido, comparado con las 1.250,8 veces más que se habían detectado el viernes, informa la agencia.

Nishiyama dijo en la conferencia de prensa de la mañana que no podía negar la posibilidad de que haya materiales radiactivos filtrándose continuadamente al mar. Más tarde afirmó que el agua hallada en la base de los edificios de las turbinas es improbable que haya llegado al mar y generado contaminación” ("Se suceden las malas noticias sobre el agua radioactiva en la planta nuclear”, Kyodo News).

Como era de esperar, los medios de comunicación han pasado a una actitud del estilo “vertido de crudo de BP”, haciendo todo lo posible por minimizar el desastre y tranquilizar a la opinión pública con medias verdades y desinformación. El objetivo es ocultar la magnitud de la catástrofe y proteger a la industria nuclear. Se trata de otro caso de “los beneficios por delante de las personas”. Pero aún así, la verdad está ahí para quienes quieran entreverla tras las mentiras. Ha aparecido radiación en el suministro de agua en Tokyo, las importaciones de leche, verduras y fruta procedentes de cuatro distritos cercanos a Fukushima han sido prohibidas, y el radio de la zona de evacuación alrededor de la planta se ha ensanchado hasta los 25 kilómetros.

Además, los sensores han detectado minúsculas partículas radioactivas que han salido de la zona del reactor y han viajado por el Pacífico hasta los EEUU, el Atlántico y Europa... según Reuters: “Es cuestión de días que se disperse por todo el hemisferio norte”, dijo Andrea Stahl, uno de los principales científicos del Instituto Noruego de Investigación del Aire”.

Y lo siguiente lo comenta Brian Moench, de MD:

"Los portavoces de la Administración no dejan de repetir que “no supone una amenaza” el que la radiación haya alcanzado los EEUU desde Japón, igual que hicieron con la hemorragia de petróleo en el Golfo. Tal vez deberíamos todos silbar un "Don't worry, be happy" al unísono. Sin embargo una mínima reflexión científica lleva a una segunda interpretación.

Que la radiación esté siendo liberada a 7.500 km. de distancia no es tan tranquilizador como parece... Cada día, los flujos de aire de los corredores aéreos traen contaminación de las nubes de humo y polvo asiáticas del desierto de Gobi hasta nuestras costas occidentales, contribuyendo entre el 10% y el 60% al total de contaminación que respiran los californianos, según la época del año que sea. El mercurio posiblemente sea la segunda sustancia más tóxica que se conoce después del plutonio. La mitad del mercurio que hay en toda la atmósfera de los EEUU se origina en China. Es decir, también a 7.500 km. de distancia. Una semana después de que se hiciese un ensayo de armamento nuclear en China, se halló yodo-131 en las glándulas tiroides de los ciervos de Colorado, a pesar de que no había podido ser previamente detectado en el aire o en la vegetación circundante” (Washington's Blog).

Los restos humeantes de Fukushima son una permanente máquina de muerte que envenena todo a su alrededor – el mar, el cielo y el suelo. Un fragmento del artículo de Collins:

"…La contaminación en el suelo es realmente alta. En el suelo a 40 kilómetros de distancia... los niveles de contaminación eran muy altos – de hecho, mil veces más yodo de lo normal, 4.000 veces el estándar de cesio. Y acabamos de recibir un informe del Dr. Tetsuji Imanaka del Instituto de Investigación en Reactores de Kyoto, donde explica que aunque tiene que estudiar con más detalle las muestras del gobierno japonés, según como estén hechas esas muestras el nivel de contaminación puede ser el doble del que hizo obligada la evacuación alrededor de Chernobyl. Aileen Mioko Smith, 24 de marzo (del artículo de Michael Collins "Dijeron que no era como Chernobyl y estaban equivocados").

Ya hay el doble del que había en Chernobyl, y el desastre posiblemente siga durante meses. La situación está empeorando, está empeorando mucho.

El gobierno japonés ha estado minimizando la crisis para que parezca que tiene la situación bajo control, pero es todo una farsa. No controla nada. La misión de rescate fue un fracaso desde su mismo inicio y ahora la cosa está a punto de estallar. Las medidas de emergencia han sido sobrepasadas por los acontecimientos y ahora es ya sólo cuestión de esperar y ver qué pasa. Nos acercamos a un final definitivo.

Pero entonces, ¿porqué encubrirlo? ¿Porqué tratan los medios de comunicación de suavizar los verdaderos efectos de una catástrofe nuclear? ¿Cree realmente el gobierno japonés que va a hacer mejor las cosas manejando estratégicamente sus relaciones públicas? Deberían centrarse en salvar vidas y dejarse de “gestionar la percepción del público”. Lo que sigue puede encontrarse en la página web de la Union of Concerned Scientists:

"Nuestra valoración es que el gobierno japonés está desaprovechando la oportunidad de iniciar una evacuación ordenada de una gran área alrededor de la planta – especialmente de la población más vulnerable, como los niños y las mujeres embarazadas. Está potencialmente desperdiciando un tiempo precioso al no estar llevando a cabo ya ahora una mayor operación de evacuación”.

El gobierno japonés trata de proteger al poderoso lobby nuclear. Y lo mismo hace Obama, quien sigue promoviendo la energía nuclear incluso mientras Fukushima escupe radiación. No está pensando en el interés público; se está preocupando de los generosos donantes que llenan los cofres de sus campañas electorales.

Y los trabajadores japoneses se están jugando sus vidas para recuperar el control de la central averiada, pero con escaso éxito. La probabilidad de que haya otro incendio, otra monstruosa explosión, o de que se funda el núcleo de algún reactor aumenta cada día. El desastre de Fukushima se acerca y pone en peligro a decenas de miles de personas, para quienes aumentará drásticamente el riesgo de contraer cáncer de tiroides, leucemia infantil y otras enfermedades mortales.

El sábado, el primer ministro japonés Naoto Kan dijo que la situación en la planta nuclear de Fukushima era “seria”. Eso puede que se convierta en la frase más desafortunada del siglo.

Mike Whitney es un analista político independiente que vive en el estado de Washington y colabora regularmente con la revista norteamericana CounterPunch.

Traducción para www.sinpermiso.info: Xavi Fontcuberta

Counterpunch, 30 marzo 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

El plan B de la minera Greystar por el oro de Santurbán

Por Omar G Ahumada Rojas
El Tiempo
III 20 2011

Con explotación subterránea, se dará 2 millones de onzas de oro, con cielo abierto 7,1 millones.


Si el ministro de Minas, Carlos Rodado, sorprendió con el anuncio anticipado de que la minera Greystar retiraba la solicitud de licencia técnica y ambiental para el proyecto de oro de Angostura, en Santander, más asombro causó la revelación por parte de la minera, en el sentido de presentar una alternativa para la extracción del valioso mineral, que consiste en hacerlo de forma subterránea. Esta semana, las directivas de la compañía se reunirán con Rodado y con la ministra de Ambiente, Beatriz Uribe, con el fin de discutir la forma en que se puede modificar el proyecto.

Tras perder el primer tiempo de este partido, este plan B va más allá de manifestar la intención de querer hacerlo, pues la compañía también sorprendió al revelar que que ya realizó una evaluación económica preliminar para iniciar una operación a través de socavones, cuyo foco es la zona más rica en oro.

Nuevos cálculos

Ahora, estos análisis prevén la explotación de 14 millones de toneladas de materiales, de los cuales se obtendrían 5,34 gramos de oro por cada tonelada y se producirían 29,6 gramos de plata por tonelada.

La nueva opción estima la explotación de 4.000 toneladas por día y una operación de la planta de flotación de 3.300 toneladas diarias, con lo cual, después de un año de iniciar en firme el proceso, se obtendrían cerca de 200.000 onzas de oro anuales en los primeros siete años, "antes de que la producción disminuya debido a limitaciones del recurso".

Al comparar estas cifras con las metas que se proyectaban para la operación a cielo abierto, la reducción en la producción será sustancial, incluso por debajo de la mitad, pues el proyecto retirado contemplaba una producción anual de 511.000 onzas de oro. En resumen, la proyección total del proyecto pasará de 7,1 millones de onzas a sólo 2 millones de onzas de oro.

Entre tanto, si las autoridades mineras y ambientales le dan la bendición a la nueva propuesta de Greystar, el proyecto Angostura produciría 8 millones de onzas de plata.

Los cálculos de rentabilidad también son detallados.

La canadiense estima que los costos de producción por cada onza de oro serán de 395 dólares, después de los créditos de plata, frente a un precio del oro de 1.015 dólares por onza a largo plazo.

Greystar no sólo mantiene la promesa de asegurarse de que su proyecto no afectará la calidad del abastecimiento de agua de Bucaramanga, su área metropolitana y la Provincia de Soto Norte, sino que mantendrá informada a la comunidad sobre el nuevo plan.

Algo difícil de creer

Entre tanto, los contradictores del proyecto que fracasó tampoco ven que la nueva fórmula sea viable.

Para el director de Fenalco Santander, Erwing Rodríguez-Salah, resulta difícil creer que la empresa vaya a proceder de forma responsable, porque se trata de una compañía sin experiencia y que fue sancionada por la Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga por incumplir el plan de manejo ambiental en la fase de exploración.

El gremio de los comerciantes en ese departamento considera que ahora lo más importante es la declaratoria del páramo de Santurbán como parque natural en la zona que corresponde a Santander.

Agrega que el debate no se puede quedar en la fijación de un límite de 3.000 metros sobre el nivel del mar, ya que el ecosistema del páramo comprende los páramos, subpáramos y el bosque alto andino. "Es un ecosistema que no se puede ver a pedazos", dijo.

Fenalco plantea un estricto control a la explotación ilegal por parte del Estado, que debe voltear su mirada hacia estas municipalidades y buscar la reorientación de su actividad económica, como por ejemplo hacia el ecoturismo.

Sin embargo, expertos ven muy complicado dar un giro tan radical, teniendo en cuenta los altos precios que se están pagando por el oro en los mercados local e internacional, que incentivan la extracción del material de una forma u otra. El presidente de la Cámara Colombiana de la Minería, César Díaz, señala que mientras los opositores piensan que Colombia es el único país del mundo que utiliza cianuro, el químico se emplea en minería en más de 30 naciones con minería de oro.

Era la salida más sensata

La propuesta tendrá en cuenta las inquietudes

La minera canadiense Greystar reconoce que el retiro de la solicitud de licencia para la explotación a cielo abierto era la salida más sensata, luego del evidente rechazo de los gobiernos regional y nacional, y de la comunidad de Bucaramanga.

La empresa quiere asegurar que la futura aplicación del proyecto reflejará las inquietudes presentadas, porque esto permitirá obtener la licencia para operar en forma sostenible.

Debate

Hay que tener cuidado, porque se trata de una empresa que ha sido sancionada por las autoridades ambientales.

Erwing Rodríguez-Salah

Director de Fenalco En Santander

Esperamos que Greystar realice los ajustes necesarios que garanticen que el proyecto contará con licencia ambiental.

Cesar Díaz Guerrero

Cámara Colombiana de La Minería

La riqueza minera sólo se puede convertir en prosperidad si respeta las normas ambientales y usa prácticas internacionales.



Carlos Rodado Noriega

Ministro de Minas y Energía



Ómar G. Ahumada Rojas

Jurisprudencia social

Por: Alfredo Molano Bravo
EL espectador
III 20 2011

POR AHORA TODO INDICA QUE LA Greystar retiró la solicitud de licencia para llevarse el oro, la plata, el cromo, el zinc, el cobre, el estaño, el plomo y el manganeso del páramo de Santurbán.


No fue, sin duda, una decisión fundada en su sensibilidad ambiental, sino en un hecho simple: la tenían perdida desde el punto de vista legal: la explotación de minas en los páramos está prohibida. Punto. El gobierno de Uribe —siniestro también en materia ambiental— aceptó evaluar el estudio de impacto elaborado por la compañía siendo sólo una concesionaria. Manuel Rodríguez, uno de los críticos más solventes y ácidos del proyecto, tildó de aberrante el procedimiento. Con el cambio de gobierno que declaró locomotora de la economía nacional a la minería, que contabilizó las ganancias de Santurbán y La Colosa en el Plan Nacional de Desarrollo y nombró ministra del Medio Ambiente a Sandrita Bessudo, una excelente nadadora submarina especializada en el tiburón martillo, pocas esperanzas había de un timonazo en materia de política ambiental. Pero como vivimos en el país de La Perrilla, “donde sale lo que no se espera”, el ministro Rodado Noriega advirtió en la Feria Minera de Toronto: “De ninguna manera, de acuerdo con la legislación colombiana, es posible hacer minería en páramo”. El Gobierno desconfiaba de los estudios de la Greystar y de la llamada responsabilidad ambiental de la compañía y era posible que negara la licencia. Total, a la multinacional no le quedaba otro camino que retirar la solicitud, lo que no quiere decir que haya renunciado a presentarla en el futuro, apelando quién sabe a qué tinterillada. No es fácil resignarse a perder 511.000 onzas de oro y 2,3 millones de onzas de plata.



Para el Gobierno tampoco era sencillo desconocer la poderosa oposición ciudadana que desencadenó el proyecto. El argumento principal fue la contaminación de las fuentes de agua que alimentan los acueductos de una población de dos millones de personas, incluidas Bucaramanga y Cúcuta. “El agua vale más que el oro” fue la consigna. Convergieron en un vasto movimiento de oposición crítica las reflexiones de las organizaciones ambientalistas, los intereses gremiales, las reacciones del gobernador Serpa y del senador Robledo y las denuncias de los medios. Para rematar, El Espectador trajo a Al Gore. La resistencia de la ciudadanía contra los planes y procedimientos de la compañía canadiense y contra la presión de la Embajada de Canadá fue el soporte del movimiento. Sin duda, las recientes tragedias en las minas de carbón en Amagá y Sardinata, las inundaciones de pueblos, la brutalidad de la explotación del carbón en Cesar, las playas negras de carboncillo en Santa Marta, las íntimas relaciones de la minería de oro con el paramilitarismo han hecho crecer lo que se podría llamar “conciencia social ambiental” en el país. El efecto en perspectiva es la defensa del agua como bien público y, claro está, la de los páramos, humedales, ríos y quebradas. Al Gore dijo que la costa atlántica será un desierto en 50 años. El movimiento no se puede limitar a la Greystar. En Santurbán hay siete empresas medianas con licencia y muchas sin ella. Más aún, en las 100.000 hectáreas de nuestros páramos han sido otorgados 391 títulos mineros. El movimiento debe ir más allá, como pide Manuel Rodríguez: declarar una moratoria de grandes proyectos mineros hasta saber sus verdaderos efectos ambientales y sociales. El cuento de que lo que es bueno para los bolsillos de los grandes depredadores es bueno para todo el país –porque genera regalías y empleo– no es sólo una falacia sino, en el fondo, un crimen.



La amenaza a los páramos no es sólo la minería: los cultivos de papa y la ganadería avanzan destrozando fraylejonales, desecando lagunas, arrasando bosques. De los páramos habrá que ir a los valles y de las cordilleras a las sabanas. En mora está la evaluación científica del impacto que tendrán sobre los humedales y las fuentes de agua del Llano los grandes proyectos agroindustriales que están en marcha. La Orinoquia colombiana guarda la tercera parte del agua de todo el país. No se puede contribuir irresponsablemente a la desertización de gran parte del territorio en aras de un desarrollo tan parcializado como gravoso. Tampoco se podrá pasar de agache con la desecación de ciénagas en el bajo Magdalena, un fenómeno que tiene cercados los espejos de agua, arrinconados a los pescadores y ahogados a los campesinos. La conciencia ambiental deberá seguir poco a poco el curso de las corrientes. Es muy difícil, después del gran triunfo de Santurbán, que el movimiento por el agua se evapore. Más que un antecedente jurídico, el hecho es una jurisprudencia social y política trascendental.



Nota. Escrito lo anterior, se acaba de conocer un comunicado de la Greystar donde dice haber sido malinterpretada y que retira la solicitud actual de licencia solo para hacer una nueva; no renuncia, por tanto, al Proyecto Angostura. ¿Se trata de una maniobra más de una empresa acostumbrada a poner de rodillas a los gobiernos y a las comunidades y a engañar a la opinión pública? El gobierno colombiano debe pronunciarse sin ambigüedades porque la palabra del ministro Rodado está empeñada.

 Elespectador.com

jueves, 17 de marzo de 2011

"LA ECONOMÍA CAPITALISTA Y PARTICULARMENTE EL CAPITALISMO FINANCIARIZADO ES EL CÁNCER DE LA BIOSFERA"

Jorge Riechmann / Rebelión III-17-2011


Transcripción de la presentación del Informe sobre Energía "Cambio Global 2020/50" CONAMA 10

Les propongo unas reflexiones finales en torno a la cuestión de la energía. A mi entender la pinza de la doble crisis energética que padecemos, el final de la era del petróleo barato, más en general de los combustibles fósiles tal y como los hemos empleado en el siglo XX por una parte, y la desestabilización del clima del planeta por otra parte, esa pinza está atenazando las posibilidades de vida humana decente sobre el planeta Tierra.


Ahora no se trata ya de evitar que la generación de los hijos, en ese horizonte 2020/2050 que plantea el Informe que hoy presentamos, no se trata –decía-- de evitar que la generación de los hijos viva peor que la de los padres. Eso en cierto sentido resulta inevitable, por ejemplo no se repetirá la sobreabundancia energética del siglo XX con el terrible despilfarro concomitante. Pero en otro sentido es muy engañoso, no se debería identificar una vida buena, una vida decente, con el empobrecedor consumismo que se nos vendió como tal. Hoy --ya digo-- el horizonte es otro, aunque cueste tanto mirarlo de frente. Se trata de evitar una regresión civilizatoria, una catástrofe ecológico-social que dejaría chiquitas las grandes crisis que la humanidad tuvo que hacer frente en el pasado. Y el tiempo disponible para actuar está menguando de forma dramática. En lo que se refiere al calentamiento climático y al cénit del petróleo y el gas natural estamos en la cuenta atrás. También lo estamos en otras dimensiones de la crisis económico-social, acaso menos visibles pero no menos peligrosas, como la hecatombe de diversidad biológica que también estamos causando por un conjunto de causas que en realidad son comunes. Menciono eso y lo dejo de lado porque no es la cuestión que nos reúne hoy aquí.

Quizá recuerden ustedes la revista Bulletin of the Atomic Scientists que fundó en 1947 un grupo de físicos atómicos en EEUU ante la perspectiva muy sombría de la guerra fría que comenzaba entonces. Una característica de esa publicación, que sigue publicándose en EEUU, es un reloj que aparece en su cabecera y que desde aquellos años iniciales de la guerra fría viene marcando los minutos que probablemente nos separan de un cataclismo nuclear, el cual correspondería a la medianoche: es un reloj que marca un tiempo antes de la medianoche. Desde 1947 el minutero cambió de posición 17 veces, con un mínimo de dos minutos en 1953, el año en que EEUU y la Unión Soviética realizaron sus primeras pruebas con bombas de hidrógeno, y con un máximo de 17 minutos en 1997. Pues bien, en el número de enero y febrero de 2007, el reloj que estaba marcando 7 minutos desde 2002 se adelantó dejando la distancia a la medianoche en 5 minutos. Pero la novedad, lo relevante, es que se trataba de la primera vez que el desplazamiento horario tenía lugar en relación con un suceso no nuclear. No estaba ya hablando de la posibilidad de un enfrentamiento con armas atómicas. En el texto de ese número se leía: “Las armas nucleares todavía plantean la amenaza a la humanidad más poderosa, pero el cambio climático y las tecnologías emergentes han acelerado nuestra capacidad de autodestrucción”. Toda la información científica de que disponemos hoy confirma esa apreciación de los redactores del Bulletin of the Atomic Scientists. Cinco minutos antes de la medianoche, pero no por una guerra nuclear sino por la devastación equiparable en su orden de magnitud que puede venir de la mano del calentamiento climático y el cénit del petróleo.

La Red de científicos Global Carbon Project, ya lo saben ustedes, vigila la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera y en particular de dióxido de carbono. En otoño de 2009 advirtió: a finales del siglo XXI la temperatura promedio del planeta podría aumentar en 6oC si continuamos emitiendo gases de efecto invernadero en la forma descontrolada en que lo estamos haciendo ahora. En un mundo seis grados más caliente en promedio las zonas habitables para los seres humanos se reducirían drásticamente. La mayoría de la población humana del planeta se convertiría en excedente. Las posibilidades de mantener una civilización compleja serían casi nulas.

Ángel evocó al comienzo de esta sesión el informe Los límites del crecimiento del Club de Roma de 1972. Uno de los autores de aquel informe, Dennis Meadows , uno de los coordinadores y autores principales de ese mismo informe, a quien entrevistaba La Vanguardia hace no mucho tiempo en una visita a nuestro país, advertía: “Dentro de cincuenta años la población mundial será inferior a la actual, seguro. Las causas serán un declive del petróleo que comenzará en esta década, cambios climáticos… Descenderán los niveles de vida y un tercio de la población mundial no podrá soportarlo”. De hecho, si la temperatura promedio aumenta en seis grados incluso esa espantosa previsión referida a un tercio de la población mundial será demasiado optimista.

Sólo entre 2000 y 2008 las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera aumentaron un 29%. En los años 2008 y 2009 la crisis económica ralentizó este crecimiento pero el alivio ha durado muy poco. Según pudieron leer ustedes ayer y hoy mismo en la prensa, la misma fuente científica, universidades de las que están en el Global Carbon Project, en un estudio recién publicado anticipan que en 2010 las emisiones mundiales del principal gas de efecto invernadero crecerán un 3% retomando la senda de incremento de 2000 a 2008. Esa senda que nos lleva a seis grados o más de aumento de temperaturas a finales del siglo XXI.

Un clima estable, un abastecimiento energético suficiente y sostenible o el adecuado suministro de crédito a una economía que haga las paces con la naturaleza son bienes comunes. La racionalidad económica, ecológica o social nos dice que los sistemas que garantizan estos bienes no pueden ser privados ni gestionarse buscando el máximo beneficio para las minorías rentistas que nos han llevado al borde del abismo.

Creo que vale la pena atender a la reflexión que hacía no hace tanto Susan George: “Una economía capitalista conlleva a la existencia del mercado pero lo contrario no es verdad, todo depende de la clase de mercado de que se trate. El sueño neoliberal del mercado autorregulado se ha revelado finalmente como una pesadilla y una bestia mitológica. El debate no debería centrarse en decir sí o no al mercado sino más bien en qué artículos deberían ser comprados y vendidos a precios fijados con arreglo a la oferta y la demanda, y cuáles deberían ser considerados bienes y servicios comunes o públicos cuyo precio tendría que fijarse en función de su utilidad social. Mi lista de bienes públicos o comunes --decía Susan George-- comenzaría con uno que hace una década no aparecía: un clima adecuado para los seres humanos. Actualmente el clima es un bien común porque el bienestar de todos depende de él, lo cuál no impide los intentos de convertirlo en un artículo rentable y comercializable por medio de permisos y compensaciones relativas a la contaminación. Se trata de un enfoque erróneo aunque solo sea porque el mercado presupone la existencia continuada de la mercancía comercializada, en este caso las emisiones de dióxido de carbono, que es exactamente lo que hemos de eliminar”. Y terminaba Susan George diciendo: “La siguiente lista más convencional de bienes públicos intentaría reparar el daño de décadas de privatización e incluiría no solo puntos obvios como la salud, la educación y el agua, sino también la energía, buena parte de la investigación científica y los fármacos, así como parte del crédito financiero y el sistema bancario”.

Hoy los poderes financieros e industriales que nos han llevado a este violento choque contra los límites biofísicos del planeta que marca nuestra época están recomponiendo su dominio tras la fuerte conmoción de 2007, 2008 y 2009. Si lo consiguen, si la guerra de los ricos contra el mundo que llamamos neoliberalismo prosigue su curso, como lo vino haciendo durante los tres decenios últimos, la repetición de la crisis está asegurada. Pero quizá en la siguiente gran crisis sistémica no tengamos ya ni el mínimo margen de maniobra necesario para llevar a cabo una transición no catastrófica. Como se ha dicho, quizá el capitalismo se recupere de esta crisis sistémica pero entonces el mundo probablemente no podrá recuperarse ya de la siguiente crisis capitalista.

En sociedades desiguales, donde una gran fracción de la riqueza y el poder se concentra en los estratos superiores, la preservación del statu quo absorbe casi todos los esfuerzos de estas capas que harán lo posible y lo imposible por retener sus privilegios. Esto se aplica igual a las élites de las antiguas ciudades sumerias que a los banqueros de Wall Street. Sólo las sociedades igualitarias puedes ser sustantivamente racionales en sentido histórico: aprender del pasado para anticipar y sortear con éxito los problemas del futuro.

A veces se nos dice que el ser humano es como un cáncer de la biosfera. Creo que no es así. La economía capitalista y particularmente el capitalismo financiarizado es el cáncer de la biosfera. Mi maestro Manuel Sacristán lo formuló con claridad en uno de sus textos clave, la comunicación a las Jornadas de Ecología y Política de 1979: “No es posible conseguir mediante reformas que se convierta en amigo de la Tierra un sistema cuya dinámica esencial es la depredación creciente e irreversible”. O logramos poner fuera de juego la dinámica de acumulación ciega de capital, o quebramos el doble movimiento de endeudarse para crecer y luego crecer para pagar las deudas, o estamos perdidos.

Sabemos desde hace mucho que las catástrofes sociales pueden desencadenarse en un lapso de apenas unos años. Ahora sabemos también que las peores catástrofes ecológicas, grandes cambios climáticos por ejemplo, pueden ocurrir en un lapso de solo decenios. Estamos, les decía, en la cuenta atrás.

Las sociedades humanas van a reajustarse a la biosfera sí o sí. La idea de que podemos vivir haciendo caso omiso de las constricciones ecológicas y termodinámicas es nueva, apenas se ha abierto pasa en los últimos doscientos años y sobre todo en los últimos decenios, en ese periodo de la revolución industrial y la expansión del capitalismo. Es una idea por tanto muy nueva, es insensata --y tendrá una vida breve en términos históricos. La opción se nos da entre una transición ordenada --para la cual nos queda cada vez menos margen-- o un cambio descontrolado y catastrófico. Vamos hacia un tiempo mucho más turbulento y doloroso de lo que ninguno de nosotros desearíamos. La única vía para minimizar los daños es un salto cualitativo en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado. La serie de informes España 2020/ 2050, una valiosa iniciativa que hemos de agradecer al Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental y a la Fundación Conama, entre otras instituciones, está dibujando para la sociedad española precisamente las posibilidades de transición ordenada: trayectorias técnicamente viables desde nuestro insostenible presente hacia una posible España en el horizonte 2050 que hubiera hecho las paces con la naturaleza. Pero mostrar la viabilidad técnica no es sino uno de los pasos necesarios. Mucho más importante resulta el acumular la fuerza sociopolítica suficiente para que esos cambios necesarios se vuelvan posibles y les invito a

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 7 de marzo de 2011

La contradicción capitalismo/ecología

25/07/06 Por Leonardo BOFF

Por primera vez en el proceso conocido como hominización, el ser humano se ha dado a sí mismo los instrumentos de su propia destrucción. Se creó el principio de autodestrucción que tiene en el principio de responsabilidad y de cuidado su contrapartida. De ahora en adelante la existencia de la biosfera estará a merced de la decisión humana.


La lógica del capital, como modo de producción y como cultura, es ésta: producir acumulación mediante la explotación -de la fuerza del trabajo de las personas, por la dominación de clases, por el sometimiento de los pueblos y finalmente por el pillaje contra la naturaleza-.

Un análisis incluso superficial entre ecología y capitalismo identifica una contradicción básica. Donde impera la práctica capitalista se envía al exilio o al limbo la preocupación ecológica. Ecología y capitalismo se niegan frontalmente. No hay acuerdo posible. Si, a pesar de ello, la lógica del capital asume el discurso ecológico... o es para obtener lucro, o para espiritualizarlo y así vaciarlo, o simplemente para imposibilitarlo y, por tanto, para destruirlo. El capitalismo no sólo quiere dominar la naturaleza, sino arrancar todo de ella, depredarla.



Hoy, por la unificación del espacio económico mundial en los moldes capitalistas, el saqueo sistemático del proceso industrial contra la naturaleza y contra la humanidad, hace al capitalismo claramente incompatible con la vida. Se plantea así una bifurcación: o el capitalismo triunfa al ocupar todos los espacios como pretende, y entonces acaba con la ecología y pone en riesgo el sistema-Tierra, o triunfa la ecología y destruye al capitalismo, o lo somete a tales transformaciones y reconversiones que no pueda ya ser reconocible como tal. Esta vez no va a haber un arca de Noé que nos salve a algunos y deje perecer a los demás. O nos salvamos todos o pereceremos todos.

El capitalismo produjo también una cultura, derivada de su modo de producción, asentado en la exportación y el pillaje. Sin una cultura capitalista que vehicula las mil razones justificadoras del orden del capital, el capitalismo no sobrevivirá. La cultura capitalista exalta el valor del individuo, le garantiza la apropiación privada de la riqueza, hecha por el trabajo de todos, coloca como quicio de su dinamismo la competencia de todos contra todos, intenta maximizar las ganancias con la mínima inversión posible, procura transformar todo en mercancía para tener siempre beneficios, instaura el mercado, hoy mundializado, como el mecanismo articulador de todos los procesos de producción, de competencia y de distribución...

Si alguien busca solidaridad, respeto a las alteridades, compasión y veneración frente a la vida y al misterio del mundo... que no los busque en la cultura del capital. George Soros, uno de los mayores especuladores de las finanzas mundiales y profundo conocedor de la lógica de la acumulación sin piedad (vive de eso), afirma claramente en su libro La crisis del Capital que el capitalismo mundialmente integrado amenaza a todos los valores societarios democráticos, poniendo en riesgo el futuro de las sociedades humanas.

Queremos mostrar cómo el capitalismo, en cuanto modo de producción y en cuanto cultura, inviabiliza la ecología tanto ambiental como social.

Comencemos con la ecología ambiental. A este respecto, las hipótesis acerca del futuro de la Tierra son dramáticas. Grandes analistas confiesan que el tiempo actual se asemeja mucho a las épocas de gran ruptura en el proceso de evolución, épocas caracterizadas por extinciones en masa.



Efectivamente, la humanidad se encuentra ante una situación inaudita. Debe decidir si quiere continuar viviendo, o si prefiere su propia autodestrucción. Por primera vez en el proceso conocido como hominización, el ser humano se ha dado a sí mismo los instrumentos de su propia destrucción. Se creó el principio de autodestrucción que tiene en el principio de responsabilidad y de cuidado su contrapartida. De ahora en adelante la existencia de la biosfera estará a merced de la decisión humana. Para continuar viviendo el ser humano deberá quererlo positivamente.

Los indicadores son alarmantes. Dejan poco margen de tiempo para los cambios necesarios. Estimaciones optimistas establecen la fecha límite del año 2030-2034. A partir de ahí, si no se toman medidas urgentes y eficaces, la sostenibilidad de sistema-Tierra, ya no estará garantizada.

Entre otros, tres son los nudos problemáticos creados por el orden del capital, que deben ser desatados: el nudo del agotamiento de los recursos, el de la sostenibilidad de la Tierra y el de la injusticia social mundial.

1. El nudo de la extinción de los recursos naturales.

Cada día desaparecen para siempre 10 especies de seres vivos. Desde la época de la desaparición de los dinosaurios, 65 millones de años atrás, nunca se ha visto un exterminio tan rápido. Con esos seres vivos desaparece para siempre una biblioteca de conocimientos que la naturaleza sabiamente había acumulado.

A partir de 1972 la desertificación en el mundo creció igual al tamaño de todas las tierras cultivadas de China y de Nigeria juntas. Se perdieron cerca de 480 millones de toneladas de suelo fértil, una superficie equivalente a las tierras cultivables de India y Francia juntas. El 65% de las tierras que un día fueron cultivables, hoy ya no lo son. La mitad de las selvas existentes en el mundo en 1950 han sido tumbadas. Sólo en los últimos 30 años han sido derribados 600 mil km2 de selva amazónica brasileña, el equivalente a la Alemania unida, o a dos veces el Zaire.

Las inmensas reservas naturales de agua, formadas a lo largo de millones y millones de años, en este siglo pasado han sido sistemáticamente bombeados y están próximos a agotarse. El agua potable ya es uno de los recursos naturales más escasos, pues solamente el 0.7% de toda el agua dulce es accesible al uso humano. Va a haber guerras por las fuentes de agua potable.

Tras este proceso de pillaje, se oculta una imagen reduccionista de la Tierra. Es vista sólo como un almacén muerto de recursos a explotar. No es respetada en su alteridad y autonomía ni se le reconoce ninguna sacralidad. Mucho menos todavía es amada como un superorganismo vivo, la Gran Madre de los antiguos, la Pacha Mama de nuestros indígenas y la Gaia de los cosmólogos.

2. El nudo de la sostenibilidad de la Tierra.

¿Cuánta agresión aguanta la Tierra sin desestructu-rarse? Las 60 mil armas nucleares construidas, si explotaran podrían causar un invierno nuclear. Las finas partículas del humo de los grandes incendios por ellas producidos, junto con los elementos radioactivos inyectados en la atmósfera, oscurecerían y enfriarían la Tierra de forma más intensa que en las eras glaciales del pleistoceno. Habría un colapso de la humanidad y de todo el sistema de vida, consecuencias perversas siempre descuidadas por las potencias militaristas.

Otra amenaza importante es representada por el calentamiento creciente de la Tierra. Es el así llamado efecto invernadero. La quema de petróleo, de carbón y de las selvas, libera el dióxido de carbono que calienta la atmósfera. En el último siglo la temperatura de la tierra ha aumentado entre 0.3 y 0.6º C. Para los próximos 100 años se calcula un aumento de entre 1.5º a 5.5º C. Tales cambios provocarán desastres descomunales, como sequías y deshielo de los cascotes polares. Las inundaciones de las costas marítimas, donde vive el 60% de la población mundial, causarían millones de víctimas.



¿Qué capacidad tiene la tierra frente a tantas agresiones producidas primordialmente por el modo de producción capitalista? Se teme que el efecto acumulativo de las agresiones llegue a un punto crítico tal que quiebre el equilibro físico-químico-biológico de la Tierra.

3. El nudo de la injusticia social mundial.

Pasemos a la ecología social: ¿Cuánta injusticia y violencia aguanta el espíritu humano? Es injusto y sin piedad que, en el actual orden del capital mundializado, el 20% de la humanidad detente el 83% de los medios de vida (en 1970 era el 70%) y el 20% más pobre tiene que contentarse con sólo 1.4% (en 1960 era 2.3%) de los recursos. Este cataclismo social no es inocente ni natural. Es resultado directo de un tipo de desarrollo que no mide las consecuencias sobre la naturaleza y sobre las relaciones sociales. Por eso constituye una trampa del sistema capitalista el llamado «desarrollo sostenible», que evidencia una contradicción en su mismo nombre.

La categoría «desarrollo» está tomada del área de la economía capitalista. El desarrollo capitalista (deberíamos decir el crecimiento) es profundamente desigual: crea acumulación apropiada por unos pocos a costa de la explotación y del perjuicio de las grandes mayorías. Ese crecimiento pretende ser lineal y siempre creciente.

La categoría «sostenibilidad» proviene de otro ámbito: de la biología y la ecología. Significa capacidad que un ecosistema tiene de incluir a todos, de mantener un equilibrio dinámico que permita la subsistencia de la mayor biodiversidad posible, sin explotar ni excluir.

Como se ve, sostenibilidad y desarrollo capitalista se niegan mutuamente; no combinan los intereses de la producción humana con los intereses de la conservación ecológica; al contrario, se niegan y destruyen. Lo que se necesita es una sociedad sostenible que se dé a sí un desarrollo que satisfaga las necesidades de todos, y del entorno biótico. Que el planeta sea sostenible y pueda mantener su equilibrio dinámico, rehacer sus pérdidas y mantenerse abierto a ulteriores formas de desarrollo.

Además de haber sido, en el pasado, suicidas, homicidas y etnocidas, ahora comenzamos a ser ecocidas. El capitalismo ¿nos llevará a ser, pronto, también geocidas?

Pero una esperanza nos acompaña: en su historia, la Tierra pasó por cerca de 15 grandes exterminios. Siempre salió con más energía y biodiversidad. Ahora no será diferente. Superaremos la enfermedad del capitalismo con la solidaridad, la cooperación y las interdependencias asumidas, pues ellas garantizaron el futuro de la Tierra. Y garantizarán también nuestro futuro. www.ecoportal.net

* Leonardo Boff

lunes, 28 de febrero de 2011

La Catástrofe Ambiental en Clave Sociocultural

Ricardo Sánchez Ángel
Un Pasquín
Febrero 28 de 2011

Las cifras consolidadas sobre la destrucción en curso a principios del 2011 por el gobierno son alarmantes. Existen 2.2 millones de personas afectadas en 710 municipios, 28 departamentos y el Distrito Capital. Los muertos se calculan en 301, heridos 292, desparecidos 62, viviendas destruidas 5.162 y afectadas gravemente 324.634. Un pueblo entero, Gramalote en Norte de Santander, está en escombros y sus habitantes en la diáspora (Ver Editorial de El Tiempo, Enero 9, 2011). A esto se suma la destrucción de carreteras, puentes, edificios públicos y demás instalaciones.

A su vez el gobierno nacional estima en 12 billones el costo de la inversión en la reconstrucción, una cifra ya criticada por exagerada y que pone en evidencia la voracidad de la tecnoburocracia en querer recursos cuantiosos y de los políticos  por usufructuar auxilios para sus clientelas. El estimativo de Luis Jorge Garay es de 4.8 millones de personas afectadas, 50% desempleadas y 15 billones el costo de la recuperación (El Espectador, diciembre 26, 2010) y no ha cesado la ola invernal en distintos lugares con mayor o menor intensidad.

No estaba el país, ni el Estado ni el gobierno preparados para la emergencia. Nunca lo han estado y hay que recordar la destrucción de Armero hace 25 años por la explosión del Volcán del Ruiz.

Pero no se trata solo de una cuestión preventiva como si los embates de la naturaleza fuesen por maldad o maldición. Esto es acudir a explicaciones supersticiosas, porque tales embates siempre han existido, tan solo que en todo el mundo se han agravado e incrementado en línea ascendente desde que comenzó el efecto invernadero y con ello el calentamiento global desde los años de 1850. Estableciendo hasta hoy una relación directa de causalidades entre el capitalismo, sus modos tecnológicos de producción, consumo, organización social y la destrucción profunda de la naturaleza.

Lo que no se ha dicho en la discusión de manera clara es que el desastre ambiental tiene unas raíces no solo naturales sino económico-sociales-culturales, con una clara dimensión política. La catástrofe ambiental en Colombia se suma a los desastres de distinto signo, tales como desempleo, marginalidad, subeducación, violencia, crímenes, diáspora interna y externa, corrupción generalizada, abusos, humillación, explotación, racismo…

Lo que va a operar es una simbiosis destructiva entre lo natural y lo social-económico, que debe ser visto en una perspectiva más general. Hace un año fue en Haití, antes en Nueva Orleans, luego en Chile, Paquistán, Rusia, Venezuela, Brasil, Australia y otros lugares. Reitero, todo esto tiene que ver con el calentamiento global del planeta, con los modelos y estilos económicos de destrucción ambiental.

El país requiere una transformación que vaya de lo urgente a lo permanente, de lo coyuntural a lo estructural. Un retorno y reinvención de la planeación real (no la del Plan de las locomotoras productivista, mercantil y antiecológica: Prosperidad para Todos, 2010-2014) de abajo hacia arriba, de las regiones al centro con un sentido democrático, de unidad nacional e integración con el vecindario andino y el Caribe. Donde los modelos hidráulicos y telúricos sean los criterios rectores. El movimiento alter-ambiental a escala mundial ha precisado la conducta ético política a seguir: No cambiemos el ambiente, cambiemos el sistema.


Los costos de la minería

El Tiempo
Febrero 27 de 2011.

"Debemos terminar con la minería a cielo abierto en las zonas montañosas, recuperar los lugares en donde se ha adelantado y garantizar que las fuentes de agua allí ubicadas sean seguras para el consumo humano." Esta es una de las conclusiones del estudio realizado por el Centro para la Salud y el Medio Ambiente Global, de la Universidad de Harvard, bajo la dirección de Paul R. Epstein, con la coautoría de once científicos, que tomó la minería de carbón a cielo abierto en los Apalaches como uno de sus temas centrales de investigación (Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York, febrero del 2011).

En otra investigación se llegó a esta misma conclusión (Science, enero del 2010), al encontrar, como en aquella, que este tipo de minería está trayendo inaceptables impactos para la salud humana, la calidad de vida de la población, la biodiversidad, el suelo y las fuentes de agua, en esta emblemática cordillera norteamericana. Es imperativo que estos hallazgos de la ciencia sean tomados en cuenta para evaluar los proyectos de minería del oro a cielo abierto en Santurbán y en La Colosa, puesto que gran parte de sus impactos ambientales podría ser equivalente a los ocurridos en las diversas operaciones mineras de carbón de los Apalaches.

Además, la investigación de la Universidad de Harvard saca a la luz, como quizá ningún otro estudio lo había hecho antes, cómo las fallas en el mercado de la energía están contribuyendo a la generación de graves daños ambientales y sociales. En efecto, a partir de una minuciosa contabilización de los impactos del carbón sobre la salud humana y el medio ambiente, a lo largo de su ciclo de vida -que incorpora su explotación, su transporte y su combustión en plantas de generación eléctrica, incluyendo el flujo de los residuos resultantes-, se concluye que, en Estados Unidos, su costo podría ascender a medio billón de dólares anuales (¡o quinientos mil millones de dólares!). Es un gigantesco costo que las empresas mineras y de electricidad están generando no obstante que básicamente cumplen con la legislación ambiental y de salud. Precisamente, por eso se les denomina costos ocultos, y se estima que para evitarlos, mitigarlos o compensarlos se requeriría aumentar el precio actual del kW-hora entre dos y tres veces.
¿Cómo se ve Colombia a la luz de las conclusiones de este estudio? En el caso del carbón que explotamos y consumimos localmente, el conjunto de las empresas mineras y termoeléctricas, incluyendo las que cumplen a cabalidad con la normatividad, estarían generando costos ambientales y sociales ocultos, similares a los registrados en los Estados Unidos. Y en el caso del carbón de exportación, que es la mayor proporción, parte de los costos ocultos se generan en el territorio de los países consumidores, principalmente como consecuencia de su transporte a las termoeléctricas y de su combustión, e incluyen los correspondientes a los impactos asociados al cambio climático global.

Pero a los costos ocultos producidos por la totalidad de la minería de carbón de Colombia se adicionan, también, los enormes impactos ambientales y sociales generados como producto del lamentable desempeño de muchas de las empresas ubicadas en el centro del Cesar y en diversas regiones montañosas de los Andes, como lo ha mostrado Mauricio Gómez en sus documentales de CM&, que registran, además, el grotesco despilfarro de las regalías y la miseria imperante en estas zonas mineras.

Lo cierto es que la explotación del carbón y otros minerales marcha por una senda que está conduciendo paulatina y trágicamente hacia un declive acumulativo del patrimonio en biodiversidad y agua de Colombia, y que está causando cientos de muertes y graves problemas de salud a miles de ciudadanos. No es el único destino posible, pero a él pareceríamos estarnos autocondenando.